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Max se detuvo frente a la puerta del café con su skate en mano. Respiró hondo y cruzó el umbral esperando que todo vaya bien y no la vuelva a cagar. Bradley ya le había dado la oportunidad de arreglar las cosas entre ellos, no podría perderla por su orgullo.

Sin embargo, no esperaba tal escenario. No esperaba a una tercera persona con ellos. No esperaba ver a un hermosa muchachita de su edad, con el cuerpo y el rostro tallado por los mismos ángeles y con la actitud más jodidamente adorable y coqueta del universo actuando de forma extremadamente melosa junto a Bradley. 

Ambos reían como si nadie más existiera. Si no los conociera, Max habría jurado que eran una pareja de años.

Entonces, los ojos del mayor lo miraron de reojo y su sonrisa se ensanchó. Su mirada tenía aquel brillo burlón del Bradley que antes conocía y detestaba. Tan encantadora como detestable.

—Max, llegas tarde —dijo, sin reproche, sino con un tono ligero, casi burlón—. Te presento a Sophie, una amiga de la infancia.

La chica le tendió la mano con amabilidad genuina.

—Mucho gusto —su mano era tan delicada como el de una dama de alta sociedad—. Bradley ha estado hablado bastante sobre ti. Es un total placer conocer al dichoso Max.

Max forzó una sonrisa.

—Es curioso, porque no recuerdo a Brad hablarme jamás de tan hermosa dama.

Sophie rió, y Bradley aprovechó para colocarle la mano en la espalda, un gesto tan natural que a Max le revolvió el estómago.

—Por favor, como si alguna vez hayamos sido cercanos como para contarte sobre cada una de mis amistades —respondió Bradley, sin apartar la mirada de ella—. No me gusta ventilar mi vida privada, mucho menos a desconocidos.

Durante la siguiente media hora, Max fue un invitado invisible. Bradley pedía para Sophie, probaba su pastel y le ofrecía un trozo con la cuchara, le apartaba un mechón de cabello detrás de la oreja. Todo con una delicadeza que parecía sacada de un cuento de princesas.

Max intentó intervenir en la conversación un par de veces, pero Bradley siempre encontraba la forma de redirigirla hacia Sophie.

—¿Te acuerdas de cuando nos perdimos en la quinta de tus abuelos aquel verano? —decía Bradley.

—¡Claro! Tu padre casi nos daba por perdidos.

—Sí, pero yo siempre supe cuidarte.

Sophie lo miraba como si fuera el príncipe de brillante armadura. Max, en cambio, se sentía cada vez más pequeño, más fuera de lugar, más insignificante.

Cuando Sophie se levantó para ir al baño, Bradley por fin se giró hacia él. El cambio de expresión fue brutal, aquella sonrisa dulce se transformó en una media sonrisa arrogante.

—¿Qué pasa, Max? Te veo callado. ¿No disfrutas la compañía?

Max apretó los dientes.

—Pensé que habíamos quedado en hablar de... otras cosas.

—Claro —Bradley tomó un sorbo de café, sin dejar de mirarlo—. Pero hay tiempo para todo. Y además, no quería dejarla fuera a mi niña. 

—¿"Tu niña"? ¿En serio? No me trates de estúpido, Brad. Me quieres dar celos con esta chica que te la has sacado del culo. Si querías ser un hijo de puta y no perdonarme, me lo hubieras dicho y no estaría aquí perdiendo el tiempo.

—Ay, por favor, cómo si tuvieras algo mejor que hacer cuando lo único que haces es jugarle a los truquitos con el skate y meterte con cualquiera —Bradley se peina sus castaños cabellos, mirándose por el reflejo de la ventana—. Y otra cosa, somos colegas, lo que haga con mi vida es mi problema.

Inertia [Maxley]Donde viven las historias. Descúbrelo ahora