El padre de Piper solía decir que estar en el aeropuerto no contaba como visita a una ciudad. Piper sentía
lo mismo por las alcantarillas.
Desde el puerto de la Acrópolis, ella no vio nada de Atenas excepto oscuridad y túneles putrefactos. Los
hombres serpiente los llevaron a través de una rejilla de hierro en los desagües del muelle, directamente en su
guarida subterránea, que olía a pescado podrido, moho y a piel de serpiente.
El ambiente hacía difícil cantar acerca del verano y el algodón y la vida fácil, pero Piper continúo. Si se
detenía por más de un minuto o dos, Cécrope y sus guardias comenzaban a silbar y a verse enojados.
-No me gusta este lugar -murmuró Annabeth-. Me recuerda a cuando estaba debajo de Roma.
Cécrope silbó a carcajadas. -Nuestro dominio es mucho más antiguo. Mucho, mucho más.
Annabeth deslizó su mano hacia la de Percy, lo que hizo sentir a Piper desanimada. Deseó que Jason estu-
viese con ella. Diablos, se habría conformado incluso con Leo. Aunque tal vez no se habrían tomado de las
manos. Las manos de Leo tienden a estallar en llamas cuando está nervioso.
La voz de Piper se hizo eco a través de los túneles. Mientras viajaban más lejos por la guarida, más perso-
nas serpiente se reunieron para escucharla. Pronto tuvieron un cortejo que los seguía por detrás: decenas de
gémini totalmente oscilantes y deslizándose.
Piper había cumplido con la predicción de su abuelo. Había aprendido el canto de las serpientes: que re-
sultó ser un número de George Gershwin en 1935. Hasta ahora ella incluso había logrado que el rey serpiente
se mantuviera sin morder, al igual que en la vieja historia Cherokee. El único problema con esa leyenda: el
guerrero que aprendió la canción de la serpiente tuvo que sacrificar a su mujer por el poder. Piper no quería
sacrificar a nadie.
El frasco con la cura del médico todavía estaba envuelto en un paño de gamuza, metido en la bolsa de su
cinturón. Ella no había tenido tiempo de consultar con Jason y Leo antes de irse. Sólo tenía que esperar que
todos se reunieran en la cima de la colina antes de que alguien necesitara la cura. Si uno de ellos moría y ella no podía llegar a ellos...
Sólo continua cantando, se dijo a sí misma.
Pasaron a través de cámaras de piedra en bruto llenas de huesos. Subieron laderas tan empinadas y resbala-
dizas que era casi imposible mantenerse en pie. En un momento dado, pasaron una cueva cálida del tamaño
de un gimnasio lleno de huevos de serpiente, sus cimas cubiertas con una capa de filamentos de plata como
una especie de oropel viscoso navideño.
Más y más personas serpiente se unieron a su cortejo. Deslizándose a sus espaldas, lo que sonaba como un
ejército de jugadores de fútbol arrastrándose con papel de lija en sus zapatos.
