Kailani García, una colombiana echada para adelante, fuerte y valiente, es una chica de diecisiete años que aún está en su último grado de colegio, sus preocupaciones son típicas de una chica que está a punto de ser legal en su país, casi siempre se...
❝Tuyo y de nadie más Y este salvaje no fue indomable Tú, yo y nadie más Y lo debes saber❞
Los rayos solares atravesaban las cortinas de la habitación, iluminando el cabello de Kailani, enrojeciendose. Amaba verla así, observar las marcas aún recientes que su tez morena resaltaba después de la noche anterior.
Tenía una energía eléctrica recorriéndome el cuerpo, de esa que te hace sentir que el arco rival es del tamaño de una piscina.
Mientras la miraba, no pude evitar pensar en cómo era mi vida antes de aquel Clásico de octubre. Siendo sincero, estaba perdido. Me creía el dueño del mundo, el Golden Boy que podía tener a quien quisiera.
No voy a negarlo: presté mi cuerpo a demasiadas personas que no significaban nada. Me alimentaba el ego saber que era el rompecorazones del vestuario, saltando de una aventura a otra, alquilando mi piel en noches vacías solo porque podía hacerlo. Era pura desubicación; pensaba que tener el control era no sentir nada por nadie. Pero entonces apareció ella y todo ese castillo de naipes se vino abajo.
Logro entender ahora que, en realidad, siempre estuve esperando por esto. Estaba tan desorientado en tantos brazos, buscando algo que solo encontré cuando sus ojos miel se cruzaron con los míos en medio del ruido del Bernabéu. Todo el mundo me llama "el salvaje", el líder indomable que no se achica ante nadie, el tipo que tiene el corazón de piedra... pero ella me domó sin siquiera intentarlo.
-Soy tuyo, Kai...-susurré para mí mismo, rozando apenas un mechón de su pelo.-Entero. Espíritu y carne.
Me daba risa pensar en lo que dirían en el vestuario si me vieran así. El gran Bellingham, el tipo que supuestamente rompía corazones en Madrid, ahora estaba entregado todito a una colombiana de un metro cincuenta que lo traía ajuiciado.
Pero no me importaba. Ella me curó de esa necesidad estúpida de alimentar mi ego con extrañas. Ahora, tener a la dama perfecta a mi lado era lo único que me hacía sentir realmente poderoso.
Me levanté de la cama con una determinación renovada. Hoy el Mallorca iba a pagar los platos rotos, porque no iba a salir a la cancha a jugar por un trofeo, iba a salir a jugar por la mujer que logró lo que nadie más pudo: hacerme entender que mi lugar siempre fue a su lado.
Antes de cerrar la puerta, le dejé una nota escrita a mano en la mesa de noche:
"Gracias por curarme sin saberlo. Hoy el mundo va a ver al Bellingham que tú creaste. Te amo."
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El túnel de vestuarios del King Abdullah era un hervidero de gritos, choques de palmas y el sonido metálico de los tacos golpeando el suelo, pero para mí, todo ese estruendo era solo un zumbido lejano. Tenía la mirada fija en la oscuridad que precedía al campo, pero mi mente seguía atrapada en la penumbra de la habitación del hotel, en el calor de la piel de Kailani y en esa sensación de pertenencia que me había desarmado por completo.