Kailani García, una colombiana echada para adelante, fuerte y valiente, es una chica de diecisiete años que aún está en su último grado de colegio, sus preocupaciones son típicas de una chica que está a punto de ser legal en su país, casi siempre se...
❝Desde que te vi, yo quiero e' bailar contigo Y yo quiero que esta noche se quede para la historia Yo quiero que amanezca, tenerte entre mis brazos La noche está perfecta para besar tus labios Por culpa de tu boca, yo estoy enamorado Ven, pasa la botella, que yo me pego un trago❞
—¡Jude! ¡No seas invasivo!—Le dije mientras le tapaba los ojos con la mano.—Voy a ponerme el vestido y tu ahí de cóndor.
Él se echó a reír, como si esta vaina diera mucha risa. En veinte minutos teníamos que largarnos pa' provenza y este hijuemadre nada que me dejaba cambiarme.
—I’m not being a condor, Kai!—se quejó Jude entre risas, tratando de quitarse la mano de la cara.—Solo estoy apreciando la vista. Además, ya te he visto en uniforme, ¿qué tanta diferencia puede haber con un vestido?
—¡Mucha, Jude Victor! ¡Mucha!—lo empujé hacia la cama y él se dejó caer de espaldas, con los brazos extendidos y esa sonrisa de suficiencia que me daba ganas de besarlo y de pegarle un puño al mismo tiempo.—Quédate ahí quieto, cierra los ojos o te mando a dormir con mi papá.
—Okay, okay... eyes closed.—prometió, aunque dejó un ojo entreabierto de la forma más descarada posible.
Mi vestido era uno largo, hombros al descubierto, rodeado de diferentes perlas preciosas y diamantes que brillaban a la luz de mi habitación. Era verde esmeralda y tenía una abertura en la pierna izquierda.
Justo cuando iba a subirme la corredera, las cálidas manos de Jude, contrastando con el frío de mi cuarto, se pasaron sobre la prenda, ayudándome a subir la corredera. Pero no se detuvo ahí, apoyó su mentón sobre mi cabeza y me abrazó por la cintura, mirándonos frente al espejo que nos demostraba porque siempre íbamos a combinar el uno con el otro.
El trayecto a Provenza fue una mezcla de nervios y risas. Jude me tenía la mano agarrada sobre la palanca de cambios del carro de mi papá, como si tuviera miedo de que si me soltaba, yo desapareciera.
Cuando nos bajamos frente al lugar, sentí todas las miradas clavarse en nosotros. No era para menos: yo con mi vestido verde esmeralda brillando bajo los postes de luz y él, un inglés de un metro noventa con porte de modelo, caminando a mi lado.
—Tranquila, baby.—me susurró al oído cuando vio que me tensaba.—Solo somos tú y yo... y unos cuantos cientos de personas mirando.
—Qué gracioso, Jude.—le respondí, aunque su cercanía me dio el valor que me faltaba.
Entramos y mis amigos junto a mi familia nos esperaban, listos para convertir esta noche en la más inolvidable de mi existencia, pues tenía a todos los que amaba, incluido Jude.
¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.