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Después del suceso del día anterior, Peter había decidido aislarse del mundo sin previo aviso.

No respondió mensajes. No fue a la Torre. No patrulló.

Simplemente... se apagó. Se quedó en su antigua casa donde  había pasado la mitad de su vida junto con la tía May.

La habitación estaba en silencio, con las cortinas cerradas pese a que el sol ya llevaba horas iluminando la ciudad. El traje de Spider-Man permanecía doblado sobre la silla, intacto.

Peter estaba sentado en el suelo, con la espalda apoyada contra la cama, mirando un punto fijo en la pared.

El núcleo.
La figura desconocida.
La palabra legado.

Y, como siempre, al final de todo... Harry.

Harry Osborn seguía apareciendo en su mente sin pedir permiso. No como el Duende. No como el enemigo. Sino como el chico que reía demasiado fuerte y se metía en problemas por orgullo.

—Debería haber sido yo... —murmuró Peter, sin darse cuenta.

En la Torre, Tony Stark observaba una proyección con datos biométricos inactivos.

—Tres días sin actividad arácnida —dijo en voz baja.

—Está deprimido —respondió Bruce con suavidad—. Es una reacción normal al estrés postraumático.

Tony cruzó los brazos.

—Normal no significa aceptable cuando tienes fuerza proporcional de araña y tendencia a la culpa crónica.

Wanda alzó una ceja desde el fondo de la sala.

—¿Vas a hablar con él?

Tony negó levemente.

—No. Si voy, se cerrará más.

Se quedó pensativo unos segundos.

—Necesita algo diferente.

Activó un canal privado.

—Oye, chico del taller... ¿ocupado?

Un par de horas después, alguien llamó a la puerta del departamento de Peter.

No respondió.

Volvieron a llamar.

Silencio.

Finalmente, la puerta se abrió con un pequeño clic.

—Señor Stark dijo que probablemente harías eso —comentó una voz juvenil con naturalidad.

Peter levantó la mirada, confundido.

Un chico alto, con expresión curiosa y una mochila colgada al hombro, estaba de pie en medio de la habitación como si no fuera extraño irrumpir así.

Harley Keener.

Peter parpadeó.

—¿Tú...?

Harley observó el cuarto en silencio, notando las cortinas cerradas y el traje intacto.

—Vaya. Cuando el señor Stark dijo que estabas en "modo ermitaño dramático", pensé que exageraba.

Peter frunció el ceño.

—¿Qué haces aquí?

Harley se encogió de hombros.

—Visita técnica no solicitada. Traigo herramientas emocionales defectuosas y una ligera falta de tacto social.

Peter casi sonríe... casi.

—No necesito compañía.

Harley dejó la mochila en el suelo y se sentó en la silla donde descansaba el traje rojo.

—Claro que no. Tampoco yo necesitaba que un millonario narcisista aterrizara en mi taller hace años y me arruinara la vida con responsabilidad existencial.

Peter lo miró, sorprendido.

Harley continuó, más serio:

—Pero pasó.

Silencio.

—Él me enseñó algo —añadió—. Que cuando algo explota... no siempre puedes arreglar lo que ya se rompió. Pero sí puedes decidir qué construyes después.

Las palabras quedaron suspendidas en el aire.

Peter apretó los puños.

—No lo salvé.

Harley no preguntó quién.

—A veces no se trata de salvar —dijo—. A veces se trata de no dejar que lo que pasó te convierta en alguien peor.

Peter cerró los ojos.

—Fue mi mejor amigo.

Harley asintió con suavidad.

—Entonces no lo deshonres dejando que su historia sea el final de la tuya.

El silencio ya no era pesado. Solo... humano.

Después de unos segundos, Harley señaló el traje.

—¿Vas a dejar eso ahí para siempre?

Peter lo miró.

—No lo sé.

Harley se levantó y tomó la máscara, extendiéndosela.

—El señor Stark no me mandó para obligarte a volver. Me mandó porque sabe que aislarte te hace creer cosas que no son ciertas.

Peter dudó.

—¿Y qué cosa no es cierta?

Harley lo miró directo a los ojos.

—Que estás solo.

Las palabras golpearon más fuerte de lo que Peter esperaba.

Pensó en Tony.
En el equipo.
En la llamada durante la misión.
En alguien escuchando desde lejos... ayudando.

Exhaló lentamente.

Tomó la máscara.

No se la puso aún.

Pero ya no la estaba evitando.

Harley sonrió apenas.

—Bien. Progreso mínimo aceptable.

Peter soltó una pequeña risa nasal, la primera en días.

—Eres raro.

—Lo sé. Es contagioso.

Desde algún lugar alto de la ciudad, una figura roja y dorada observaba un punto luminoso reactivarse en el mapa biométrico.

Tony sonrió para sí.

—De nada, chico araña.

En la habitación, Peter caminó hacia la ventana y abrió las cortinas. La luz inundó el espacio.

El dolor seguía ahí.

Harry seguía siendo un recuerdo.

Pero ya no era el único sonido en su mente.

Y por primera vez desde que decidió aislarse...

Peter no sentía que se estuviera hundiendo.

Solo... respirando otra vez.

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