Eran las siete, treinta y cinco de la noche. Estaba tumbada en mi cama, escuchando música, y sin poder saber nada del mundo exterior. ¡Gracias pa' y ma'!
Me fui al lavado. Abrí la puertita del espejo y cogí unos analgésicos, ya que mi mejilla todavía ardía un poco. Pero al cerrar la puerta...
-¡jo...deeerr!- salió de mi boca. Un enorme moretón estaba sobre mi mejilla izquierda, desde el óvalo de mi rostro, hasta mí pómulo. Pero eso no es todo, también tenía un rasguño que se extendía, por todo lo largo de mi cuello -maldición, maldición- susurraba mientras me colocaba pomada para evitar inflamación. Bueno más inflamación.
-La cena está lista- susurró Sebastián, desde el otro lado de la puerta de mi habitación -¿puedo pasar?
-pasa- le dije lanzándome sobre la cama y cubriendo mi rostro con la frazada.
Abrió la puerta. Entró y se sentó a mi lado. Me miró.
Me miró.
Me miró y dijo:
-sabes que estuvo mal ¿cierto?
-ahaaa, sabes Sebastián ya estoy cabreada con el bendito tema ¿vale?
-okey, okey- dijo alzando las manos -pero quería decirte que Alex vino a cenar, te espera abajo.
-no, no quiero ver a nadie- dije dándole la espalda.
-Monse, es Alex.
-¡Sebastián mira mi rostro!- exploté mientras quitaba la sábana de mi rostro.
-wow- susurró el muy cabrón.
-¡comprendéis!
-Aun así creo que necesita que le digas algo ¿no?- Salió de mi recamara, dejándome sola. Me levanté y me senté en el alfeizar de la ventana. Me recosté en mis rodillas. Y llore. Enserio no sé ni porque o para qué, pero empecé a llorar como toda una magdalena en plena Pasión.
No sé si pasaron segundos, minutos, horas, antes de que un ruido llamara mi atención. Al voltearme, allí estaba Alex, reclinado sobre el marco de la puerta.
-¿Cuánto tiempo lleváis allí de pie como un psicópata esperando a su víctima?- pregunté, secándome las lágrimas de mi rostro.
-lo necesario para saber que llorabas- respondió acercándose -¿Qué ha pasado?
Se acercó. Me colocó un mechón de cabello detrás de mí oreja, y se sentó en el alfeizar.
-¿aparte de lo obvio?- le pregunté sorbiéndome la nariz.
-¡aparte de lo obvio!
-sabes, ni siquiera sé porque lloraba- la tranquilidad volvía como sol al horizonte. Es como si tan solo con la presencia de Alex me serenara, me calmara.
-Tal vez solo necesitabas llorar, a veces es la mejor medicina. Pero si tú me dices que estás bien, yo te creeré, ¿estás bien?- preguntó, posando su mano sobre mi rodilla.
-mmmhaa- le dije con un asentimiento de cabeza.
-¡Vamos!- dijo halándome de la mano.
-wow, wow, y ¿puedo saber dónde?
-quiero mostrarte algo.
-p-p-pero ¿y mamá?- susurré señalando las gradas.
-de ella ya me ocupé yo- dijo mirándome con una sonrisa pícara. Me guiñó un ojo, provocando que su hoyuelo de la mejilla izquierda hiciera acto de presencia -ponte guapa, te espero abajo- Le rodeé los ojos y vi como desaparecía detrás de la puerta.
