La entrada lucía exactamente igual. Un arco de metal pintado de blanco, como de unos tres metros de altura. Estaba cubierto por unas enormes veraneras, que iban desde el suelo hasta la cumbre.
Una vez dentro te enamorabas del sitio. Era un jardín precioso, en el cual, había de todas las especies de flores que pudieras imaginar. ¡Ah! Pero no, eso no es todo. Como a unos cincuenta metros de la entrada, se encontraba una enorme escalera de madera, que, al igual que el arco, estaba envuelta en veraneras de todos colores. Dicha escalera nos llevaba a una terraza a lo alto de una pequeña colina, donde si gustabas te podías acostar en el piso de madera a ver las miles de estrellas del firmamento.
Justo eso era lo que hacíamos con papá. Nos tirábamos en el suelo a admirar la belleza de la noche, hasta que Sebastián o yo, nos quedáramos dormidos.
La melancolía se apoderó de mí. Hacía ya muchos años que no veníamos a este sitio. Las lágrimas inundaron mis ojos de otra vez. ¡Maldita sensibilidad!
Una fuertes, pero delicadas manos, me sujetaron de la cintura y me atrajeron hacia él.
-¿acaso no te ha gustado?- susurró cerca de mi nuca.
-me ha encantado- susurré con un hilo de voz.
-entonces ¿Por qué te ha puesto triste?
Me giré en sus brazos, y me topé con unos hermosos ojos grises, que, por la luz de la luna se veían aún más hermosos. Recosté mi cara a su pecho, y nos quedamos así por mucho tiempo, de pie, uno abrazado al otro, sin decirnos nada, solo con el movimiento de nuestros pechos, y la hermosa sinfonía de nuestras respiraciones.
-sabes, no es que me haya puesto triste, lo que sentí fue nostalgia, papá solía traernos aquí hace mucho- le confesé mientras dibujaba círculos sobre su pecho.
Tomó mi barbilla con una de sus manos, obligando a que lo mirara. Su vista se encontraba fijamente sobre la mía. Una pequeña sonrisa se dibujó en sus labios, y su hoyuelo se hizo presente.
-eres preciosa- dijo posando su frente contra la mía, tanto que nuestros labios amenazaban con tocarse. El rubor subió a mis mejillas.
-¿con todo y moretones? - susurré, embobada por su olor, su calor, su cercanía.
-con todo y moretones- afirmó.
-lo dices porque me quieres- musité.
-claro que no, lo digo porque es cierto, porque cada segundo, cada día al ver el sol salir, cada noche al ver la luna aparecer, en lo único que pienso es en esos preciosos ojos cafés, esa sonrisa tímida, la forma en que te sonrojas, cuando te muerdes el labio cuando no sabes que decir, esas pequeñas cosas son preciosas, tú eres preciosa Monserrat.
-Alex- susurré, mientras sujeté su nuca y lo halé hacia mí. Lo besé, con ternura, con amor...
Creo que me estoy enamorando. Pero no como lo hacen las típicas chicas de mi colegio, que se dejan llevar por el físico, o el dinero. No, yo no soy una de esas típicas chicas. Me estoy enamorando de Alex, por cómo se comporta conmigo, por las cosas preciosas que dice, por su forma de ser, su forma de hablarme, la forma en que me abraza, la forma en que nuestros labios se juntan a la perfección, como si estuvieran hechos para permanecer así por siempre, por la forma en que me hace sentir. No, definitivamente no me estoy enamorando de Alex.
Ya lo he hecho.
