Día lunes, el segundo día del primer mes en el año de 1871. Esa era la fecha señalada en el calendario para el regreso a clases de todos los estudiantes en Couland.
Edward esperaba ese día con suma emoción. Hacía ya un largo tiempo que no saludaba a sus compañeros de clase, con la salvedad del joven Tyler, pues los jóvenes solían frecuentarse para realizar actividades diversas, fuesen éstas en la ciudad o en sus propios domicilios. El mes le pareció largo, oscuro e invernal sin la presencia de la joven Raudebaugh. Esta afirmación no estaba muy lejana de ser verdad; después de todo, la última vez que Rachel y Edward estuvieron juntos fue durante el fin de semana posterior a su percance, con la única intención de anunciar que ella iría de vacaciones a una región cercana a Hojemseite [8] donde vivían los familiares del señor Sadler, el padre de Esther.
A pesar de que era muy temprano esa mañana, tanto que ni siquiera la luz del sol había tenido aun la oportunidad de hacer acto de presencia, el joven Everwood se despertó, tomó un extenso y relajante baño de tina con agua caliente, se vistió con su uniforme, acicaló su rebelde y oscura melena y bajó al comedor para tomar el desayuno con su familia.
Instantes previos a su partida a la institución, un empleado del servicio postal hizo aparición en la residencia de la familia Everwood con la comisión de entregar un paquete acompañado de una carta. Robert, el mayordomo, recibió el encargo bajo las órdenes del señor Everwood quien aseguró que la leería esa tarde después de volver de su lugar de trabajo.
Luego de su acostumbrado recorrido por la ciudad llegó Edward al instituto. Se despidió de su padre con un apretón de manos y se dirigió hacia la entrada principal mientras este se retiraba. El sitio hervía de estudiantes nuevos, nuevas caras que conocer, nuevas personas con las que podría relacionarse. Pero entre la multitud de nuevos rostros buscó algunos que le fueran conocidos, y no tardó demasiado en encontrarse con ellos.
La primera persona a la que distinguió fue la señorita Raudebaugh. Allí estaba ella, radiante y esplendorosa como era su costumbre, acompañada de la señorita Sadler y algunos de sus amigos y amigas. Ella estaba de pie a la vez que jugaba un poco con un mechón de su abundante melena rojiza mientras conversaba con todos ellos. Las jóvenes describían a sus compañeras todas sus vivencias durante ese mes. Entonces, mientras veía a su alrededor, cruzó miradas con Edward y sus ojos se abrieron grandes pues se sentía sorprendida de verlo, luego de lo cual exhaló llena de alivio y mostró una cálida y dulce sonrisa.
Edward comenzó a caminar hacia donde ella y Rachel se disculpó con sus compañeras de clase para entonces dejarlas por un momento y dirigirse hacia Edward. Se encontraron a medio camino y entonces ella abrazó con gran fuerza a Edward. Pero no fue un abrazo breve, amistoso, como tenía por costumbre, sino más bien fue un abrazo largo que reflejaba con intensidad cuanto lo había extrañado y, sobre todo, cuanto anhelaba volver a disfrutar de su presencia.
—¡Es un regocijo verte de nuevo, Edward! —expresó la señorita Raudebaugh durante su abrazo; luego del cual se apartó un poco de Edward, pero todavía lo abrazaba—. ¿Cómo va tu vida? No he sabido nada de ti desde aquel día en que partimos a casa de mi tío.
—A mí también me alboroza verte, Rachel. Me he mantenido con vida estos días, gracias por el interés. No ha sido nada sencillo; lo he pasado un poco mal en... —respondió mientras ella lo observaba con una leve sonrisa que comenzó a desmoronarse y convertirse en un gesto de leve preocupación—... Mejor hablemos de otra cosa —reaccionó Edward al notar la aflicción en la expresión de Rachel—. Te extrañé demasiado. De hecho, te escribí una carta; pero no estoy seguro si la leíste.
—Lo lamento; no recibimos correspondencia alguna durante nuestra estadía en ese lugar. También tenía deseos de escribir algo para ti, pero el servicio postal no funciona muy bien para esa región.
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Edward Everwood
Ficção CientíficaVivir... Morir... ¿Vivir de nuevo? ¿Morir otra vez? Y, ¿qué les parece vivir por tercera ocasión? Pero, ¿será esto posible? Las crónicas de Couland cuentan sobre la vida del menor de los descendientes del célebre clan Everwood, quién se atrevió a...
