Edward llegó al parque Starerne por la entrada del sur, y presuroso se dirigió hacia el lago. En la orilla encontró a Tobias, quien arrojaba piedras al agua y las hacía rebotar sobre su superficie.
—¿Estás bien? —preguntó Edward.
—¡Señor Edward! Por supuesto que sí.
—¿No tienes fracturas, golpes, alguna contusión? —comenzó a revisar todo su cuerpo de arriba abajo y después lo hizo con sus brazos y piernas e incluso removió su casco para ver mejor su cabeza y su rostro.
—Claro que no, señor Edward —aseguró.
—Tienes un rasguño en el rostro —indicó y señaló en su propio rostro donde tenía Tobias su herida.
Tobias llevó su mano a su rostro y palpó en su rostro las zonas que Edward indicó. Fue entonces al tocar en su mejilla izquierda que sintió un leve ardor.
—Exacto, allí. Deja de tocarlo que se puede infectar —advirtió Edward, y Tobias quitó su mano presuroso.
Entonces procedió a tomar su pañuelo y a limpiar la sangre que había brotado de la herida. Después, tomó de su chaqueta un pequeño estuche de cuero donde guardaba un poco de algodón y una botella pequeña de alcohol. La destapó, empapó el algodón con el líquido y procedió a aplicarlo en la herida de su amigo, quien profirió un quejido de dolor.
—Parece ser un poco profunda —indicó, y luego le dio una porción de tela de gasa—. Presiona con tu mano con esto hasta que cese el sangrado.
Tobias la tomó y la llevó hasta la herida, donde la cubrió y presionó con fuerza. Esto lo hizo proferir un leve murmullo debido al ardor que le provocó.
—Por cierto, ¿qué tal resultó el primer vuelo experimental? —preguntó Edward.
—Fascinante, señor Edward —expresó entusiasmado—. En un principio me sentí aterrado, por completo vuelto una estatua de piedra, y temí que moriría al impactar a tan alta velocidad contra el suelo. Pero entonces recordé sus indicaciones y logré elevar el vuelo. ¡No tiene idea la clase de sensación que es surcar los cielos a altas velocidades! —exclamó a la vez que extendía sus manos hacia arriba—. Por un instante llegué a imaginar que mi lugar en la tierra eran los cielos. ¡Debería intentarlo algún día, señor Edward! Ya sabe, antes de que...
—Tal vez algún día lo haga —dijo—; pero no lo haré solo.
—Por supuesto, señor Edward; gustoso estaré de acompañarlo. Por ahora, me encantaría probar el glygzeug otra vez.
—Si logramos bajarlo del árbol.
—Voy a subir e intentaré bajarlo.
Nada más dijo esto, Tobias se arrojó con velocidad al árbol, dio un salto con la ligereza de un gato y alcanzó una de las ramas bajas de la cual comenzó a trepar hacia la copa del árbol con la misma gracia y habilidad que lo haría un simio en su entorno natural.
Al llegar donde el glygzeug se encontraba atrapado, comenzó a forcejear para intentar liberar la estructura de las ramas; esfuerzo que resultó inútil pues no lo consiguió.
—Señor Edward, esto está atorado. Tal vez si rompo algunas ramas podría liberarlo. ¿Tiene algún cuchillo a mano? —preguntó, luego se detuvo a pensar un segundo y meneó la cabeza lado a lado—. No sé por qué pregunté eso, señor; es evidente que usted no tiene tales herramientas a la mano.
—De hecho —aclaró, y luego tomó de su chaqueta un artefacto metálico de color oscuro con elementos dorados incrustados. Rotó uno de dichos elementos y una navaja oblicua apareció de un extremo del artefacto—, aquí tengo uno.
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Edward Everwood
Science FictionVivir... Morir... ¿Vivir de nuevo? ¿Morir otra vez? Y, ¿qué les parece vivir por tercera ocasión? Pero, ¿será esto posible? Las crónicas de Couland cuentan sobre la vida del menor de los descendientes del célebre clan Everwood, quién se atrevió a...
