CAPÍTULO XXV

2K 203 199
                                        


No había sido bendecida aquella tierra con los cálidos rayos del sol de esa mañana, ni los relojes habían anunciado con sus estridentes campanas la hora de levantarse y andar, cuando Edward, aunque todavía permanecía recostado sobre su lecho, ya se encontraba despierto. Apretaba los dientes y los ojos con gran fuerza, a la vez que emitía un ahogado gemido de dolor debido a que lo aquejaba un dolor tan intenso que le había impedido tener una noche de descanso apropiada.

Todo a su alrededor parecía dar vueltas, lo que le causaba mareos y confusión. Sus oídos zumbaban con fuerza, e incluso podía sentir dentro de su cabeza el palpitar del intruso que tanto daño le provocaba.

—¿Por qué el dolor no se ha ido? —masculló apesadumbrado, e hizo un gran esfuerzo por despegarse de su cama.

Buscó en sus cajones más frascos de su medicamento, y cuando logró encontrar otro, pues el número de ellos ya era escaso, tomó un poco del agua que tenía en una jarra y la vertió en un pequeño vaso de vidrio.

—Es el tercer frasco de este día —dijo Edward en referencia tanto al que se bebió a medianoche, cuando su sueño fue ahuyentado por el dolor, a otro que tomó cerca de las tres de la mañana, y a este que ahora bebía.

Permaneció sentado en la cama, con la cabeza sostenida sobre sus manos y los ojos cerrados, de cinco a diez minutos, hasta que la molestia se erradicó de su ser, aunque no del todo. Entonces suspiró aliviado, pues había conseguido algo de remedio después de la turbulenta noche que vivió; luego, se dirigió a paso lento y tambaleante al baño de su habitación y tomó un baño de agua tibia.

Se vistió con su atuendo formal de traje azul, chaleco gris y corbata oscura, y descendió al comedor para desayunar con su familia. Todos ellos se veían tan tranquilos y sonrientes, felices por comenzar el fin de semana con el pie derecho; en contraste con la pesadumbre por la que atravesaba. Por ello intentó hacer su mejor esfuerzo por ocultar el malestar que le aquejaba; aunque es necesario decir que poco pudo hacer pues su rostro evidenciaba por completo el agotamiento de la noche anterior.

La primera en notar esto fue la señora Everwood, en quien podía verse una expresión de suma mortificación por la condición de su hijo.

—Te ves agotado, Edward. ¿Te sientes bien? —preguntó ella.

—Por el momento me siento un poco mejor, gracias.

—¿Pasaste una mala noche?

—En lo personal la consideraría una noche terrible.

—¿Quieres que llame a tu hermano? —preguntó el señor Everwood.

—Estaré agradecido si así lo haces.

—De acuerdo. Lo haré después del desayuno. Pasa, toma siento y desayuna con nosotros.

—Gracias —dijo, e hizo como su padre sugirió.

Mientras tomaban los alimentos, el telephon de la familia Everwood comenzó a sonar y Amelia, la fiel sirvienta, se apresuró a responder.

—Jovencito Edward, lo llama un profesor Kallagher por el telephon —dijo.

Edward retiró la servilleta que tenía sobre sus piernas, se dirigió a la sala de estar donde se encontraba el telephon y tomó la llamada.

—Gracias, Amelia.

—Con su permiso, jovencito Edward —dijo, y se retiró.

—Edward al habla.

—Edward, soy yo, el profesor Kallagher.

Edward EverwoodDonde viven las historias. Descúbrelo ahora