Ahora bien, mientras el equipo de investigadores llevaba a cabo su respectiva labor, sucedió que Rachel comenzó a despertar de su letargo inducido por causa de la sustancia que los raptores emplearon para hacerla cautiva.
Conforme despertaba, sus sentidos también lo hicieron poco a poco. Lo primero que notó fue que estaba en un sitio en penumbras, al que entraba tan sólo la débil luz de una lámpara incandescente del corredor contiguo al lugar donde estaba encerrada. Al mismo tiempo, comenzó a escuchar un sonido débil que poco a poco comenzaba a intensificarse a la par que se volvía estridente e insoportable. Una vez se aclaró su audición, no tardó en percatarse de que se trataba de Hawthorne, quien clamaba y lloriqueaba a voz en cuello por su liberación.
—¿Dónde estamos? —preguntó con voz débil, pero el único presente en el cuarto ni siquiera prestó atención a sus palabras, sino que continuó en su ruego—. Hawthorne, ¿dónde nos encontramos? —inquirió de nueva cuenta, pero no recibió respuesta alguna—. ¡Hollingsworth! —gritó lo más fuerte que sus fuerzas se lo permitieron.
—¿Qué en toda la tierra habitada es lo que quieres? —respondió airado el aludido.
—¿Qué fue lo que sucedió? —preguntó de nueva cuenta Rachel.
—Mujer tenías que ser —masculló exasperado, como si su sexo fuese culpable de que no estuviera enterada de lo sucedido—. ¿Qué acaso no te das cuenta? ¡Fuimos raptados! —respondió a gritos y vuelto un energúmeno.
—No puede ser —murmuró—. ¡Tenemos que buscar una manera de salir!
—¿Y qué crees que hacía? ¿Perder el tiempo?
—Y te quejas de mí y me acusas de ser ignorante sólo por ser de mi sexo —adujo Rachel—. ¿Acaso crees que sólo con solicitar nuestra libertad nos la van a conceder? ¡Ellos son criminales, no tus sirvientes!
—Quizá conmigo tengan piedad y accedan a mi solicitud si llego a un acuerdo con ellos. Pero en lo que a ti respecta, me parece que tu suerte se agotó.
—¿Qué? —preguntó perpleja—. ¿Piensas abandonarme aquí?
—No sólo lo pienso, voy a hacerlo. Es más, soy capaz de ofrecer tu misma alma a cambio de mi libertad.
—¡Esto es inaudito! —gritó vuelta una furia la joven Raudebaugh—. ¡Eres la peor escoria que jamás me haya tocado conocer en mi vida! Además, ¿te has puesto a pensar que sucederá con Devon? ¿Qué pensará tu amigo si se entera que ha perdido a la persona a quien ama, aun a pesar de que existió la oportunidad de haber sido liberada?
—Existen muchos peces en el océano, querida —respondió con mofa—; muchos de mejor calidad que la tuya. Tal vez encuentre alguno cuya carne esté inmaculada y libre de cualquier deshonor que usted haya cometido.
Esto fue el límite para Rachel. Tales acusaciones de algo por demás alejado a la realidad y sin una razón válida fue la que la dejó en estado exacerbado. Su feroz mirada, propia de las fieras enjauladas y embravecidas, y su respiración agitada no expresaban otra cosa que una ira incontrolable. Se puso de pie y comenzó a quitarse sus zapatos con los pies –es notable mencionar que ambos se encontraban maniatados, aunque tenían sus pies libres– y se dirigió hacia donde se encontraba Hawthorne.
Hawthorne la observó extrañado, pues no tenía idea de lo que pensaba hacer. Sin embargo, sus dudas fueron esclarecidas cuando sintió el doloroso puntapié que la doncella le propinó en sus posaderas.
—¿Por qué haces eso? —preguntó Hawthorne.
—¡Es lo que se merece por haber insultado mi honor! —contestó, y luego le propinó otro puntapié—. ¡Y este es por sus intenciones de abandonarme en este recinto en manos de malvivientes!
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Edward Everwood
FantascienzaVivir... Morir... ¿Vivir de nuevo? ¿Morir otra vez? Y, ¿qué les parece vivir por tercera ocasión? Pero, ¿será esto posible? Las crónicas de Couland cuentan sobre la vida del menor de los descendientes del célebre clan Everwood, quién se atrevió a...
