CAPÍTULO XXVI

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Llegó aquel día domingo, el décimo cuarto día en el quinto mes del año 1871. A la hora que Edward había estipulado, luego de haber concluido con su almuerzo familiar en el que tenían por costumbre reunirse todos sus hermanos, incluidos Arthur y Beatrice con sus respectivos cónyuges, Edward se preparó para su salida de ese día.

Subió a su cuarto para tomar algunas cosas que guardó en sus bolsillos, entre ellos algunos frascos de la nueva medicina que Arthur le había recetado, y de un cajón tomó un objeto esférico de aspecto metálico, el cual, luego de contemplarlo por unos instantes, guardó en el interior de su chaqueta. Después de eso pasó a un pequeño cuarto donde se guardaban algunos elementos de curación, tales como medicamentos de uso común, algodones, vendajes e incluso jeringas, de las que tomó un par de ellas.

Salió de dicho recinto y descendió por las escaleras; luego, salió de su casa por la parte trasera y se dirigió al sitio donde se encontraban almacenados los autwagen.

—Buen día tenga usted, joven Everwood —lo saludó al tiempo que se quitaba la gorra de la cabeza un hombre cuya edad apenas superaba las veinticinco primaveras. Era este de rubio cabello, corto y muy bien peinado, y apuesto de rostro. Vestía con un traje color verde oscuro, incluidos el chaleco y la corbata, y camisa blanca. Era uno de los sirvientes que en fechas recientes se había agregado a la casa Everwood como uno de los empleados.

—Buen día, Hans —respondió Edward.

—Su padre me asignó para que lo transportara el día de hoy, joven Everwood. Tengo entendido que saldrá a pasear en compañía de algunos amigos.

—Así es.

—Estaré complacido de servirles. Acompáñeme —solicitó el joven conductor, y Edward lo siguió.

Lo condujo hasta uno de los autwagens, uno de color negro azabache y modelo compacto con espacio para tan sólo cuatro personas; aunque, con el esfuerzo y la actitud adecuada, bien podía caber uno más en el asiento trasero.

Se acomodó Edward en el asiento posterior, mientras que Hans tomó el control del vehículo y se colocó una gorra en la cabeza. Luego, Edward le proporcionó la dirección de su amigo Tobias. Hans puso el vehículo en marcha y partió enseguida.

Condujo hasta el hogar del joven Tyler a una velocidad que podría considerarse alta. A pesar de la prisa con la que tomaba las calles, su manera de conducir era precavida; sin embargo, eso no impidió que Edward se sintiera un poco incómodo y preocupado por su bienestar. Al llegar, Edward se levantó un poco de su asiento y presionó animoso el claxon. Al poco tiempo apareció el joven Tobias Tyler, vestido con un atuendo en color marrón, una corbata amarilla y una camisa blanca de mangas largas.

—¡Señor Edward! —lo saludó desde la entrada de su casa al salir para ver quién era el que había llamado.

Tobias ingresó de nuevo a su casa, y unos segundos después salió y se dirigió al autwagen. Hans salió del vehículo y abrió la portezuela trasera para que Tobias pudiera abordarlo.

—Gracias —expresó, y luego tomó su lugar al lado de Edward.

Hans volvió al asiento de conductor en el autwagen.

—¿A dónde lo llevo, joven Everwood?

—A la galería «Klingenberger», en el cruce de Lewellyn y calle segunda.

—Entendido, señor Everwood —respondió, y acto seguido puso en marcha el autwagen hacia el mencionado destino.

El trayecto duró pocos minutos debido a encontrarse las calles poco transitadas durante ese día, y llegaron sin problema alguno al mencionado destino.

Edward EverwoodDonde viven las historias. Descúbrelo ahora