CAPÍTULO LVI

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Llegó el capítulo final de esta gran historia. 

Ha sido un trabajo de grandes proporciones el plasmarlo por escrito, pues no resultaba ser como lo tenía en mente, y el resultado final fue satisfactorio en gran medida. Sin duda, he de expresar que llegar a este punto produce en mi persona un gozo inconmensurable, pues no representa el final de una historia, sino el comienzo de una nueva aventura.

Espero lo disfruten tanto como yo lo hice al escribirlo.

Que tengan paz, y un excelente día.

—No de nuevo —expresó el joven Everwood al abrir sus ojos, luego de exhalar un hondo suspiro

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—No de nuevo —expresó el joven Everwood al abrir sus ojos, luego de exhalar un hondo suspiro. Y no era para menos su reacción, pues lo primero que alcanzó a percibir a duras penas debido a que su vista era pobre en ese momento, fue el techo de la habitación en la que se encontraba, una que ya era por completo familiar para él y que recordaba tanto como su propio dormitorio.

Movió su cabeza hacia el lado izquierdo de forma leve y sutil, y alcanzó a percibir la presencia de una persona en la habitación. Como no lograba ver con claridad, extendió con lentitud y gran esfuerzo su mano hacia la mesa que había a su izquierda, donde se encontraban sus gafas de cristal, y se las colocó; de esa forma, logró distinguir que la persona que le acompañaba era su padre. Descansaba sentado a unos metros de su cama sobre una silla, con la cabeza reposada hacia su izquierda en el respaldo de la misma y sus ojos cerrados. Estaba vestido con camisa, chaleco y pantalón, sin su corbata al cuello, y su chaqueta la usaba a modo de manta para cubrirse. Sobre su rostro se evidenciaban las huellas de alguna reyerta en la que se había inmiscuido, hecho que no cesó de causar preocupación al muchacho.

—¿Padre? —musitó, y el señor Everwood despertó de su sueño de inmediato. Agitó su cabeza con rapidez y dirigió su atención hacia su hijo.

—¡Edward! —habló con su ronca y profunda voz, y luego se levantó de su silla y se dirigió hacia él para abrazarlo. La fuerza con la que sostenía el cuerpo de Edward contra el suyo era tal que incluso el joven Everwood llegó a sentir algo de preocupación.

—¿Qué sucedió? —preguntó el chico con voz débil, casi susurrante.

—Sufriste un colapso, y fuiste traído hasta aquí por tu amigo Tobias Tyler —respondió luego de apartarse de él, y frotó su ojo izquierdo con su dedo índice para arrancar de ellos una pequeña lágrima al borde de brotar.

—¿Se encontraba Tobias en casa ésta mañana? —inquirió Edward. Era evidente la confusión en su mirada y en sus palabras, misma que el señor Everwood percibió.

—Edward, ¿qué día piensas que es hoy? —preguntó el señor Everwood alarmado.

—Es... ¿viernes por la mañana? —intentó adivinar el joven, aunque no se mostraba seguro de su respuesta.

—Es domingo por la tarde —señaló con seriedad el señor Everwood, y los ojos de Edward se abrieron sin mesura—. Llevas tres días inconsciente.

Edward EverwoodDonde viven las historias. Descúbrelo ahora