Era muy temprano por la mañana de ese día lunes, el octavo día del cuarto mes en el año 1872, y la luz del sol no se atrevía todavía a bendecir la fértil tierra de Couland. A pesar de ello, el joven Everwood se encontraba despierto, sentado sobre su cama con la vista puesta hacia su ventana. Su expresión evidenciaba su exhausta, y en sus ojos se distinguían un par de tenues ojeras, nada que no se pudiese ocultar tras el cristal de sus gafas. En su mano izquierda sostenía una jeringa vacía cuyo interior contenía una dosis de su medicamento, suministrada por su mayordomo algunas horas antes durante la noche.
La razón de su meditación era sencilla de comprender. La conversación que había sostenido con Robert la tarde del día anterior había dejado en Edward mucho sobre qué pensar. Sin duda no sentía temor alguno ante la muerte, eso lo demostraba con sus acciones y sus palabras, pero le preocupaban su padre, su madre y sus hermanos. ¿Valía la pena causarles tanto dolor con tal de conseguir su cometido? Pero si hablaba con ellos, de seguro se escandalizarían. Pudo notar esa expresión en Robert, y estaba seguro que vería esa misma reacción en ellos. Además, su padre era demasiado protector; no había duda que haría lo posible por detenerlo. Sí, era comprensivo, pero también tenía límites, y hacer esa confesión sería el colmo.
«Por lo menos todavía no se entera de mis actividades como investigador, pero no sé cuánto más podré ocultarlas. Sería el fin de todo si eso sucede» pensó.
—Buen día, joven Everwood —habló el mayordomo cuando entró en la habitación, justo en el momento en que el sol comenzaba a brillar en el horizonte. Fue tan súbita y sorpresiva su llegada que hizo a Edward saltar un poco—. Disculpe, no sabía que estaba ya despierto.
—Buen día, Robert —respondió sin volver la mirada—. Contemplaba el amanecer. No importa cuántas veces haya tenido la oportunidad de verlo, siempre es algo majestuoso, una de las cosas más hermosas que el humano puede ver. —Se notaba un aire de dicha y fascinación en su gesto como quien ve lo maravilloso en las cosas pequeñas.
—¿Está todo en orden? —preguntó el sirviente.
—En efecto —volvió su cabeza para mostrar una sonrisa tenue—. Por cierto, ya que te encuentras aquí, me apetece tomar un baño.
—Calentaré su bañera —indicó.
—¿Podrías preparar algo de ropa?
—¿Va a algún lado? —preguntó un poco extrañado por la petición.
—Sólo quiero dejar esta habitación y salir de esta casa un poco.
—De acuerdo. ¿Qué traje usará?
—El «especial».
—Excelente elección, joven Everwood.
Robert se dirigió primero al baño y abrió la llave del grifo que llevaba el agua caliente para llenar la bañera; después fue al guardarropa donde buscó y extrajo un traje de color negro, fabricado en lana de cashmere y diseñado por el mejor sastre de todo Couland, por lo que era de esperarse que se trataba de un conjunto de prendas cuya calidad era exquisita y refinada. Lo conformaba una chaqueta larga que llegaba casi a las rodillas, un chaleco en color gris oscuro y un pantalón de corte estrecho, prendas que conformaban el conjunto completo del traje. Lo combinó con una camisa de color blanco de mangas largas, una corbata de color negro y tomó también prendas interiores y un par de botines, entonces colocó todo esto en un mueble que se encontraba en la habitación para dicho propósito.
Algunos minutos más tarde, cuando la tina se llenó de agua, Edward, apoyado de Robert y su confiable bastón plegadizo, se dirigió hasta el baño y pasó entonces a darse su cálido y reconfortante ducha.
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Edward Everwood
Ficção CientíficaVivir... Morir... ¿Vivir de nuevo? ¿Morir otra vez? Y, ¿qué les parece vivir por tercera ocasión? Pero, ¿será esto posible? Las crónicas de Couland cuentan sobre la vida del menor de los descendientes del célebre clan Everwood, quién se atrevió a...
