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Cinco días después...
—No fue culpa mía —afirmó Serena—. Les digo que no soy una bruja.
—Tú  alimentaste  a  las  gaviotas.  Las  gaviotas  murieron.  La  evidencia  habla  por  sí misma. —Darién respiró ruidosamente con exasperación—. Nunca antes había visto que cayeran pájaros del cielo como copos de nieve. Eso fue… bueno, mágico. Eres una bruja y punto.
Le dio la espalda y estaba a punto de irse. ¿Cómo podía ese hombre mantener el equilibrio en el barco? Llevaban cinco días de viaje y sus piernas todavía no se adaptaban al mar. Tampoco su estómago. No era de extrañar que hubiera sido incapaz de digerir ese horrible gamalost… queso viejo… que los vikingos llevaban en sus viajes junto con el aún más horrible bacalao salado conocido como luterfisk. Pan duro y de vez en cuando una manzana, eran el plato principal de su dieta en esos últimos días.
—Espera un momento —gritó y se paró para seguir a Darién—. Aún no he terminado de explicarte…
Él se giró bruscamente y la empujó del pecho, obligándola a sentarse de nuevo sobre la caja de madera que estaba bajo una carpa en el centro del barco. La expresión de su rostro era tan malvada y viciosa que la hizo retroceder. Apenas podía recordar las miradas suaves que le había lanzado en el castillo nórdico —no es que a ella le gustaran— porque lo único que había estado haciendo el  bruto en estos últimos días era fulminarla con la mirada.
— ¡Siéntate! —le ordenó—. ¿No acababa de decirte que te sentaras? ¿No te advertí que no te movieras de este lugar? ¿No te dije que mis hombres estaban amenazando con amotinarse si hacías alguna otra brujería? ¿No te dije que te cortaría la cabeza y se la daría a los tiburones si volvías a abrir la boca?
— ¿No te dije? ¿No te dije? ¿No te dije? —murmuró Serena.
— ¿Me estás imitando? —gruñó Darién.
—No, estoy diciendo mis oraciones —le espetó.
— ¿Oraciones? ¡Ja! Serán tus conjuros —Oh, eso es injusto. No estaba realizando ritos oscuros cuando estábamos en medio de esa tormenta.  Estaba gimiendo por el miedo. Nunca antes había estado en un barco.
¿Cómo iba a saber que no íbamos a hundirnos en el fondo del mar? ¿Cómo iba a saber que era normal bombear el agua? ¿Cómo iba a…
—Sentinar.
— ¿Qué?
—Se dice sentinar el agua, no bombear el agua.
— ¡Oh,  por  el  amor  de  Dios!  Sentinar,  bombear,  transportar…  no  importa.  Lo importante  es  que  el  agua  me  llegaba  hasta  los  tobillos.  Todavía  tengo  moho  en  mis zapatos.
Darién se agachó y le apuntó con el dedo —hiciste un canto y la tormenta se detuvo.
— ¿Canto? —Ella le apuntó con el dedo también—. Estaba gimiendo “¡Oh, oh, oh, por favor, Dios, oh, oh, oh, oh!”
Él carraspeó con incredulidad.
—Mis hombres están muy enojados contigo. Gracias a ti llevamos muchas semanas de retraso para regresar a Noruega. Ellos tienen familias que atender antes de que el hielo congele los fiordos. Un retraso más podría significar quedarse atrapado en la corte de Anlaf durante el invierno. Peor aún, en Hedeby, en donde debemos hacer una parada para descargar lo último que queda de mi mercancía.
Era cierto. El otoño estaba llegando a su fin y se acercaba el invierno. Aunque el sol brillara sobre ellos, el aire era fresco y congelaba hasta los huesos. Ella estaba envuelta en una de las capas de lana gruesa y forrada con cuero de Darién, pero aun así podía sentir el frío. Algunos de sus hombres remaban desnudos hasta la cintura cuando el sol estaba en alto, pero la mayoría iban vestidos para el frío.
Y también era cierto que los marineros vikingos —guerreros grandes y valientes que eran— le temían sobremanera. Todos ellos llevaban cruces de madera sobre correas de cuero alrededor de sus cuellos y todos se habían rociado con agua bendita en una que otra ocasión. Nepherite debió comprar un barril a los monjes en la Abadía de Jorvik.
Lo peor de todo era que cuando los hombres no estaban echándole vistazos a su trasero —todavía tenían la tonta superstición sobre que las brujas tienen cola— le fruncían el  ceño,  obligándola  a  guardar  distancia.  Parte  de  ello  gracias  a  las  coincidencias  que parecían surgir una y otra vez en su presencia.
—No fue mi culpa que la leche se cuajara la primera noche. O que Bestia haya estado llorando desde que enviaste a Bella y a las ovejas de regreso a Graycote. Son coincidencias, ¡eso es todo!
Sabía que él estaba furioso ante su negativa de sacrificar una de sus ovejas sobre la proa de su barco como rito pagano para obtener buena suerte en el viaje. Ella le informó en términos bien claros que todas sus ovejas eran valiosas, pero el carnero no tenía precio, pues provenía de Córdoba, una tierra que rara vez permitía que sus especies abandonaran su tierra, a excepción de regalos reales. No tenía idea de cómo su tercer marido había conseguido obtener el raro animal, pero casi había valido la pena aguantar ese matrimonio sólo por su carnero.
Darién ni siquiera sonrió cuando bromeó con él: —Además, sacrificar una de mis ovejas no te traerá suerte. Verás, estas son ovejas cristianas.
—Siempre tienes una respuesta para todo, mi señora. Pero lo que importa es que mis hombres piensan que eres una bruja.
—Por supuesto que lo piensan. Cómo no hacerlo si son alentados por el rencor de Nepherite y la imaginación de las sagas de Alan, sin mencionar tus constantes quejas. Y hablando de hombres, ¿quién habría pensado que iba a haber tantos de ellos? No es correcto que una dama viaje sin chaperona, en compañía de tantos hombres.
— ¿Es que pensaste que solamente Nepherite, Alan y yo, íbamos a remar los barcos? —respondió con sarcasmo.
—Tal vez debí haber sabido que se necesita un gran número de marineros… para pilotar una nave. Pero ¿cómo se supone que debía saber cuántos barcos tienes? —El drakkar en el que viajaban, el Dragón Rápido, era uno de la flota de siete drakkares, cada uno manejado por más de sesenta guerreros vikingos. Los nombres de los otros barcos eran  Dragón  Feroz,  Dragón  Audaz,  Dragón  Valiente,  Dragón  Salvaje,  Dragón  Furioso  y Dragón Mortal, todos ellos propiedad de Darién. Al parecer, era necesario viajar en caravana para  luchar  contra  los  barcos  piratas  que  merodeaban  las  costas  de  las  ciudades comerciales del norte.
— ¿Pensabas que yo era un mendigo?
—No. Yo te conozco por lo que eres. Un troll. —El mostró los dientes en una sonrisa mientras los rechinaba, y Serena supo que lo había empujado peligrosamente.
Para su sorpresa, el número de barcos y la mercancía que llevaban hablaba de una gran riqueza por parte de Darién. Era bueno que sus hermanos no supieran nada sobre la riqueza de Darién o si no era probable que intentaran hacer un pacto de matrimonio con él.
Pero nah, él era demasiado joven para tener lugar en sus planes. Ellos querrían a un hombre viejo, a punto de morir. Además, Darién nunca accedería a casarse con ella.
¿De dónde venían todos esos horribles pensamientos?
—Darién —comenzó a decir en tono conciliatorio—, yo estaba parada en la proa de tu barco, evitando a los marineros, como tú me dijiste. Estaba intentando comer mi merienda, como tú me dijiste. Pero simplemente no me pude comer ese repugnante gammelost. Así que se lo di a las gaviotas. Y antes de darme cuenta, había docenas de pájaros quitándome esa cosa olorosa de los dedos. —Se olió una mano y luego la otra—. Todavía apesto.
—Sólo era queso viejo.
— ¿Queso viejo? —se burló—. Ese queso podía caminar por sí mismo.
A pesar de sus esfuerzos, una sonrisa se asomó en sus labios.
—En realidad, existe una leyenda que dice que el gammelost contribuyó a la victoria del rey Harald “Cabellera Hermosa” en la batalla de Hafrsfjord en 872 —le reveló con una sonrisa avergonzada. Ella arqueó una ceja en forma de pregunta.
—La historia cuenta que el rey le dio gammelost para desayunar a sus guerreros, justo antes de la batalla, transformándolos en berserkers.
—Ves, no fue mi culpa. Las gaviotas se volvieron locas.
—No… lo… creo —dijo con una carcajada—. De todos modos, quédate aquí y disfruta de este hermoso día. Podría ser el último. El clima cambia abruptamente durante esta temporada.
El movió sus hombros y movió los codos hacia atrás hasta que casi se tocaron detrás de la espalda, para luego cruzar los brazos delante. Lo había hecho varias veces, al igual que sus hombres, que solían hacerlo de vez en cuando para eliminar los nudos que se formaban por meter tantos cuerpos en un espacio tan reducido.
Tenía que admitir que el hombre era extremadamente guapo. Incluso ahora, que llevaba una túnica de cuero manchada de sal sobre sus braies negros, con un cinturón ancho de cuero en su cintura, su cuerpo era la personificación de la hombría. Su cabello negro estaba recogido en una cola, pero su textura sedosa todavía era evidente. Las mujeres debían hacer mucho alboroto cuando lo veían.
Inconsciente o indiferente a  su escrutinio, Darién dejó de  mover  los hombros y se inclinó para frotarse la parte de arriba de su muslo. Patzite le había contado de la herida que Darién se había hecho en la batalla de Brunanburth varios años atrás, en donde casi pierde su pierna.
— ¿Te duele la pierna? —le preguntó.
Su cabeza se alzó rápidamente.
— ¿Quién fue el lengua floja? ¿Alan o Nepherite?
—Patzite.
El sacudió la cabeza con disgusto.
—Sí, mi vieja herida se encabrita de vez en cuando.
—No siento nada de compasión por ti. Un hombre de tu edad no tiene por qué estar viajando a varios países en busca de una bruja inexistente.
— ¿Un hombre de mi edad? —espetó indignado.
—Sí, no te hagas el muy joven. Eres como todos los hombres que se acercan a la edad madura, intentan ser más jóvenes de lo que realmente son. Retozando y fornicando hasta que su corazón, u otras partes del cuerpo, no dan para más.
— ¿Rer08;retozando? —Estaba doblado de la risa por sus palabras—. Tengo treinta y cinco años. Todavía no estoy senil, eso tenlo por seguro.
—Como sea, yo podría preparar una poción para aliviar el dolor.
—La  última poción que me diste me llevó directo al baño. Gracias, pero creo que rechazaré tu oferta. —Respiró profundamente y escaneó su barco y los que lo seguían formando una flecha detrás de él. El orgullo en su rostro era inconfundible.
—Te encanta esta vida, ¿no es cierto?
Se volvió hacia ella con cautela.
—Sí, me encanta. No hay mejor vista en este lado de Valhalla que un drakar con su vela izada ondeándose al viento… nosotros llamamos a nuestras velas “capas del viento”.
Un buen barco, la brisa y ser cubiertos por vientos fuertes… sin duda es un regalo de los dioses.
Después de que Darién se fue, Serena estuvo de acuerdo con él. Estos grandes barcos, con sus proas talladas y velas cuadradas con rayas rojas y negras eran verdaderas obras de arte,  además  de  ser  funcionales…  crédito  para  algunos  de  los  mejores  artesanos  del mundo. Las embarcaciones de madera de roble eran bajas en el centro, e iban en aumento con mucha gracia, como el cuello de un cisne en la proa y en la popa, elevándose por encima de las olas. Eran bastante livianos —de hecho podían ser levantados por encima de la cabeza al llegar a tramos de río secos— aun así los barcos navegaban igual de bien sobre aguas  poco  profundas  o  mares  agitados.  Hermosas  esculturas  en  forma  de  dragones entrelazados decoraban los lados del barco de Darién, en donde los escudos de combate negros y amarillos estaban colgados majestuosamente. Esos colores, además del rojo, se apreciaban sobre las cabezas de los dragones tallados que adornaban la proa, como si los animales feroces lideraran el camino a través de las peligrosas aguas.
La tripulación, bronceada por el sol y quemada por el viento, sus ropas manchadas con sal, era ejemplo de pura hombría. Los marineros debían tener destreza para poder moverse en el barco en movimiento, en donde dos hombres se sentaban sobre cofres en cada uno de los dieciséis orificios para remar a cada lado del barco —uno remaba y el otro hablaba.
Al mismo tiempo, una gran fuerza era necesaria para levantar el gran mástil y remar en un extenuante ritmo continuo.
Uno de los vikingos más pequeños, un muchacho con piernas hábiles, estaba realizando una hazaña que había hecho en otra ocasión… bailar sobre el océano encima de los mangos de las lanzas. Era una competencia en la que los marineros aburridos participaban de vez en cuando, apostando para ver quién podía realizar el baile sin caerse en las aguas saladas.
Serena tuvo que sonreír. Era un hermoso día, justo como Darién había dicho. No había muchas ocasiones en las que Serena tuviera tiempo libre para sentarse y admirar la creación de Dios alrededor de ella.
Pero en cambio se puso a llorar. Primero una lágrima y después otra se escaparon de sus ojos. Con un sollozo ahogado, Serena usó el borde de la capa de Darién para secarse la mejilla. Pero tan pronto como limpió una lágrima, otra la reemplazó.
Era inconcebible. Serena no lloraba. Hacía tiempo, cuando tenía no más de ocho años, se había dado cuenta de que las lágrimas no movían ni un ápice a sus hermanos, y llorar no le daba ninguna satisfacción. Había decidido ser más fuerte que ellos, más inteligente, más astuta. Y su fuerza y determinación le habían servido mucho. Hasta ahora.
La situación en la que se encontraba era ridícula. El que alguien pudiera pensar que ella era una bruja desafiaba a la lógica. Si tan solo Darién hubiera hablado con sus criados y los aldeanos de Graycote. Ella no era la primera mujer en ser secuestrada… para pedir rescate o para violación, o como botín de alguna incursión, o incluso para ser vendida como esclava. Pero capturarla por brujería era tan increíble que Serena no había tomado en serio su  situación  cuando  aún  estaba  en  territorio  conocido,  cuando  aún  había  tiempo  de cambiar su destino.
¿Ahora cómo escaparé?
¿Qué me va a pasar en esa tierra pagana?
¿Volveré a ver a mis amadas ovejas y a Graycote de nuevo?
Más lágrimas se resbalaron por sus mejillas, ahora sin control.
¿Qué voy a hacer?
Aunque Serena no estaba de acuerdo con las prácticas religiosas extremas, se puso a rezar en silencio. Ella más bien le agradecía a Dios haciendo buenas obras cada día como forma de oración. Pero situaciones desesperadas ameritaban medidas desesperadas. Dios, por favor, ayúdame en esta situación desesperada, oró en silencio, ahogando un sollozo.
Justo en ese momento, al otro lado del barco, Darién se rió por algo que le dijo uno de sus hombres.
Los ojos de Serena se ensancharon por la sorpresa.
¿Será posible… es una señal?
¿Será que Dios envió a Darién para poner fin a las maquinaciones de mis hermanos?
¿Podría ser que este viaje a las tierras del norte sea un vehículo celestial en los planes de Dios para rescatarme?
Luego,  la  pregunta  más  increíble  de  todas  asaltó  a  Serena  y  ella  gruñó  con consternación
¿Es posible que Darién sea mi ángel guardián?
—La bruja está llorando —dijo uno de sus hombres con cautela, como si Darién no se hubiera dado cuenta. Y las palabras del marinero se repitieron por todo el barco, como un susurro del viento—. La bruja está llorando, la bruja está llorando, la bruja está llorando…
Al  parecer  las  lágrimas  de  parte  de  una  bruja  no  eran  normales,  o  tenían  algún significado. Tendría que preguntarle a Alan o a Nepherite. Ellos eran expertos en brujería, mientras que todo este asunto sobre brujas era nuevo para Darién.
Un nuevo murmullo comenzó.
— ¿Qué significa? ¿Qué significa? ¿Qué significa? ¿Qué…
Sus hombres lo miraron como buscando respuestas.
—Llorar es un truco que usan las brujas —decidió.
Sus hombres asintieron con vacilación, haciendo reverencia ante su gran sabiduría. Él estaba seguro —bueno, casi seguro— de que la bruja esperaba arruinarlos con su táctica de buscar lástima.
¿Serena lo tomaba por un tonto que se dejaba llevar por esas artimañas femeninas tan descaradas? ¡Ja! Él había empezado a subir faldas cuando tenía doce años. No existía movimiento  de  pestañas,  movimiento  de  cadera  o  de  trasero,  muestra  de  un  pecho, suspiro exagerado o sollozo, del que no hubiera sido testigo en alguno de sus muchos encuentros con el sexo débil. Las mujeres eran tan transparentes. No tenían la sutileza de los hombres.
Darién miró hacia el área en donde habían puesto la carpa para Serena. Puso los brazos en jarra y  demandó
— ¡Deja de hacer eso! — ¿Fue eso lo suficientemente sutil para ti, Lady Serena?
— ¿Que deje de hacer qué?
—Llorar. — ¿Qué crees que quería decir, bailar?
—No estoy llorando —respondió ella, mirándolo a través de piscinas de color celeste con destellos dorados que brillaban con la humedad. Interesante lo hermosos que podían llegar a ser sus ojos en ese rostro lleno de esas horribles pecas.
—En me mjg falleg augu —murmuró Darién—. Tienes unos ojos hermosos. Y ahora, ¿por qué sentí la necesidad de decirle eso?
— ¿Qué dijiste?
—Que tus ojos están bizcos —mintió—. Tus ojos parecen bizcos cuando lloras. —Sus hermosos  ojos  se  posaron  sobre  él,  pero  no  con  tristeza.  Sospechaba  que  ella  había recibido tan pocos elogios en su vida que sus duras críticas iban bien con ella. Sin duda el Dios de Serena había sido justo al darle al menos una marca de belleza para compensar todos esos atributos no tan bellos.
Pero no, eso no era cierto. Ella tenía otros atributos. Como ese cuerpo desnudo que había visto. ¡No, no, no! Me prometí no pensar en ello.
— ¿Que  no  estabas  llorando?  ¡Pero  si  parecía  que  estuviera  lloviendo!  Si  no  te detienes, tendremos que sentinar el agua de nuevo. —Pensó que ella sonreiría ante su broma, aunque sus sonrisas eran poco frecuentes y sólo estaban reservadas para Alan o para sus malditas ovejas. Tal vez eso fue lo que la puso triste. Ella extrañaba sus ovejas.
— ¿Extrañas a tus familiares?
— ¿Mis qué?                                               
—Familiares. ¿No se supone que todas las brujas tienen familiares? —Se sintió estúpido al preguntar y sintió como se le encendía el rostro.
— ¿Y se supone que mis familiares son…?
Odiaba la actitud superior que a veces tenía. Como en ese momento.
—Ovejas.
— ¿Ovejas? —Parpadeó sorprendida.
Sin duda su percepción la sorprendió. Puede que si hacia “beee” le levantara el ánimo.
Aún mejor, podría empalmarle el trasero como hacía ese carnero cachondo.
No pudo evitar sonreír ante ese pensamiento.
—Deja  de  sonreír.  No  estoy  llorando.  Yo  nunca  lloro.  Fue  solamente  el  viento.
Además, debes estar mal de la cabeza si piensas que las ovejas son mis familiares.
—Tus pecas están creciendo. — ¿De dónde vino esa observación tan tonta? ¡Humph!
Supongo que estoy intentando evitar esos ojos magníficos. O imaginármela desnuda. ¡No, no, no! Ya borré esa imagen de mi mente.
— ¿Qué  tonterías  estás  diciendo  ahora?  ¿Crees  que  me  desconciertas  con  tus comentarios ociosos? Bien, pues no es así. No me importa si te gustan o no mis pecas.
De verdad que tu lengua se mueve más que un cachorro bajo la mesa de un gran festín, “Lady Habladora”… más bien “Lady Llorona”.
—Tu dura crítica me lastima, mi señora. Lo que quise decir fue que tus pecas crecen cuando lloras… o al menos parecen hacerlo cuando tu nariz se pone roja y tu cara se hincha. —Bueno, ahora me siento mejor.
—Eres un troll.
—Eso ya me lo habías dicho. —Al menos debía sentirse mejor, atacarlo hacía que dejara de lloriquear. A Darién se le hinchó el pecho con orgullo. En verdad tenía talento para alegrar los espíritus de las damas hermosas. No es que ella fuera hermosa, pero…— Deja tus lágrimas o lo que sea, eso molesta a mis hombres.
Ella le sugirió que se hiciera algo que él sabía era casi imposible. Y también le dijo que sus hombres molestos podían acompañarlo en su maldito ejercicio. Él puso una mano sobre su pecho exagerando su sorpresa.
—Nunca antes había oído a una dama de alta cuna usar esas palabras. Aunque tú eres una bruja de alta cuna; tal vez las reglas de tu sociedad sean diferentes.
— ¡Lárgate! —dijo ella mientras dejaba caer los hombros.
Odiaba cuando ella dejaba caer los hombros. Lo hacía sentir responsable de sus males, y no lo era.
En vez de alejarse, se agachó frente a ella y dejó descansar los antebrazos sobre sus rodillas. Ella se movió instintivamente para no tocarlo.
Eso lo molestó. Así que, por supuesto, se acercó más a ella. Ahora la parte interna de sus muslos encerraró uno de los muslos de ella bajo el manto. Su manto, se dio cuenta con un sentimiento de calidez al ver que ella estaba usando una prenda suya. Casi como si estuviera bajo su escudo protector.
No,  no,  no.  Ella  es  simplemente  una  prisionera.  Llévala  ante  el  rey  y  listo.  No  te involucres, Darién. Pero él nunca escuchaba los buenos consejos, especialmente los que él mismo se daba.
—Dime por que lloras.
—No estaba llorando —dijo con voz quebrada—. Pero si estuviera… llorando… y no lo estoy… bueno, tendría una buena razón, ¿no lo crees?
—Y dime, ¿por qué tendrías una buena razón?
Serena no llevaba puesto un griñón o un velo, pero su pelo del color del óxido, sujeto por un cordón de seda alrededor de su frente, no estaba disperso por todos lados, todo gracias a la crema que le había dado Patzite, sino que caía en forma de suaves ondas. El olor a rosas de la crema flotó hacia él como una delicada seducción.
— ¿Por qué me estás oliendo como si fueras un perro?
Eso lo trajo de vuelta a la realidad con una sacudida desagradable. Cortarle la cabeza cada vez le parecía más atractivo. O al menos cortarle la lengua.
— ¿Te importaría moverte? —Le espetó ella, intentando infructuosamente alejarse del abrazo de sus piernas—. Me estás bloqueando el sol.
Él sonrió ante ese comentario. Es cierto que era un hombre grande, pero no tan grande.
—Serena, deja de evadir mi pregunta. ¿Por qué tendrías una buena razón para llorar?
—Yo no estaba…
Le puso un dedo sobre los labios para evitar que protestara.
Tocar su cuerpo fue un gran error. Sus labios se entreabrieron con sorpresa bajo su dedo, el cual se mantuvo en su lugar. Y por primera vez notó que sus labios estaban llenos e  hinchados.  Y  para  ser  sinceros,  sus  labios  eran  besables.  Además,  eran  de  color frambuesa, justo como sus pezones.
¡Aaarrrgh! Olvida que pensaste eso. Fue un error. Ya se me olvidó por completo como se veía la bruja desnuda. Ha pasado tanto tiempo desde la última vez que vi una frambuesa que ya no recuerdo cómo son, o cómo saben. ¿Cómo saben? ¡Maldición!
— ¡Oh, Dios, no de nuevo! —dijo ella, empujando su dedo.
— ¿Qué?
—Otra vez me estás imaginando desnuda.
— ¡Claro que no! —mintió.
—Sí, lo estás haciendo y no lo voy a permitir.
Él se preguntó cómo podría detenerlo. A decir verdad, a él le gustaría saber cómo hacerlo. Luego su lengua imprudente adquirió vida propia.
—Mi señora, ¿estás intentando recordarme tus pezones de frambuesa, que hacen juego con tus labios de frambuesa, sólo para evitar hablar de tus lágrimas?
— ¡Y pensar que te estaba empezando a ver como mi ángel guardián!
Esa afirmación lo sorprendió. La mujer tenía una habilidad especial para atraparlo con la guardia baja.
— ¿Qué? ¿Quién? ¿Yo? ¡Ja, ja, ja!
—Sí, muy gracioso.
— ¿Gracioso? Es absurdo —lo pensó por un momento—. ¿Por qué es tan absurdo?
¿Crees que no hay vikingos en tu cielo? ¿Crees que no hay bondad en nosotros? ¿Crees que sólo  los  cristianos  pueden  ser  buenos?  No  olvides  que  muchos  vikingos  también  son cristianos.
Su  boca  se  abrió  con  incredulidad  ante  sus  palabras.  Sus  labios  no  parecían  tan besables cuando tomaba aire como un pescado. ¡Gracias a los dioses!
— ¿Qué? ¿Quieres ser mi ángel guardián? —preguntó, una vez que pudo cerrar los dientes.
—Nah, no quiero ser tu ángel guardián. No quiero ser tú… nada. —Estuvo cerca. Casi había dicho que no quería ser su amante, lo que era mentira, admitió para sí mismo. Sí, desde que la había visto desnuda la idea de mojar su vara… más bien, afilar su espada… por lo menos una vez… había estado rondándole como un dolor de cabeza molesto. ¿Una vez?
Diablos, en su mente él estaba mojando y afilando sin cesar.
—Fue una idea tonta, lo admito.
¿De qué estaban hablando? Estoy tan ocupado pensando en sexo que ya perdí el hilo de la conversación. Ah sí, sobre ángeles. De todas las cosas, ella piensa que soy su ángel guardián.
— ¡Ajá! Así que por eso llorabas. Debían ser lágrimas de alivio porque tu Dios te envió al ángel guardián más guapo, valiente y perfecto que existe. —Juro que mi lengua ha cobrado voluntad propia.
— ¿En verdad eres tan idiota como aparentas?
Sí.
—No más idiota que tú… mira que insultar a un guerrero feroz constantemente.
—Es que tú me proporcionas muchos ejemplos de idiotez.
— ¡Aaarrrgh! Tu cabeza debe ser como un estanque y tus pensamientos como ranas, saltando de una hoja a otra.
— ¡Qué poético!
Darién gruñó con exasperación.
— ¿Podrías al menos terminar con un tema antes de saltar a otro?
—Si insistes —dijo ella con recato. ¡Que farsa! Esa mujer no reconocería el recato aunque la golpeara en medio de esa frente pecosa. — ¿Qué quieres saber?
— ¿Por qué pensabas que era tu ángel guardián?
—Bueno,  no  precisamente  mi  ángel  guardián  —se  corrigió—.  Más  bien  como  un protector enviado por Dios.
—Eso suena como un ángel guardián
Ella agitó una mano con desdén.
—Al menos esa fue mi lógica.
La lógica y la mujer son una contradicción imposible.
— ¿Sabes que hay quienes creen que si le salvan la vida a alguien, estarán siempre en deuda con ellos? Bueno, estaba pensando que tal vez Dios te envió por mí a Northumbria para…
—Anlaf me envió por ti y que yo sepa él no está ni cerca de ser un dios.
—Deja de interrumpirme, patán.
—Tskr08;tsk. Esa no es forma de hablarle a tu ángel guardián.
Ella le hizo una mueca que la hizo parecerse a un gallo enojado. No era una imagen agradable.
—Como estaba diciendo… tal vez Dios te envió por mí a Northumbria, a través del rey Anlaf, para que pudieras rescatarme de la última atrocidad por parte de mis hermanos. En realidad, sospecho que Dios envió al rey Anlaf a ese convento en Northumbria para poner su plan en acción. Y además, estaba pensando que tal vez ahora seas responsable de mi protección. Así que ya no debo preocuparme por lo que me pueda pasar en Trondelag, porque tú estarás allí como mi… bueno, como mi ángel vikingo personal. —Ella le sonrió con satisfacción después de hacer su deducción.
¡Increíble! ¡Qué descaro por parte de la mujer!
— ¿Y por eso llorabas?
—Sí, de alivio. —Movió los ojos, evitando el contacto directo y el sospechó que esa no era la verdadera razón.
Darién se puso una mano sobre la frente y se frotó las arugas.
—Primero que todo, creo que piensas demasiado. Segundo, debes estar de broma si dices que tu Dios le torció la polla a Anlaf para poder llevarme a tu lado. Tercero, no soy responsable de tu seguridad. Métete eso en la cabeza. Una vez que te lleve ante Anlaf, habré terminado contigo. Y finalmente, no pienses en mí ni por un minuto como un ángel, sea un ángel vikingo o no. Créeme cuando te digo que he llevado una vida de todo menos de santidad y créeme cuando te digo que la imagen que tengo en mi cabeza, de ti desnuda, no estimula visiones de mí batiendo mis alas para protegerte. Más bien bato otra parte de mi cuerpo, dentro de ti.
Ella jadeó ante su crudeza.
Bien. Es mejor corregir a la bruja desde el principio.
—Eres… un… troll. —Esa era la frase favorita de ella.
—Entonces puedes llamarme “San Troll”.
—No me importa lo que digas. Sé que no me abandonarás ante algún rey miserable que podría… que podría…
— ¿Cortarte la cabeza?
—Sí, eso.
—Tienes una opinión equívoca sobre mí. Y por mucho. Sé que bromeo demasiado, pero no te equivoques al pensar que soy blando. No lo soy. Desde que tenía quince años hasta hace muy poco, yo fui un guerrero que peleaba a favor de cualquier rey que me llegara el precio, ya fuera Jomsviking o bizantino, no me importaba. Ya perdí la cuenta de todos los hombres que he matado.
— ¿Y?
— ¿Qué quieres decir con ese “y”?
—Nunca puse en duda el tipo de soldado que fuiste. Pero dudo que alguna vez hayas matado a una mujer, al menos no sin motivo.
—Oh, mi señora, es mejor que pienses en todos los motivos que me has dado hasta ahora.
—Tú no me dejarás en las manos de un tirano si existe la más mínima posibilidad de que pueda matarme —insistió Serena.
—Bueno, eso ya no es un problema.
Ella inclinó la cabeza, desconcertada.
—Ahora que te he visto desnuda, y una vez que Anlaf te vea desnuda, sé que el rey te tomará como su sexta esposa.
Pudo ver, por cómo cerraba los puños, que ella apenas podía contenerse para no golpearlo.
— ¿Aunque sea una bruja? —preguntó con voz extremadamente dulce.
—Aunque tengas cola.
—Bueno, aun así pienso que no me abandonarás. Ahora soy tu responsabilidad —insistió.
Él dijo una palabra muy grosera respecto a la responsabilidad.
Ella alzó la barbilla y lo miró.
—Voy a rezar por ti esta noche. Entre otras cosas, pienso suplicarle al Santísimo Dios que purifique tu lengua tonta.
— ¡Ja! Cuando reces esta tarde, pide porque esa imagen de ti desnuda deje mi cabeza.
O si no tendrás que preocuparte por más que mi lengua tonta.
— ¿Y eso sería?
Un guerrero como él sabía cuándo atacar y cuándo retirarse. Un comerciante como él sabía  cuándo  negociar  y  cuándo  aceptar  la  derrota.  La  moza,  que  al  parecer  tenía  la maestría de una roca, no parecía querer detenerse cuando iba ganando.
Él se levantó sobre las rodillas con una mano en cada lado del baúl. Se acercó a ella y presionó su hombría contra la unión de sus muslos. Estaban separados por capas y capas de ropa, pero su mensaje fue claro. Sus labios casi se tocaban y el sintió su aliento contra sus dientes apretados mientras ella respiraba con alguna fuerte emoción. Sus miradas se sostuvieron  todo  el  tiempo,  la  suya  retándola,  la  de  ella  desafiante.  Se  quedó  en  esa posición por tan solo un momento antes de levantarse. Eso era suficiente… para los dos.
Se dispuso a alejarse cuando la dama habló en un intento estúpido por tener la última palabra.
—Bueno, habla. A ver, zoquete, ¿de qué tengo que preocuparme?
Sus últimas palabras —rudas y provocativas, y sí, un poco tentadoras— se quedaron atrapadas en la brisa marina mucho tiempo después de que él se fue.
—No quieres saberlo. Realmente no quieres.
Varios  días  después  se  acercaron  a  la  tierra  de  los  daneses  y  su  famosa  ciudad comercial, en la base de la península de Jutland. Hebedy, a la cual los vikingos llamaban Hcedum en su idioma, se encontraba en la unión de varias rutas comerciales. A pesar de que estaba a más de mil quilómetros de casa y en el corazón del territorio vikingo, Serena tenía más de una razón para sentirse aliviada… y no sólo porque por fin pisaría tierra firme de nuevo.
Hasta ahora era mediodía, pero ya ese día habían tenido tres encuentros con piratas de aspecto cruel. A menudo, los marinos ponían sus escudos con la punta hacia abajo sobre el mástil para indicar que iban en son de paz. ¡No como estos lobos de mar! Con sus rostros llenos de cicatrices y ardor en los ojos, esos carroñeros de Zelanda asustaban a Serena hasta los huesos, mucho más de lo que Darién y sus compañeros la habían asustado. Alan le había explicado que estos bandidos del mar, liderados por un hombre llamado Hord “el Rata”, tenían su guarida en algún lugar entre Zelanda y Funen… un lugar terrorífico. Ellos habían tenido éxito en los últimos tiempos aterrorizando la costa sureste de Noruega, el pasaje Oesund y el Báltico.
El líder pirata había ordenado a sus marineros que atraparan y lucharan contra uno de los barcos de Darién. Afortunadamente, se habían rendido rápidamente. La sola presencia de los guerreros feroces en los barcos de Darién había convencido a los piratas de guardar las distancias y dejarlos pasar sin ser molestados. Serena se preguntó si sus oraciones respecto a su suerte en la corte de Anlaf no la habrían ayudado también en este asunto. O si había sido  la  presencia  de  Darién  y  sus  hombres  imponentes  que  llevaban  espadas  afiladas  y hachas de batalla. Una cosa era segura: con cada barco pirata que pasaban, el respeto de Serena hacia Darién como líder se incrementaba. No lo respetaba mucho como hombre, ya que él la había capturado e irrumpió en su vida por un capricho, y todavía se negaba a hacerse responsable de su suerte. Pero nunca había conocido un mejor capitán de barco y  líder de hombres listos para el combate. Había habido veces en las que, cuando los barcos de  Darién  se  acercaban  a  la  orilla,  ella  había  visto  cabezas  con  barba  sobre  picas  que indicaban que los vikingos no eran bien recibidos en esa tierra en particular. Aunque ellos mismos eran vikingos. Afortunadamente, Darién parecía saber cómo escoger sus batallas y cuándo alejarse de una lucha infructuosa… aunque Serena sospechaba que él disfrutaba de una buena pelea como cualquier hombre lo haría. Esa era la naturaleza de las bestias.
Ahora Serena estaba apoyada contra la barandilla del barco cerca de la proa, con Alan a su lado. Él era el único de los hombres de Darién que hablaba con ella. Aunque llevaba con él el crucifijo de madera que había rociado con agua bendita. Como precaución adicional, Alan se hacía el signo de la cruz sobre el pecho cada vez que recordaba que estaba hablando con una bruja.
El día anterior, Darién había repartido sacos pequeños llenos de monedas como pago para sus hombres, aunque les había advertido que un marinero sabio nunca contaba sus riquezas  sino  hasta  que  regresaba  a  casa.  Algunos  de  los  marineros  de  Darién desembarcarían en Hedeby, quedándose con dos de los barcos durante el invierno. Los otros cinco barcos viajarían a Trondelag en uno o dos días, primero a la corte de Anlaf y luego a casa de Darién. Darién estaba ocupado con asuntos que habían surgido en el último minuto y le había ordenado a Alan que la vigilara, lo cual era ridículo. ¿Cómo esperaba que se escapara, saltando por la borda y nadando en esas heladas aguas? ¿Volando sobre alguna de las brisas de otoño? ¿Y para dónde se iría, al estómago de un tiburón? ¿A la guarida de unos piratas?
Ahora los siete barcos se dirigían a través de un lago en el nacimiento del río Schlei.
Era un hermoso día con el cielo despejado y tan solo una pequeña brisa. El lago parecía un espejo pintado de azul, sólo roto por las olas que dejaban atrás los barcos cuando pasaban.
—Es  espectacular  —dijo  Serena,  observando  el  increíble  espectáculo  ante  ellos.
Hedeby.
Una gran muralla de madera y una larga fosa en forma de semicírculo rodeaban el centro de comercio. Al Este limitaba con las aguas del Haddeby Noor. Había tres grandes puertas o túneles —pavimentados con piedras—, una al Sur y una al Norte para que los hombres, caballos y carretas transitaran, y otra al Oeste, en donde corría una fina corriente de agua hasta llegar al fiordo.
— ¿No viajabas mucho con tus hermanos? —preguntó Alan, sin duda divertido cada vez que ella parecía un niño sorprendido por cada nueva vista que había.
Ella miró de reojo al giante.
—Mis  hermanos  no  me  llevaban  a  ninguna  parte…  a  menos  que  fuera  a  alguna propiedad o a una reunión real en donde pudieran arreglarme un matrimonio. Nunca fuera de Inglaterra.
Alan se encogió de hombros, como si ese fuera el lugar de las mujeres. No valía la pena discutir. Serena pensó en decirle una o dos cosas al zopenco sobre cómo era ser una joven… una joven fea con pecas y con un cabello rojo e incontrolable. ¿Podía él imaginarse la  humillación  de  ser  rechazada  una  y  otra  vez,  desde  que  tenía  catorce  años,  como compañera por todos los hombres disponibles por debajo de cincuenta años y con el linaje y la riqueza adecuados? No, ella creía que este hombre cabeza dura —como todos los hombres— sería incapaz de ver la injusticia de un sistema que ponía a las mujeres por debajo de esclavos y animales de raza fina.
—He estado muchas veces en Jorvik —dijo, en cambio—. Allí tengo un agente que vende todas mis lanas y telas finas por un buen precio en los puestos comerciales de Coppergate. Yo voy a la ciudad comercial al menos dos veces al año. Es bueno que una persona se mantenga al tanto de sus negocios.
Alan le sonrió.
—Suenas como Patzite. Ella cuida mucho de su miel y de su hidromiel. En realidad, Darién lleva muchos de sus productos en este viaje para ver si puede obtener un mejor precio en las tierras del Norte que lo que ella obtiene allá en su nativa Inglaterra.  Tal vez el jarl haga lo mismo por tí cuando…si…
Su voz se apagó y Serena supo que Alan empezó a balbucear porque no estaba seguro de que ella regresara a casa con sus ovejas. Era desconcertante saber que Alan compartía sus reservas en cuanto a su destino.
No voy a pensar en cosas malas. Voy a regresar. Confío en que Dios tenía un motivo para haberme puesto en manos de los vikingos. Aun así, era difícil no sentir dudas.
—Háblame sobre Hedeby —pidió Serena.
Alan asintió con la cabeza.
—Hay más de veinticuatro hectáreas de tierra entre las murallas y el mar. ¿Ves ese pedazo de tierra largo y estrecho que está cerca de las murallas y frente al agua? Ahí es donde  algunos  barcos  y  botes  pequeños  encallan.  También  hay  muelles  para  la construcción naval y para hacer reparaciones.
—No es tan grande como Jorvik, pero aun así parece intrigante.
—Sí, lo es. En Hedeby puedes encontrar cualquier cosa de valor, sea carne humana o adornos de oro fino. Aquí es donde Darién vende la mayoría de su ámbar, después de Jorvik.
De hecho, él mantiene una casa y un puesto de mercado aquí durante todo el año, que es cuidado por una artesana de confianza, Rachelle de Frankland.
— ¿Una mujer? ¿Darién le confía su negocio a una mujer?
—Sí, ¿y por qué no?
Serena sacudió la cabeza. Darién siempre ponía barreras cuando ella quería condenarlo.
— ¿Y viene por aquí muy seguido?
—Nah, hemos venido dos veces al año durante los últimos cinco años. Sabes, Darién no siempre fue un comerciante. Él tiene fama de ser un buen soldado y un buen líder de guerreros. Los reyes de muchos países aún buscan sus servicios. Desgraciadamente, la herida que se hizo en Brunanburh lo hirió más de lo que se puede apreciar. Y durante los meses de invierno o en la temporada de fuertes lluvias, la herida en la pierna le duele tanto que llega un punto en el que parece estar cojo. —Alzó la cabeza. Con una expresión de sorpresa, comentó—: Tienes un don para hacer que un hombre hable más de la cuenta. ¿Es eso una cosa de brujas?
—Nah — Serena se rió—, es una cosa de mujeres. —Alzó las cejas hacia él y el gigante se rió también. Luego, poniéndose más seria, dijo—: Fue en Brunanburth dónde perdiste el ojo, no es cierto? — Él asintió.
— ¡Santo Thor! Nunca antes me había visto envuelto en una batalla como ésa. Esa batalla marcó el fin del dominio vikingo en Gran Bretaña y entre los que alimentaron el fuego ese día estaban cinco reyes y siete condes de Irlanda, sin mencionar al hijo del rey de los escoceses. A mí me dejaron allí tirado para que me muriera, pero Darién regresó por mí.
Bajo su propio riesgo. Fue entonces cuando un maldito sajón clavó su espada en el muslo de Darién, pero por fortuna su hermana Luna, que es una gran médico, pudo salvar su pierna.
— ¿La hermana de Darién es médico? —Serena estaba impresionada. ¿Qué otra cosa no sabía sobre el imbécil?— ¿Y cómo es que Darién acabó en el negocio del ámbar?
—Bueno, el maestro quedó fascinado hace años cuando fue testigo de una cosecha de ámbar mientras visitaba las tierras bálticas. Al principio, sólo se dedicaba a la negociación, pero ahora tiene a sus propios trabajadores para que cosechen por él.
— ¿Y también es una mujer la que se encarga de esto?
Alan se rió.
—Nah, es Arnor “Sin Dientes” el que dirige esta empresa.
Darién se acercó a ellos.
— ¿Estas deleitando a Serena con otra de tus maravillosas sagas?
Serena pudo ver que estaba de buen humor. Sin duda estaba tan aliviado como ella por poder pisar tierra firme. Y por estar un paso más cerca de concluir con su misión.
—Sí  —respondió  alegremente—,  y  yo  lo  estaba  ayudando  a  escoger  el  título adecuado.
Los labios de Alan se curvaron con diversión ante su mentira.
Darién hizo una mueca de horror fingido.
—Se llama Darién el Ángel Trol.

el vikingo hechizadoHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora