Nuestro viaje termina delante de una mansión en las afueras de una ciudad que desconozco. Se mete en el garage sin ningún problema, lo que me hace dar por seguro de que es propiedad suya y me inquieta. Mientras subimos mi mirada queda perdida y lo único que me permito hacer es mirar hacia el frente, de no hacer eso, vería la camisa blanca de Harry manchada con la sangre de mis palmas. Lágrimas recorren mis mejillas precipitadamente y no me molesto en detenerlas.
Paramos delante de una preciosa puerta color plata que tiene unos tallados que me dejan sin aliento. Tanto lujo me hacía sentir débil y diminuta mientras que a Harry parecía no importarle lo más mínimo.
Al abrirla, se presenta sin invitación una majestuosa estancia que me hace quedar estática mientras mis piernas tiemblan. El recibidor brillaba a La Luz de candelabros situados salpicando la habitación. La combinación de espejos y superficies plateadas le dan un aire misterioso.
-¡Aaron!- la voz de Harry retumba y llama mi atención, ¿hay alguien más aquí?-.
-¡En el salón!-oír su respuesta resuelve mis sospechas y sigo a Harry hacia dónde se supone que debe estar el dueño de la voz-.
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Entramos situados al lado de la isla de una inmensa cocina y distingo la silueta del tal Aaron delante del fuego que brilla en la chimenea sentado en algo que diría es un muy caro y sofisticado sofá plateado. Toda la casa parecía estar armonizada en torno a este color.
Cuando este se levanta y se gira, queda petrificado en su lugar sin saber muy bien que decir y yo me siento inevitablemente intimidada.
-Ehm... Aaron esta es Alexis... Alexis Schell. Ya sabes la chica de la que te hablé- empieza Harry- Y Alexis este es Aaron Leduc. Mi socio.
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Ahí, de pie, vestido todo de negro, con el fuego brillando detrás de sí. Parecía el mismísimo diablo, a no ser por la calidez y resplandor de su mirada. Azul como el cielo.
En un instante, su semblante cambia y me dedica la mejor sonrisa que un ser humano podría dibujar. Era la más sincera que había visto nunca.
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