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Hace tiempo que dejé de pensar en ella. Pero hoy, sin más, casi sin quererlo, he vuelto a caer. He recordado su lunar, aquel diminuto puntito negro que marcaba su piel en el lado derecho de su cara, exactamente a dos centímetros del final de su ojo. Al principio, tengo que reconocer que lo odiaba, me molestaba incluso verlo, pues cuando me dejaba llevar y conseguía relajarme a penas unos segundos, me encontraba a mí mismo observando aquella perfecta imperfección. En realidad, era inevitable fijarme en él. Cuando ella se daba cuenta, fruncía el ceño y arrugaba la nariz, me miraba mientras me decía "¿qué quieres de mí?", y yo, luchando por quitar esa cara de embobado, con una mueca de asco le respondía "nada, niñata". No quiero nada de ti. Nada. No paraba de repetirlo en mi mente una y otra vez, como si mientras más veces lo dijera más real parecería. Porque la verdad era, que de ti, lo quería absolutamente todo. Casi tanto como ahora. Mentira, ahora más. Mucho más.

-Jason tenemos que irnos. Ya.-. Paul y su gran don de ser la persona más oportunista del mundo.

-¿Ahora?, ¿por qué?-. Joder, llevábamos semanas mudándonos de un sitio a otro, este sitio era lo más parecido a un hogar que habíamos encontrado en este tiempo. No quería tener que volver a empezar. 

-Nos han localizado. Ha tenido que ser el maldito transmisor. Yo sabía que aquello no nos iba a traer nada bueno joder.-. Se estaba rascando la cabeza mientras resoplaba, no paraba de moverse en círculos pensando qué podía haber salido mal.

-Oye, Paul. ¿Y si esto es una señal de que ha llegado la hora?-. Todo mi ser rezaba para que mi compañero y gran amigo coincidiera conmigo en esto. Tenía que hacerlo.

-¿La hora de qué?-. Podía ver el brillo de esperanza en sus ojos cansados.

-De volver a casa, Paul-. 

-Ha pasado poco tiempo Jae, no nos dejarán volver sin al menos, duplicar la actividad-. Mientras hablábamos intentando animarnos, cada uno recogía y metía en maletas la poca ropa que nos quedaba, y en bolsas de basura el resto de los archivos que comprometían a personas que jamás os llegaríais a imaginar. Había que deshacerse de todo, antes de que nos pillaran.

Los matones estaban a punto de llegar, sabían lo justo para encontrar aquel hostal de mala muerte oculto en un pueblo de México. La guarida perfecta, pensaron Paul y Jason, claro que ahora les parecía el sitio menos recomendado del mundo. Llevaban viviendo allí lo suficiente como para sentirse a salvo. Cuidaban el uno del otro, era lo único que les daba fuerzas para seguir soportando aquella situación. Bueno, lo único no, también estaban las ganas de ver al resto de sus compañeros, de volver al refugio y sentarse en "el centro" a emborracharse y charlar de lo bien que les había ido en la misión de aquel día. No recibían información de España, salvo un audio de 30 segundos una sola vez  cada miércoles y viernes de cada aburrida  larga semana. En aquel audio les decían en pocas palabras lo que debían de hacer, cual sería el siguiente paso a dar. Tenían que estar pendientes, a los 2 minutos de recibirlo el mensaje era eliminado. Una noche, Jason se duchaba mientras Paul se encargaba de vigilar aquel aparato electrónico que les daría la señal que necesitaban.  Deberían de haberlo recibido entre las 22 y las 00 horas, pero ya eran las 00.15 y ni rastro del audio. Había sido un día largo y lleno de movidas, les atacó un grupo de narcos e hirieron de refilón a Jae en un costado, "solo es un rasguño" dijo rapidamente mientras Paul lo miraba seriamente preocupado. Al salir de la ducha se encontró a su compañero dormido, apoyado sobre el puño izquierdo. 

-¡Mierda, PAUL! El puto móvil joder-. Paul se levantó de un salto, el brinco que dio fue tan brusco que no le dio tiempo a sujetar la silla que cayó sobre el suelo de mármol, seguida automáticamente por aquel aparato electrónico. No llegó a romperse pero se podía apreciar la pantalla bastante destrozada, lo justo para que no hubiera saltado en mil pedazos. La cara de ambos fue un poema, se mascaba la tensión entre ellos que no se atrevieron ni a tocarlo. Se quedaron esperando en silencio, de pie, al rededor del móvil, sin levantar la vista del suelo. Sobre los hombros desnudos de Jason caían resbaladizas las gotas de su pelo mojado, tenía la toalla envuelta en la cintura, seguía descalzo. Paul no paraba de mordisquearse la uña del dedo gordo de la mano izquierda. De pronto lllegó, el breve tintineo de la señal que tanto esperaban estaba ahí. El mensaje fue breve, casi tanto como la importancia de su contenido, "moveos, una semana". Ninguno sabía a ciencia cierta lo que quería decir, pero de eso se trataba, para evitar que algún hacker pudiese interpretarlo sin comerse la cabeza al menos un buen rato. 

Tres semanas más tarde, y ya algo más curtidos en el asunto, destruyeron el móvil junto con cualquier cosa que pudiera delatarlos. Sí, quemaron la habitación. Salieron por la puerta trasera del hotel, la que estaba reservada solo y exclusivamente para los empleados. Por suerte, haberse enrollado con la encargada de la cocina simplificó las cosas para Paul, y ya de paso, para Jason. 

Estaban metiendo las cosas en el maletero del viejo astra negro que habían robado cuando comenzó el tiroteo. Otra vez esa sensación de no ver ni oír nada, salvo tu propia respiración agitada y entrecortada, y concentrándote mucho, podías oír la de tu compañero malherido también. Mierda.

-¡PAUL, PAUL!-. El miedo era plenamente notable en su voz, Jason buscaba entre aquel laberinto de balas a su amigo y  hermano.  Estaba tumbado bocabajo sobre un pequeño charco de sangre que cada vez iba en aumento. La reacción de Jae fue automática se tiró sobre su compañero en un intento de proteger lo que le quedaba de vida mientras intentaba sacar el arma que llevaba en el cinturón. Comenzó a disparar a diestro y siniestro, pudo escuchar que alcanzaba a dos de los cuatro tipos que disparaban, pero no sabía si eran más. Mientras apuntaba a ciegas con la mano izquierda consiguió a duras penas levantar a Paul y meterlo en los asientos traseros, estaba incosciente. Tenían que largarse de allí ya. En un intento desesperado por arrancar el coche, se le cayeron las llaves sobre la alfombrilla, estaba más nervioso, más de lo que debía. 

Pudieron despistarlos, paró el coche en un sendero apartado de la civilización. Comprobó las heridas de Paul, estaba seguro de que tenía la bala incrustada entre dos costillas, pero no creía que hubiera tocado nada importante. Había perdido sangre y eso sí era un problema. 

Continuará

Atrapada en sus manos.Donde viven las historias. Descúbrelo ahora