Hubieron algunas cosas que nunca supiste, como lo que pasó aquel día en mi oficina.
Mari, quien una vez robó mi corazón por algunas noches, se detuvo en la puerta y me miró como si le doliera el simple hecho de contemplarme.
—¿Sucede algo? —le pregunté.
Yo no le guardaba rencor, para mi eran recuerdos muy bonitos las noches en las que yo no lograba conciliar el sueño y ella me escuchaba. Creo que por eso para mi es tan importante escucharte a media noche cuando no puedes dormir, es que yo también padecí ese mal.
—Quiero hablar contigo. —me dijo, girando con nerviosismo un bolígrafo entre sus dedos.
Mari era muy hermosa. Tenía una piel morena llamativa y su pelo era rizado como la maraña de un nido de águilas. Sin embargo, su rasgo mas interesante era el rostro sereno y perfilado.
—Seguro. Estoy libre ahora.
—No, aquí no. En la tarde pasaré por tu
—Eh... —tenía planeado ir a verte, pero si Mari me necesitaba seguro que lo entenderías—. Como desees.
Ella parecía resentida y asintió con tristeza exagerda. No sé por qué, pero no me conmovió. Yo ya sabía que era lo que quería decirme.
Más tarde, Jean pasó por mi cuando llegó nuestra hora de salida y me miró con una sonrisa irónica.
—¿Qué te dijo Mari?
—Quiere hablarme de algo. ¿Tu sabes qué es?
—No, en realidad. Pero creo que está arrepentida de lo que te dijo.
—Eso dices —bufé—. Recuerdo que se veía muy seria cuando me dijo que en realidad no sentía nada por mi y que nunca quiso una relación conmigo.
—Por Dios, Alex, las mujeres son como el clima, pueden estar radiantes hoy y mañana están lanzando rayos a todo el mundo.
—Yo sólo digo que no está actuando como adulta.
—Creo que tu también deberías madurar, amigo.
No le pregunté a qué se refería, pero me quedé pensando mucho cuando llegué a mi casa.
Me sentía algo nervioso cuando divisé el ulular de Mari al caminar hacia mi puerta. Me levanté y le abrí antes de que tocara.
—Gracias por permitirme venir.
—Mi hogar siempre estará abierto para mis amigos. —me miró con un extraño gesto y la invité a pasar y sentarse.
Serví el café negro que a nosotros tanto nos gustaba y procuré sentarme en el sofá de enfrente, lejos del contacto físico.
—¿Qué era eso tan importante que querías decirme?
—Quería disculparme. —bajó la vista al pozo oscuro de su taza y añadió—. Fui muy dura contigo, Alex. Eres una persona muy dulce, siempre fuiste muy lindo conmigo y no merecías que yo te tratara de esa forma.
—Estas en lo correcto. —accedí, impasible. Ella amagó unas veces, no consiguiendo decir lo que quería. Se esforzaba por mantener la expresión de agobio y le concedí que me calara un momento. Así de convincente era ella.
—Puedo entender que estés enojado, yo...
—No estoy enojado. Entiendo que todos tenemos derecho de decidir a quién queremos en nuestras vidas y a quien no.
—Me alegra muchísimo que no me odies. —se limpió una lágrima que al principio creí forzada, pero luego, tomó un sorbo de café y me miró a los ojos—. Dijiste que "tu casa estaba abierta a tus amigos".
—Si. Me dejaste bien en claro que esa iba a ser mi única aspiración.
—Si lo dices de esa forma, suena como si fuera un monstruo... Sin embargo... Quiero disculparme. Porque cuando dejamos de hablar extrañaba tus llamadas y me hizo mucha falta conversar contigo. Yo quiero... Que lo intentemos una vez más.
La miré, se veía frágil con los ojos bien abiertos, aferrada a su taza humeante. Casi me conmueve.
Nunca he tenido un corazón duro, pero no me parecía congruente lo que acababa de decirme y lo que me había escupido a la cara cuando quise de verdad y con todo mi corazón que me diera una oportunidad.
Tomé una bocanada de aire para ordenar mis palabras.
No podía decir todo lo que estaba pensando.
—Me dolió, sabes —confesé casi con vergüenza—. Todo lo que me dijiste me dolió muchísimo. Pero fui capaz de recuperarme y espero que tu también lo hagas. Quiero que sepas que siempre estaré aquí para lo que necesites... pero, como dije, todos tenemos derecho de decidir a quién queremos cerca, y a quien no. Yo ya tomé una decisión, Mari.
Ya no siento que quiera luchar por algo que tu misma destruiste.
Ella volvió a bajar la vista a su pozo negro y bebió con amargura. Seguro que recordaba como yo las canciones, las llamadas nocturnas... Y el beso que una vez le robé sin que ella pudiera evitarlo.
¡Qué feliz había sido yo!
Llegué a pensar que en realidad sentía algo por mi, pero su rostro, a parte de serenidad y belleza del color del caramelo, también podía engañar como los profesionales de las cartas.
La quise, si. Puede que aún la quiera.
Pero, en mi mente se abrió paso un gladiolo fresco y blanco, que miraba sin ver y sonreía a la oscuridad.
Sí, es cierto.
Yo tenía nuevos recuerdos, unos dedos cálidos que observaban mis facciones y una colección de historias y colores que empezó un día con un asalto a un arbusto de brotes blanquecinos.
La verdad era que mientras veía desplomarse en mi sofá, aferrada a una taza de café, a la mujer que había sido víctima de mis ensueños más profundos, yo sólo pensaba en ti.
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A primera vista
RomanceEs fácil emorarse cuando se han visto sonrisas y compartido estrellas en el cielo... ¿Y qué pasa cuando debes amar a ciegas? . . . 💛Ganadora del 3er lugar en la categoría ROMANCE de GID Editorial, 2021.🌻 . . . La reproducción parcial o total de es...
