La vi de lejos, como en una de tus historias.
Era un clavel blanco y era el único de su arbusto.
Digo que fue como una de las historias que te inventabas, porque en ésta sí había una señora que notó como yo miraba la única flor de su bien cuidado arbusto y me dijo desde una ventana:
—¿Busca algo, joven?
En otros tiempos habría bajado la cabeza y negado antes de marcharme a toda prisa, sin embargo, la visión de tu imagen aspirando el perfume de esa flor me dio fortaleza para atreverme a decirle a la señora:
—Tiene usted un jardín muy bien cuidado.
—Gracias. Aunque he de confesar que, en realidad no lo mimo como debería.
—Verá, señora. Quisiera saber el nombre de ese arbusto.
—Oh, es un "limoncillo" , es útil para combatir los resfriados.
—Oh, no. Me refiero a aquel con la bella flor.
—¡Ah, la flor! Es un clavel. —yo sólo había visto esas flores en los catálogos que mi madre llevaba a casa después del trabajo. Esa dedicación que mi madre mostraba es la raíz de que, a final de cuentas, yo haya acabado sabiendo tanto sobre flores, ya que ella trabajaba en una floristería.
Desde pequeño me enseñó a valorar la textura de una flor y su significado, que era diferente en cada especie y color.
—No me culpes luego si no se interesa por cosas de hombres. —dijo mi padre una vez.
Nunca entendí a qué se refería. Porque... ¿acaso no era parte de la tradición que los hombres regalaran flores a las mujeres?
Entonces para eso seria necesario que conociéramos acerca de ellas, ¿o no?
—¡Vaya! —dije y la señora sonrió.
—Ya que eres muy amable y acabas de alabar mi pequeño jardín, voy a hacer la excepción contigo y te regalaré el clavel.
—Pero... Es el único...
—Está bien. Crecerá otro. —en unos segundos, ya había salido de la casa y traía unas tijeras enormes con las que cortó el clavel y me lo entregó. Se le veía bastante animada, al parecer pasaba tiempo desde la última persona que le hablaba amistosamente—. Dáselo a alguna doncella. ¿Sabes que significa en el lenguaje de las flores?
Asentí y la tomé.
—Pureza.
—Oh, si. —dijo la señora—, y también subordinación.
—Muchísimas gracias, señora. Conozco a una muchacha que no puede ver, pero aún así, sabe apreciar la belleza de una flor. Por eso me he vuelto un cazador.
—Es una lástima que esa chica no pueda ver. Espero que realmente le guste esa que llevas. Va con la pureza de tus sentimientos.
Ella pareció cavilar un momento, como suelen hacer los ancianos. Me pregunté si habría recordado cuando, de doncella, algún joven la habría agasajado de igual manera. Entonces, exclamó, sonriendo ampliamente:
—¡Llévasela antes de que me arrepienta! —volví a agradecerle y huí de allí, con una sonrisa que me surcaba todo el rostro.
Llamé a la puerta de tu casa y Ángela me abrió como de costumbre. Cerraste el libro que acariciabas recibiéndome con tu sonrisa, la cual yo sabía mía, aunque no iba dirigida directamente a mí. Hablé y me ubicaste, ladeando ligeramente la cabeza.
—Buenas tardes, Nirelle.
—Buenas tardes.
—Hoy te tengo dos regalos.
—¡Enserio!
—Si: una flor, y una historia de verdad. —te entregué el clavel y lo olfateaste.
—Esta es nueva.
—Es un clavel.
Te conté la historia, me deleité cuando te reíste del hecho de que la anciana de mi cuento era mas generosa que la del tuyo.
—¡Oh, no! Mi viejecita ha encontrado su contraparte.
Te dejé encajar nuestras historias en tu mente sinestésica y al rato hiciste una pregunta que me desconcertó:
—¿De qué color es la flor?
—Es de color blanco.
—¿Podrías describirlo para mí?
—Bueno... Algunos dicen que el blanco no es un color. Dicen que es simplemente la más pura manifestación de la luz, y debido a eso lo descartan.
—¿Entonces, la flor no tiene color?—estabas confundida y sonreí enternecido con tu gesto.
—Sí, si tiene. Es... Como un rayo de lucidez, cuando acabas de tener una idea o hacer un descubrimiento... Es como...
—¿Como cuando escucho tu voz?
—¿A qué te refieres?
—He leído a muchos poetas que comparan la luz con el saber, o con el don de la visión. Yo no veo, pero tu voz me ayuda a conocer el mundo.
—Esa es una gran comparación, Nirelle. Sabes... Dicen que cuando no hay luz, reina la oscuridad. Y la oscuridad suele ser asociada al color negro. Así que, si consideramos el negro un color, ese sería el único que conoces.
—Qué triste. —dijiste y te llevaste la flor a la nariz una vez más. Yo no interrumpí tus pensamientos, nunca lo hacía.
Más tarde me contaste que habías tratado de recordar las cosas que habías visto siendo a penas un bebé... Pero eras demasiado pequeña cuando perdiste la visión. Aunque quisieras, no podrías evocar ninguna imagen.
—Si mi voz para ti es luz, entonces yo estaría muy feliz de poder ser tu sol. Siempre. —pensé que había sido demasiado decir eso, pero no te enojaste.
Como siempre, te quedaste pensando un momento y luego me regalaste una ligera sonrisa.
—Gracias. —aspirabas la flor.
Estaba seguro que en tu cabeza tenías pintado ya un cielo, donde el azul era el viento marino y las nubes, el eco de mi voz.
Y yo también sonreí.
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A primera vista
RomanceEs fácil emorarse cuando se han visto sonrisas y compartido estrellas en el cielo... ¿Y qué pasa cuando debes amar a ciegas? . . . 💛Ganadora del 3er lugar en la categoría ROMANCE de GID Editorial, 2021.🌻 . . . La reproducción parcial o total de es...
