Siempre me hice una misma pregunta. ¿Exactamente qué festejamos en nuestros cumpleaños? ¿Es el hecho de haber superado un año más en este calvario lo que nos contenta? ¿O en realidad nos complace estar cada vez más cerca de alcanzar la paz absoluta, es decir, la muerte? Me deja perpleja la complejidad con la que trabajamos los humanos.
Lo tenía todo planeado para aquella noche. Hacía días que venía ideando cosas para hacer de mi fiesta de cumpleaños algo especial. No me importaban tanto los regalos como lo hacían los invitados, aunque debo admitir que a veces puedo llegar a ser demasiado materialista.
La idea era la siguiente: fiesta de pizza el sábado nueve y pool party al día siguiente. Todos vendrían a consagrar que seguía creciendo, que maduraba y que cada vez estaba más cerca de la independencia. Tíos, tías, abuelas y amigos, todos estarían ahí.
Se dió la casualidad de que la mañana del 9 de enero no me encontraba en mi casa, lugar donde se daría el festejo. Un poco gruñona y refunfuñando por la llegada de mi período, me dispuse a prepararme para ir al lugar en el que sehabía pactado según mis planes. Estaba más que ofuscada porque Dahlia, una amiga, no quería ir a la fiesta en la piscina. Ella era insegura con su cuerpo, se sentía avergonzada de ser quién era y nunca pudo adaptarse a lugares con mucha gente. A ella le pasaba todo. Finalmente, luego de una larguísima discusión concluí en decirle que no venga, que no la quería ver en mi fiesta. De todos modos, he de admitir que siempre me comporté de forma ambigua a la hora de enviarle el mensaje.
Moon, otra de mis amigas, confirmó que iría. Como de costumbre, ella siempre estaba presente en la punta del risco si es que así lo necesitase. Leia, una allegada más, confirmó que se haría presente su ausencia aquella noche.
Llegué en auto, se sentía el olor a pizzas recién horneadas y se escuchaba la música retumbando a través de los equipos de estéreo. Guirnaldas acompañadas por globos decoraban todo el lugar; mis familiares chocaban copas y se reían entre sí. Y allí estaban sentadas Dahlia y Moon, charlando acerca de vaya a saberse de qué. Entonces recordé haberle dicho a Dahlia que no venga. ¿Cómo se atrevía a rebelarse con tal osadía? Mi mente rápidamente catapultó una serie de posibles castigos como medidas a tomar al respecto de su desfachatez. Y ta-dá, la ley del hielo salió sorteada. Se estarán preguntando qué impacto tuvo mi decisión, déjenme asegurarles con total certeza que fue una de las peores elecciones que podría haber hecho en mi vida.
La noche transcurrió de la forma esperada, es decir, horrible. La tensión en el ambiente podía cortarse con tijeras y las caras largas no podrían corregirse ni con hilo y aguja. Me dí cuenta que lo había llevado muy lejos, me dí cuenta de que había sido una estúpida. Traté de acercarme a Dahlia en un vano intento de remendar las consecuencias de mis actos, pero era demasiado tarde.
Mis papás levantaban la mesa para preparar las cosas dulces; se acercaban las doce. El pastel estaba adornado con las velas recién colocadas. La débil llama del encededor se acercaba lentamente al pabilo y fue ahí cuando todo se derrumbó. Dahlia gritó de forma estridente y se echó a correr hacia el exterior de la casa. Moon y yo nos apresuramos a tranquilizarla, a asegurarle que todo estaba bien. Nada funcionaba y Dahlia nos ahunyentó con ahogados gritos. Echa un bollo, en el suelo lloraba y gritaba. Lloraba y me acusaba. Me senté a su lado y la enrollé entre mis brazos. Podía sentir todos sus musculos tensionados y su piel fría y tersa rozando mis dedos. La figura de Moon se había desvanecido y me pregunté dónde podría estar y cómo habíamos llegado hasta esta situación tan crítica. Me eché a llorar, no lo soportaba más. Sentía la culpa carcomiéndome e incendiando todo mi interior. ¿Porqué?¿Porqué?¿Porqué?
Mi mamá se asomó por la puerta y me tomó de la mano, envolviéndome entre sus brazos. Y lloré por todo, lloré por haber arruinado mi fiesta, por haber sido tan egoísta, por haber llegado a ese extremo, por ver a mi amiga en esas condiciones. Moon apareció de la nada, con el rostro y las manos mojadas.- Me había ido a lavar las manos- murmuró confundida. Adoraba esa manera increíble que tenía de mantenerse tan sólida ante cualquier tipo de situación.
Con la ayuda de Moon logramos llevar a Dahlia hacia el jardín, así sus pulmones renovarían el viciado aire del que estaban infestados. Mientras tanto, mi madre se encargaba de hacer las llamadas correspodientes para que pasen a buscar a Dahlia. Y cuando abrió su boca y soltó las peores cosas que se cruzaban por su mente supe que no había vuelta atrás.
- ¡Ustedes no me quieren!- dijo con la voz quebradiza por el llanto. - Ustedes me mienten y en realidad me odian, ustedes no son mis amigas. Ustedes no son nada. ¡USTEDES ME ODIAN!
Moon y yo nos quedamos atónitas, yo quebrada en llanto y ella petrificada. Tratamos de convencer a Dahlia de lo contrario pero no había manera alguna de lograrlo. En cuestión de minutos un auto estacionó en la puerta de mi casa y salió escoltada por su madre, quien no dijo absolutamente nada. Mi mamá se fue a seguir festejando y atender a los familiares.
Allí permanecimos Moon y yo, bajo la luz de la luna, balaceándonos en las hamacas y preguntándonos qué es lo que había pasado.
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Resiliencia.
Teen FictionTodo comenzó cuando el reloj dió las doce de la noche aquel 10 de enero del 2016. Dejé que el fuego consuma por completo el pabilo de la velita de mi pastel y salí corriendo. Me abrí paso entre la gente, entre los globos, entre el murmullo de los in...