Capítulo 1

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El sol acababa de salir pero ya había movimiento en la calle. La vecina cotilla de la casa amarilla de la esquina que nunca dormía había llamado a sus amigas del bingo. Cuando Irene llegó ya estaban todas apostadas en las ventanas cual cuervos esperando una tragedia. Su sexto sentido nunca fallaba. 

Es que en un pueblo pequeño como aquel todo se sabía a velocidad del rayo y ellas llevaban años esperando este momento.

Ya una década atrás habían disfrutado con la partida de Irene de casa de su madre. Ahora se disponían a devorar los restos que quedaran de lo que esperaban que fuera un acalorado reencuentro. Acalorado en en el mal sentido, no precisamente muchos besos y abrazos.

Irene salió del coche y tiró al suelo la colilla del cigarro qué se había estado fumando. Era pronto pero necesitaba filtrar sus nervios con algo fuerte.

Mientras Irene llegaba a la puerta dentro de la cual había crecido, el grupo de vigilancia repasaron su expediente. Cataratas adornaban los ojos de todas pero, para lo que querían, hasta las águilas las envidiaban.

Aquel malentendido que había supuesto la expulsión de la joven nunca  había tenido una clara denominación.  Debido  a que  todo  el mundo consideraba su reputación moribunda, habían apostado por lo peor. Entre ellas habían hecho una porra que iba desde el incesto hasta el homicidio. 

Eso sí, por muy aves carroñeras que eran, ninguna había tenido el valor de cruzar en persona esa calle que sus ojos violaban cada día y preguntar acerca de la verdad. Era más divertido murmurar y ver como los cotilleos hundían un poco a Alicia haciendo que sus hombros barrieran el suelo. 

Pero a Irene todo esto no parecía importarle porque, a pesar de saber perfectamente que estaba siendo observada, se entretuvo antes de entrar. El jardín estaba irreconocible desde la última vez que había aspirado sus olores. Ahora lo único que se respiraba era aire  podrido y eso si los pinchos de las malas hierbas te dejaban acercarte lo suficiente. Parecía que no había sido pisado en meses sin embargo la casa estaba en perfectas condiciones. A Irene le pareció muy raro que estuviera en ese mal estado teniendo en cuenta lo obsesiva que era su madre con la limpieza. Aunque tener el jardín con flores cuidadas y sin dejar que se corrompiera con sus hermanas malignas no era exactamente limpieza. Ahora que se paraba a pensarlo, el jardín ya había empezado a irse a la deriva antes de que ella se fuera. 

En realidad el que le prestaba más atención siempre había sido su padre. Armado con sus grandes guantes y sus ojos observadores permanecía atento a cualquier hoja suelta que pudiera fastidiar la simetría de su verde imperio. Era un rey con corona de espinas, castigado continuamente en la casa y obligado a escapar a lo que consideraba su único refugio. A la vez, su aficción le hacía blanco constante de las burlas de su mujer. El hechizo del amor que solían compartir ya llevaba revertido mucho tiempo. Quién sabe si fue un brujo maligno o las constantes peleas por quién sacaba la basura pero lo que estaba claro era que el romance estaba muerto y enterrado en esa casa.

Fue irónico que él muriera por una grave intoxicación del mismo pesticida que echaba a su pueblo. Irene recordaba como si lo estuviera viendo el día de su entierro. Le vistieron con un esmoquin que le hacía parecer más delgado de lo que ya era, idea de su madre y le colocaron una gran corona de sus flores favoritas, idea suya. El carruaje anduvo por todos el pueblo acumulando una pequeña comitiva de personas que decían quererle mucho pero que no cruzaron una sola palabra con él mientras estaba vivo. Irene podía asegurar que al pasar en frente de cada jardín, camino al final, se hizo el silencio. Entonces una suave brisa corrió y llevó sus esporas a los brazos del hombre envuelto en madera. Dulce mensaje de néctar que no era otra cosa que un breve reconocimiento a las ahora frías manos que habían cuidado tan acaloradamente a sus hermanas. Acaloradamente en el buen sentido.

Fumar mataDonde viven las historias. Descúbrelo ahora