6. Sabía que estarías tú para salvarme

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-¿Qué son esas miraditas que Gilbert y tú os echáis?

Era hora de volver a casa, y Diana junto a Anne se habían juntado con Luna para volver juntas.

-Ay, querida Diana, no te imagines cosas que no son -le contestó la Ackerman con tranquilidad-. Gilbert y yo somos amigos, sólo eso.

-Ya, y la tía Josephine es tan pobre que no puede pagar ni a un solo lacayo.

Luna negó divertida por la insistencia de la Barry. Pero así eran las cosas, Gilbert y ella sólo eran amigos, y lo más probable es que así fuera para siempre. Aunque en el fondo, Luna dudaba si de verdad quería que las cosas terminasen así.

-Eres terrible -la azabache fingió pena, y esa actuación provocó las incontenibles risas de las tres muchachas.

Cuando Luna llegó a casa, colgó el abrigo en el perchero, y subió a su cuarto para hacer los deberes y quitárselos de encima. Su madre no llegaría hasta la noche siguiente, lo cual dejaba a la niña a cargo de la casa. Una vez terminados los deberes, se preparó la cena y se fue a dormir.

Pero en la madrugada, no más de las cuatro, unas ruidosas campanas comenzaron a sonar, dando a entender que algo ocurría. Luna se despertó sobresaltada al escuchar aquel estruendo. Rápidamente se acercó a la ventana, pudiendo divisar llamas en medio del bosque. Sin duda, algo se estaba quemando, y las campanas eran la señal de socorro.

Con gran torpeza se deshizo de las sábanas y se apresuró al establo, con un balde de agua en mano, pues ella sola no podría llevar más. Con sus pocas habilidades de jinete subió al caballo y comenzó a galopar en dirección al fuego, la casa de los Gillis.

En unos veinte minutos estuvo ya en frente de la casa. Bajó del caballo, al cual no le dio importancia y ni se preocupó en atar. Dio el balde a los hombres que trataban de apagar el fuego, y rápidamente se juntó con Anne y Diana.

-Esto es una pesadilla -comentó Diana aterrorizada-, el fuego sigue expandiéndose.

Entonces fue cuando las dos huérfanas se dieron cuenta de el pequeño detalle que hacía que el fuego incrementase. Las chicas se miraron cómplices, y al mismo tiempo dijeron:

-Las puertas y ventanas están abiertas.

-Hay que cerrarlas -dijo Anne-. Iré yo.

Antes de que la pelirroja se adentrase en la casa, Luna la cogió del brazo y se lo impidió.

-No puedes -le negó la azabache-. Es algo arriesgado, y no permitiré que sufras daños. Hay mucha gente que te quiere, no arriesgues algo así.

Con avidez tomó todas las mantas que pudo, y las sumergió en el agua, empapándolas y haciéndolas más pesadas. Ignorando los llamados, gritos y reproches de sus amigas entró a la casa, cerrando la puerta detrás de ella. Comenzó cerrando todas las puertas de la planta baja, poniendo una manta mojada en la ranura de cada una. Rezó para que no hubiera demasiadas puertas que cubrir, pues las mantas no le llegarían para muchas más.

Vio el rostro de su amigo cuando se dirigía a cerrar la última puerta de la casa. Él la miraba con sorpresa, ella le devolvió la mirada. En cuanto cayó en la cuenta de que empezaría a reprochar como sus amigas cerró la puerta y puso la última manta en el suelo.

Volvía hacia la salida cuando notó la falta de aire en sus pulmones. La tos se hacía presente cada vez más pesada, y el oxígeno le escaseaba. Intentó parar el humo con su vestido, pero no sirvió de mucho. Con poca fuerza siguió el camino, pero cuando estuvo a punto de abrir la puerta, cayó al suelo desmayada, pues había inhalado demasiado humo.

La sorpresa en el rostro de Gilbert no se dio a esperar. Había visto a Luna hacia escasos momentos dentro de la casa, y le había cerrado la puerta en lo que venían siendo las narices. Pero aquello les permitió ganar la batalla contra el fuego, haciendo que de extinguiera del todo.

El chico bajó del tejado, con intención de pedir explicaciones a la niña, pero lo que se encontró abajo no fue lo que él se esperaba. Anne, Diana y la señora Cuthbert estaban muy nerviosas y preocupadas.

-¿Y Luna? -se atrevió a preguntar Gilbert.

-No ha salido de la casa -le contestó a duras penas Anne.

Abrió los ojos como un búho, y como un rayo se abalanzó hacia la puerta que le habían señalado las chicas. Con un poco de esfuerzo la abrió y se adentró. A pocos pasos de la entrada de hallaba el cuerpo inerte de la muchacha. Gilbert la cargó como una princesa y la llevó fuera de la casa.

Las tres chicas rápidamente se acercaron a los dos jóvenes. Gilbert dejó a Luna en el suelo, y con un trapo mojado comenzó a limpiarle la cara de mohín. Lo hacía con delicadeza, como si de un momento a otro se fuese a romper. No tardó mucho cuando la Ackerman tosió fuertemente, dando paso a pequeñas toses. Se incorporó, y Gilbert puso una mano en la espalda de Luna para dar suaves golpecitos en ella. Anne le tendió un cubo con agua, que ella agradecida aceptó y bebió.

Cuando su tos se calmó, posó su vista en las cuatro personas que la observaban.

-Gracias por sacarme de ahí -dijo la muchacha-. Juro que vi el infierno con mis propios ojos -bromeó, tratando de destensar el ambiente.

-Dios Luna, no vuelvas a hacer eso en tu vida -le regañó Diana.

Anne y la Barry abrazaron a Luna, mientras que Gilbert y Marilla sólo se dedicaban a mirar.

-Dale las gracias a Gilbert, él fue quien entró heroicamente a salvarte -le susurró Diana a Luna en el oído.

Ésta asintió, deshaciéndose del abrazo. Anne, Diana y la señora Cuthbert se alejaron, dejando a solas a los dos jóvenes.

-Gracias -aquello tomó por sorpresa al chico.

-¿Por qué? -claro que sabía el porqué, sólo quería escuchar decírselo a ella.

-Por haberme salvado. Yo tenía razón, sabía que estarías tú para salvarme, mi caballero de brillante armadura.

Era de noche, lo que ayudó a Gilbert a tapar su sonrojo.

-N-no ha sido para tanto -intentó cubrir su vergüenza, pero para cuando él quiso, ella ya se había dado cuenta-. No te rías -le pidió al ver que Luna tenía una divertida sonrisa en el rostro.

Como siempre, Luna hizo caso omiso, y dejó que su risa les llenase. A ella se unió la de Gilbert, que inevitablemente había comenzado también a reír. Y es que ella tenía algo que a él le hacía perder la cordura.

I Found You, Gilbert Blythe »Gilbert Blythe Donde viven las historias. Descúbrelo ahora