DIA 15 ( parte 2)

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Una ansiedad de escapar se apoderó de María al sentir la mano de Rodrigo Del Valle cerrándose en su brazo. Un jadeo se escapó de sus labios y luchó buscando liberarse de su agarre. Movió la cabeza mientras cerraba los ojos queriendo mantener la fuerza que la hizo decir sus ultimas palabras. ¡Por favor dios! Rogó angustiada, ¡no dejes que vuelva a caer! No puedo seguir con esto. Va a destrozarme. Deja que me vaya...

- ¡No, por favor! - le pidió mientras movía la cabeza hacia otro lado evitándole.

Hizo un último esfuerzo y se soltó de su agarre.

- ¿Por qué me hace esto? - preguntó sintiendo una lágrima deslizándose por su mejilla - ¿por qué insiste en lastimarme de esa manera? ¿Qué le he hecho? ¿Acaso no se da cuenta de lo que le ha hecho a mi vida?

Sus hermosos ojos lo miraron demasiado heridos. Sabia muy bien lo que pasó los últimos días y todo era su culpa. Demasiado orgullo, alerta por defender su libertad, sus propios planes. Aún su cabeza no podía aceptar haber perdido la batalla y caer rendido antes los encantos de una mujer como ella. No era como lo había imaginado. No era una mujer de su propia clase social, elegante, perfectamente educada como su madre. No era segura de sí misma, triunfadora en su carrera, en su vida.

Al contrario, ella era pequeña, vulnerable, no muy lista, demasiado confiada. No tenia grandes sueños. Y a pesar de eso, lo que quería hacer era rodearla en sus brazos y protegerla de todo y todos por siempre. Mantenerla a su lado y mirar esos ojos chocolate y caramelo cada día bueno o malo para calmar su alma. Ella era lo que necesitaba para sentir la paz que le hizo falta por mucho tiempo.

Pasó una mano por su cabello y la miró mientras ella alargaba una mano temblorosa hastá el picaporte de la puerta.

- ¡No lo hagas pequeña! - le imploró con voz ronca -, no quiero que te vayas. No todavía.

- ¡No puedo! - susurró ella moviendo la cabeza. -. ¡Ya no puedo hacerlo! ¡Es demasiado para mí! Yo...

- No puedo dejarte ir - gruñó moviendo apenas los labios -. Sabia que en cualquier día podrías renunciar. Era lo más lógico después de lo que pasó. Yo lo habría hecho. Por orgullo. Después de lo que sucedió en el aeropuerto, me comporté como un idiota. No pude evitarlo, me sentí ahorcado, fue como si el pánico de que se descubriera... - movió la cabeza rememorando aquel momento -. ¡Soy un maldito adulto que le teme a su madre! - rió sin ganas y fue imposible tomar un mechón de su cabello. Aspiró su aroma -, ella siempre insiste en que encuentre una mujer. Quiere que haga mi vida y sea feliz. Yo no me siento preparado, pero - se detuvo un momento inclinándose hacia ella - contigo es diferente. Te has metido en mí de una manera que me ha hecho pelear contra mí mismo de una manera que me es imposible no dañarte en el intento. Cada día desde que te encontré en mi oficina mostrando ese lindo trasero...

María lo miró con sorpresa. Sus ojos llenos de lágrimas brillaron aún con tristeza y algo de confusión.

- Al principio me pareció algo divertido pero todo cambio al ver tu bonito rostro - hizo una mueca que simulo una sonrisa -. Nunca esperé encontrarme a una joven hurgando en mi basura. No con el rostro sonrojado y esos hermosos ojos chocolate y caramelo mirándome avergonzados. - tocó titubeante su mejilla húmeda limpiando con su pulgar las lágrimas que él había provocado. -. Después ese delicioso café que prometiste traer y no cumpliste. Me encontré deseando que volvieras, pero no fue asi. Sin embargo ese café que aparecía con una notita animando mi día me alegraba sin que me diera cuenta.

Suspiró. Inclinó su cabeza a ella ahora sosteniéndole ambas mejillas buscando que lo viera a la ojos.

- Cada día me encontraba deseando ver ese termo blanco en mi escritorio y leer las notitas amarillas tan especiales - le sonrió por primera vez con completa sinceridad -. Al mismo tiempo era inevitable acercarme a la ventana y verte a las diez de la mañana salir y ser tú. ¡Durante malditos días lo único que podía era verte sonreír, hablar y no era a mí!

Pasó una mano por el cabello sin soltar su mirada. ¡Demonios! ¡Queria que Maria se diera cuenta lo sincero que estaba siendo! ¡Que notara el miedo que tenia de que se fuera lejos de él! Que nunca más volviera a verla.

- Aquel día cuando te encontré fue regresar a aquella mañana en mi oficina. - sonrió con un dejo de ternura -. Estabas agachada buscando tras la maquina de café. No pude evitarlo. Fue una completa locura. Antes que pudiera comprender lo que hacia estaba besándote. Ahi, perdí el control y me perdí a mí mismo...

Se inclinó demasiado cerca. Podía ver las motas caramelo entre mezclándose con el chocolate del resto. Su nariz, un lunar cerca de ésta, la suave piel morena que acarició tantas veces que la consideraba suya. Bajó los ojos hasta sus labios, lamió apenas con la punta los suyos sintiendo de inmediato el cambio de la respiración femenina.

Ella le deseaba. Podía sentir el errático latido de su corazón, de su respiración, tal vez al mismo par que el suyo.

- No tiene porque decirme esto - replicó María buscando a manera de alejarse de él, de no creer en sus palabras. -. Seré demasiado ingenua, pero ahora no puedo creerle. Usted es un hombre que está acostumbrado a tener a las mujeres que quiera y yo fui una de ellas. Sé que no puedo competir con el tipo de mujeres que acostumbra, como ella, la que estaba con usted en el aeropuerto. Yo no soy asi, nunca llegaré a ese nivel y creo que esa fue la razón por la que usted se siente así. Nunca antes nadie se atrevió a alejarse de usted...

-¿Qué demonios dices? - acercó su rostro hasta quedar sus narices juntas -. ¿Piensas que soy un presumido arrogante y caprichoso?¿Alguien que no tolera ser abandonado? Lo soy. Demasiado arrogante para darme cuenta de que ninguna de las mujeres que han estado en mi vida son lo que quiero. Tan caprichoso para creer que me merezco lo que tengo y sé que quiero tenerlo. No tolero que me abandonen, no las personas que quiero. Puedo ser capaz de cualquier cosa por mantenerlas a mi lado. ¡Cualquier cosa!

María negó con la cabeza cerrando los ojos. Buscando la manera de apartarse, ya no queria estar ahí, era demasiado para su cordura.

- ¡Dios María! - Suspiró rodeándola entre sus brazos -. Eres una pequeña tonta.

María empezó a luchar entre sus brazos. ¡Cómo se atrevía! ¡La estaba llamando tonta! Sus manos se apretaron en un puño y empezaron a golpear el cuerpo masculino con toda la fuerza que poseía en esos momentos de debilidad. ¡Maldito! Apretó los dientes.

Rodrigo rió y atrapó sus brazos obligándola a mirarlo.

- ¡Definitivamente eres una tonta adorable! - gruñó besando sus labios de manera suave y delicada -. Pero no voy a dejar que te vayas, no puedo dejar ir a mi corazón, caería muerto en el instante en que salgas de esa puerta.

- ¡No mienta! - gritó adolorida sin querer creer en sus palabras. ¡No soportaría saber que jugaba con ella otra vez -. ¡No me mienta! ¡Sus palabras son una trampa y yo ya no voy a caer! Me ha hecho mucho daño. Siempre tan indiferente conmigo, me trata como si no fuera nada. ¡Usted mismo ha dicho que soy nadie! Que no valgo nada para usted, que no soy...

- ¡Lo eres todo María! - levantó la voz aferrándose así pequeño cuerpo -. ¡Eres mi pequeña María! La mujer que me abrió los ojos estos días. La que calma mi alma cada vez que está a mi lado...

- No tiene porque seguir hablando - replicó dejando que sus manos empujaran su cuerpo por sus hombros -. Aún así no puedo ya creerle.

Rodrigo asintió y la soltó sintiendo los brazos vacíos. Sintiéndose vacío.

La miró acomodarse sus ropas sencillas y volver a la puerta para abrirla y salir de su oficina,de su vida.

- Te amo.

María se detuvo. Su cuerpo tembló. Él se aferró a la esperanza.

Era la primera vez en su vida que decía esas palabras a otra persona que no fuera su madre.

Ella abrió la puerta y salió...

Las lágrimas corrían por su rostro. Un "Te amo" se repetía en su cabeza como un eco. Él quería retenerla y volver a lo mismo con esas palabras. Ella ya no quería eso. Ella en verdad lo amaba y esas palabras estaban destrozándola porque sabia que no eran ciertas.

Hizo caso omiso a las miradas que la seguían mientras caminaba a toda velocidad hasta el cubículo de las escaleras. ¡Tenia que alejarse! Era tan débil ante él que estaba segura que caería en sus brazos.

Huyó dejó atrás a un hombre que sabía que era un imposible.

TAN DELICADA COMO UNA ROSA CON ESPINASDonde viven las historias. Descúbrelo ahora