Para Maria y Hugo.
vida
fuera del agua. 21 de marzo de 2024. 16:43. Barcelona.
Habían pasado los seis años más felices de sus vidas acompañados el uno del otro. Siendo la pieza que faltaba en la vida ajena, el último elemento resultante de la felicidad completa. Se habían esperado toda una vida sin ni siquiera darse cuenta, y cuando se habían encontrado, colisionando como dos estrellas ardientes, no habían podido separarse. Se prometieron la vida que siempre desearon. Vivieron a besos, se besaron a caricias y se acariciaron a suspiros. Se amaron, plena y completamente, de todas las maneras en las que se puede llegar a amar.
Fueron críos y ancianos por momentos, respiraron la fragancia de su propia existencia y gritaron todo lo alto que sus voces se lo permitieron. Hicieron todo lo que el tiempo les permitió, y si bien seis años parecían poco, fueron para ellos toda una eternidad. Aprendieron juntos, a amar, a vivir, a saltar, a hacer el amor, a besar. Aprendieron a respirar, a caer y levantarse. Aprendieron a sonreír y a llorar, equivocándose mil veces y tocando el borde del abismo un par.
Vivieron. Se vivieron el uno al otro. Follando, bailando, cantando. Viviendo. Tocando el cielo y la tierra, saboreando el aire y quemándose con el fuego que nacía en sus pechos cada vez que sus labios se tocaban y que sus cuerpos se volvían sólo uno.
Saborearon todos y casa uno de los retazos de la vida que juntos tejieron hilo a hilo. Apartaron a patadas los obstáculos y retos a los que la vida les había retado, porque ellos, conectados por sus manos entrelazadas a la perfección, eran más fuertes que nada. Cuando sus ojos conectaban, todo el mundo de alrededor desaparecía. Y cuando se besaban, ni siquiera un tsunami podría tentarles a dejarse ir.
Por eso Agoney besó a Raoul cuando la ola llegó un catorce de febrero. Porque sabía que cuando sus cuerpos conectaban, el mundo podría destruirse, desintegrarse o desaparecer. Ellos tendrían una única prioridad: el otro. Los golpes empezaron a doler cuando sus manos fueron separadas por la fuerza del agua. La vida había empezado a doler cuando sus almas fueron separadas por la fuerza del destino.
El sol se filtraba delicuente entre las cortinas de la habitación, tiñendo de naranja el parqué del suelo. Las sábanas descansaban arrugadas al borde la cama, y las amohadas estaban perdidas en algún punto que no tenía importancia alguna en aquel momento. El frío inundaba su cuerpo, pero no encontraba las fuerzas suficientes para moverse y cubrir sus heridas. No era capaz de mover sus ojos del techo, vacío y aburrido. Las lágrimas habían dejado de brotar hacía ya mucho, tal vez cansancio, tal vez se habían agotado.
La noche había sido dura para él. Todas lo habían sido, pero aquella lo había destrozado más de lo normal. Alfred lo había dejado sólo, a sabiendas de que necesitaba empaparse de la soledad y de los recuerdos que aquella casa guardaba bajo llave entre las capas de pintura de sus paredes.
Revivió los recuerdos de aquellos seis años, hundiéndose en su propia mente y aferrándose a todo aquello que acumulaba. Respirando hasta la última mota de polvo que aún mantenía el aroma de su chico, saboreando la fragancia de su refugio y pilar.
Recordó las lágrimas cuando se cantaban al oído. La lujuria cuando los pantalones molestaban y se veían obligados a palparse en el cubículo de un baño. Los susurros cuando miraban las estrellas, tímidos ante la inmensidad del cielo, y el balanceo de sus manos entrelazadas cuando pateaban las calles de la capital en plena madrugada. Las llamadas telefónicas, las rosas, los acordes de todas las canciones de las que sólo ellos sabían y sabrían de su existencia.
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Under the water ; Ragoney
ФанфикшнDentro del agua. 14 de febrero. 12:37. Tailandia. Lo último que vio antes de ser engullido por la ola, fueron los ojos de Raoul.
