Capítulo 02. (Javier)

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Javier Hernández
Dieciséis años
No sabe nadar
Le gusta jugar en su celular (Todo el día)
Ojos que parecen guiones (Eso dice Anhia)
Trabaja de mesero en el restaurante de su tía
Padres sobreprotectores
Odia su segundo nombre (Es nombre de niña)

—¿Cuál es su orden? —pregunto algo nervioso.

Es extraño, es muy extraño que tenga miedo a los clientes. Bueno, no es tanto un miedo a ellos, es un temor a mí, a equivocarme. Soy demasiado inseguro.

Llevo tres años aquí y se me es muy difícil relacionarme con las personas. A diferencia de mi prima Xiomara, que ocupa su turno después de que el mío termina. Ella incluso, ya ha hecho amistad con algunos de los clientes frecuentes.

—¿Tiene caldo de gallina? —Mira a todos lados.

Le estaba tomando la orden a una pareja de esposos. Su hijo, de aproximadamente le calculo unos tres años, tenía el dedo pulgar dentro de su boca. Me desespera el sonido que hace al chuparlo.

—Por supuesto que sí. Tenemos de cinco y de siete soles ¿Cuál desea que le apunte?

Miro al niño enfadado para que deje de realizar aquella acción que tanto me desespera.

—De cinco, por favor —Observa a su esposa—. ¿Tú qué pedirás Marta?

—Yo quiero un arroz con cabrito, por favor —ordena la mujer.

—Está bien. ¿No desea nada más?

—No, gracias.

—En unos momentos, se le traerá su orden —comunico amablemente.

Doy media vuelta y camino hacia la cocina. Probablemente sea de los meseros más cordiales y atentos. Siempre se le debe dar una buena impresión al cliente, para que después vuelta a visitarnos e incluso, recomendarnos.
Me siento Peter Parker en su caminata icónica.
Mientras me dirijo hacia la cocina, voy pensando el el viaje. Tengo mucho miedo. He oído que hay algunas promociones que se van y ya no regresan, debido a algún accidente, dónde la mayoría de los alumnos fallecen. Tengo miedo. Estoy muy paranoico.

—Ey, cabeza de espermatozoide.

¡Oh, genial! la hermana de Anhia está aquí.
No me deja en paz.

Ella sabe, ella se las huele, ella ya tiene en la cabeza que siento una atracción por su hermana. Y eso lo utiliza a su conveniencia y por consiguiente, en mi contra.

—¿Sí? —murmuro dando media vuelta.

Cierro los ojos mientras le ruego a todos los santos existentes y por existir que no permitan que Sandra me llame. Por favor.

—Ven —ordena.

Se hizo presente aquello por lo que tanto rogué, no existiera.

—Dime, ¿qué sucede?

—Tráeme dos gaseosas y dos platos de arroz con pollo —Me quedo quieto de miedo— ¡Ahora!

—Está bien —contesto.

Niña tonta, cree que porque trabajo aquí soy soy su esclavo.

—Ja, ja, ja —Su risa malvada es escuchada por el resto de mesas—. Él está templado de mi hermana. El tonto nunca se atreve a decírselo —Me ridiculiza frente a sus amigos, que de lejos se nota, están drogados.

—Iré a ver tu orden —Sonrío.

Al mal tiempo buena cara, dicen.

—Pero rápido, sano.

Sus muñecas estaban llenas de pulseras, entre ellas una con los colores Rastafari, un insulto para aquella cultura. Su cabello era negro y largo, arriba de su labio se observaba un lunar que te anticipa la seducción, rebeldía y maldad que te podía entregar aquella mujer. Sin duda, no es mi tipo.

Me doy vuelta y camino rápidamente. Mientras más lejos de Sandra, mucho mejor.

—Cretina —cuchicheo para mí.

Llego a la cocina. Mi tía me sorprende por la espalda. Podía observar sus arrugas en la frente, aquella piel extra que colgaba de sus brazos. Sus mantel estaba sucio de algo que parecía guisado, o sangre. Supongo que era guisado.

Tía Noora hace el mejor chicharrón de pota del pueblo. Es totalmente delicioso. Crocante.
Mucho mejor si está bañado de mayonesa, esa que ella misma prepara. ¡Exquisito!

—Chi-ni-to —Hace una pequeña pausa entre cada sílaba.

—Tía Noora —respondo en tono de saludo.

—Ya terminó tu turno, en unos momentos viene Xiomara. Acá está tu pago.

Saca billetes del bolsillo de su mantel blanco, manchado de la misteriosa sustancia aguada.

Los billetes estaban algo arrugados, pero eran el reflejo de mi esfuerzo, del sacrificio de aquellas mañanas y tardes de diversión que mis compañeros si podían disfrutar. Yo, sin embargo, debía trabajar de 8:00 am a 11:00 am y luego de 10:00 pm a 12:00am.

Valía la pena.

Todas las cosas que poseo han sido por mí, para mí y de mi trabajo. No debía pedirle nada a nadie e incluso ayudaba a mi familia en casa.

—Toma, son s/.175. Sé que no has trabajado los siete días, pero también sé que has faltado por cuidar a tu mamá que ha estado un poco delicada. Me he enterado que te estás pagando tu viaje a Tarapoto y esto es lo poco en lo que te puedo ayudar. Eres un buen hijo y un gran sobrino, pero... —Se acerca a mi oído— no le digas a Xiomara, se molesta que le pague más a mi sobrino que a mi propia hija, pero esa niña... ¡me volverá loca!

—Está bien, tía. No diré nada, no se preocupe y muchas gracias.

Creo que el ser agradecido es un de los grandes privilegios del ser humano. Remunerar la buena acción que se te ha sido entregada con un palabra sincera, es realmente increíble.

—Saludame a tu mamá y a tu papá. En estos días iré a la casa a visitarlos.

—Está bien. Gracias una vez más, tía —De nuevo al trabajo—. Hay una orden en la mesa seis; ají de gallina de cinco, con arroz y cabrito; en la mesa cuatro, han pedido arroz con pollo.

Después de despedirme y decirle las ordenes previas, camino hacia la salida. Volteo y diviso la mesa de Sandra. Esta me mira y me saca el dedo corazón. Yo volteo y sigo mi camino, nada malogrará mi día. Siento caminar en cámara lenta con aquella melodía que contesta a cualquier pregunta con un «porque soy feliz»

Camino dos cuadras, la gente que camina a un extremo mío, me observa incrédula de que alguien en estos tiempos pueda tener una sonrisa sincera después de una larga mañana de trabajo.

Entro a la tienda y pido unas papitas con pulpñ. Después, una pequeña leche chocolatada. Son las favoritas de Anhia.

El señor de la tienda es muy amable. Supongo que ha de haber tenido un buen día, o quizá su felicidad solo es una capa de mentiras para ocultar su divorcio involuntario, las deudas debido a que la clientela ha bajado por motivos de tiendas en competencia con la suya o tal vez el embarazado precoz de su hija.
Creo que debo de dejar de inventar historias para cada persona que conozco.
¿Cuántas personas me habrán inventado historias a mí?

Salgo del lugar. Sé que Anhia estará muy feliz de que haya pensando en ella al comprarle este pequeño detalle. De repente y casi sin pronosticar, mi celular suena con un tono aleatorio que elegí sin tan siquiera escucharlo.

Hoy la misa, me pasas viendo con Patrick.
Luego en casa de Cata, tú ya sabes para qué.
No faltes.
Te quiero.
-Anhia.

«Ahí estaré» Contesto.

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