Capítulo 35 - Perra infeliz

2.1K 144 8
                                        

Lo amo. Estoy loca, perdida e irremediablemente enamorada de él. Lo veo manejar hacia la casa de su madre y solo pienso en la noche que nos conocimos. Me sigue pareciendo sexy verlo así. Ahora que soy una mujer satisfecha sexualmente puedo pensar con mejor claridad y retomar el tema que teníamos antes de caer rendidos ante la fiebre hormonal.

–¿De verdad crees que soy una adicta al sexo? –le pregunto porque… bueno, puede ser que sí lo sea.

Mateo se gira hacía mí viéndome con ternura. –Muñeca, solo bromeaba… supongo que la gente que se ama y está iniciando una vida juntos tiene la misma o más cantidad de sexo que nosotros y en el caso de que no… tampoco me importa, soy feliz con ello. Aunque si lo pienso mejor, puede ser que los dos lo seamos. Realmente da igual porque los dos lo disfrutamos –toma mi mano y la besa–.

Mi madre tiene razón, tardé tanto en elegir a alguien para ser parte de mi vida que mi corazón no podía equivocarse, él y mi cerebro, sin duda, supieron elegir. Mateo es un hombre merecedor del amor que siento, me gusta tener esa confianza en alguien, no tener miedo a que en cualquier momento las cosas se van a voltear y acabaré literalmente llorando en un rincón y comiendo helado de chocolate para sentirme menos mal.

–No quiero que me veas como una loca insaciable y que solo tengas sexo conmigo porque te sientes presionado.

Cuando tuve mi primera vez, las hormonas se me desataron, supongo que es lo que sucede a cualquier persona cuando prueba el éxtasis del sexo, pero haber perdido la virginidad con un tipo al que ni conocía me llevó a buscar sexo en al menos cinco hombres diferentes, ¿la razón? Nadie llenaba mis expectativas para hacerme su novia, ni siquiera para mantenerlo como amigo con derechos, era mejor un par de veces y hasta nunca. Muchos me definían como una puta, cuando ellos o ellas hacían lo mismo o al menos les gustaría tener la libertad mental que yo manejaba para llevar esa vida. Al final de todo, no hería sentimientos y tampoco me quedaba estancada con un tipo solo por ser bueno en el sexo.

–Me siento enamorado y con tantas ganas de ti que me deprimiría si no te sintieras igual –asegura.

–Mateo… ¡es en serio! –le regaño frustrada. Siento que lo está tomando de broma y para mí es un tema importante. 

–Muñeca, estoy siendo serio. Estás dándole vueltas a un algo sin sentido. Hablemos de lo importante –toma mi mano de nuevo y aprovecha el semáforo en rojo para girarse hacia mí–, ¿estás lista para que iniciemos nuestra vida juntos? –así que sí lo tomó en serio–. Porque yo lo he estado todo este tiempo, pero no quería que te sintieras presionada –acaricia mi mejilla.

–Te quiero en casa, Mateo. Me gusta tenerte ahí. Los días que no estás te extraño al punto de querer salir corriendo a tu casa y pedirte que vayas a dormir conmigo. Sé que es una locura y que quizá nos estemos precipitando, pero pienso que el tiempo tiene la importancia que nosotros le demos.

–Me pasa casi lo mismo, solo que yo quiero irme corriendo a la tuya y pedirte que me dejes quedar para siempre –me sonríe. Los bocinazos de los carros de atrás nos dan la señal de que el semáforo está de nuevo en verde y que debemos avanzar. Mateo arranca con una sonrisa de oreja a oreja.

–¿Eso quiere decir que a partir de ahora estamos juntos? –digo emocionada–.

–Llevamos un tiempo estándolo, muñeca. Tan solo acabamos de hacerlo oficial –me guiña–. No tienes idea cuánto quería esto, me moría de miedo cada noche que te dejaba sola, quiero saberte protegida siempre.  Estar a tu lado y que Arrocito pueda sentirnos a los dos.

Le sonrío con picardía –Estoy bastante segura de que hace un rato te sintió bastante cerca.

–No tienes remedio, Val –dice riendo a carcajadas–.

Quédate conmigoDonde viven las historias. Descúbrelo ahora