Lento
I
La cama chirriando. Mis manos atadas al cabecero. Su cuerpo sudoroso sobre el mío. Su pene entrando y saliendo de mi interior. Lamidas obscenas en mi pecho, mi cuello.
Finjo los gemidos e intento zafarme del agarre solo porque sé que es lo que ha pedido: una chica joven, de apariencia inocente, que se resista a sus demandas. Vamos, una chica a la que pueda violar y que disfrute con ello. O lo finja.
En realidad, no es una demanda muy complicada: es la más realista a la que me voy a enfrentar. Porque no tengo que adular a nadie, insinuarme o hacer mamadas hasta que me lloren los ojos y me duela la garganta. Solo tengo que hacer lo que hago siempre y añadir una pizca de veracidad.
El hombre canoso sigue frotando su tripa de haberse hinchado a comer cordero contra la mía, y entrando en mí con la misma brutalidad. Yo me aprieto más, consciente de que le gusta sentir la resistencia, y muevo los brazos para que pueda sobarlos y morder, causando gritos que están lejos del placer.
Es enfermizo, pero, precisamente por eso, le gusta. Por eso, cuando me aprieto más y chillo, luchando porque esto acabe pronto, él se corre.
Espero pacientemente a que se retire de mi interior, inmóvil. De nuevo, fingiendo que, si estoy aliviada, es por un orgasmo y no porque se retire al fin.
—Eres exquisita, preciosa —susurra con lascivia contra mi oreja. Yo pongo una sonrisa y dejo que lama mi lóbulo—. ¿Lo has disfrutado?
—Mucho, oppa— digo, inocente.
Él, satisfecho, se aparta al fin de mi cuerpo, todavía resollando por el orgasmo, y empieza a buscar su ropa. Mientras, yo busco la bata con la que me cubro de inmediato después de cada acto. Demasiado corta. Demasiado fina. Pero al menos no noto tanto su mirada sobre mi cuerpo.
Solo se ha puesto los pantalones, dejando su tripa colgar por encima del cinturón, cuando se gira con unos billetes en la mano.
Los clientes a los que atiendo pagan por adelantado a mi jefe. Cantidades desorbitadas de las que yo veo un cinco por ciento, si eso. Y ni si quiera lo veo yo: lo ven mis padres, a los que les mando todo el dinero, fingiendo que trabajo en una multinacional que me quita el tiempo.
Fingiendo, siempre fingiendo.
—No, oppa, es demasiado. No puedo aceptarlo.
Mentira. Pero es lo que le gusta, lo que él quiere ver en mí: una chica obediente, sumisa, inocente.
—Toma, anda. Cógelo y cómprate algo bonito para la próxima vez —dice, y añade un billete más a la suma, que deja a la fuerza en mi mano.
Sonrío para camuflar el escalofrío que me recorre el cuerpo al pensar en una próxima vez y, después de besarme a la fuerza, dejando la marca de sus incisivos en mi labio inferior, se marcha de la habitación. Yo me asomo por la puerta, agitando la mano para despedirme de él como si me apenase que se fuera.
En cuanto dobla la esquina del infinito pasillo de habitaciones, olvido su nombre y la actitud impostada. Dejo caer los hombros, me intento abrazar a mí misma y permito que la mueca de asco que me tengo a mí misma y a él inunde mi cara.
Cuando miro al frente, perdida, mis ojos chocan con los de Justin. Su expresión es un reflejo de la mía y sé que la rubia despampanante que ha salido detrás de mi último cliente ha sido su encargo.
—¿Q-qué tal? —me pregunta.
Justin es mi vecino de celda. El prostíbulo tiene un pasillo muy largo, con diez habitaciones a un lado y diez al otro. Las de la derecha son para los chicos; las de la izquierda para las chicas. Ambos sexos apenas interactuamos. Se nos prohíbe explícitamente juntarnos en las salas comunes a no ser que sea todo parte de un ensayado plan para captar más clientes. Y, aun así, Justin siempre es cortés conmigo. Cada vez que acabamos un servicio a la vez, me mira a los ojos e intenta hacer como si todo esto fuese normal. Como si fuese mi vecino de verdad.
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Love, Smut & Tears - BTS
FanfictionRecopilación de relatos románticos con mucho amor, sexo y lágrimas. • Heterosexual. • Lenguaje vulgar. • Contenido sexual explícito. • Relatos originales, prohibida cualquier copia y/o adaptación. • Libro originalmente titulado '30 days of Smut', b...
