Capítulo 1: La emboscada

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Velkorck Lafarck acababa de entrar en el trono del altísimo estaba llorando, su aspecto era deplorable, su cara parecida aterrada y traumatizada y lo peor sus alas estaban medio arrancadas, todos los serafines en la sala lo vieron horrorizados y algunos trataron de consolarle y sacarle lo que sea que le hubiera pasado.

–Los mataron...están muertos es mi culpa...–era lo único que decía desesperado y aterrado.

–¿¡Que pasa aquí?!–dijo Metatrón, el rey de los angeles y el único ángel más poderoso después de Velkorck, este vio a los serafines que se alejaron en cuanto le vieron dejando que se acercara al despojo de lo que alguna vez había sido el más perfecto de los angeles.

–¿Que sucedió?–dijo mientras posaba las manos en su amigo.

–Estan muertos...–dijo una vez más ahora en blanco.

–¿Cuéntame mi hermano que sucedió?–dijo Metatrón más calmado poniendo sus manos en los hombros de su amigo.

–De...deacuerdo...

...

–¡Apresure el pasó!– dijo Velkorck el cual había tomado la forma de un hombre calvo de unos treinta años con unas ropas largas que recordaban a un monje budista que representaba a la perfección su carácter calmado pero nada débil.

Llevaban varios días explorando el desierto, pero na había encontrado nada de nada, solo arena y más arena, incluso sobrevolaron la zona pero solo fue una perdida de tiempo y energía.

–Señor deberíamos descansar, y comer hambrosia– Mirh uno de sus ángeles.

Velkorck miro el cielo y luego a sus ángeles, repitió está acción un par de veces y tras meditar un par de segundos y asintió.

La noche bajo y los ángeles se reunieron en torno a un fuego que Velkorck prendió con su mano, los ángeles no necesitaban  el calor pero sus encarnaciones si pero eso no evitaba sus poderes. Velkorck saco un pedazo de papel de su bolsillos y de el salió un gigantesco mapa redondo similar a un holograma peor no había luz de la cual surgiera y no había manera de presisar de donde brotaba, así paso un buen rato hasta que divisó una paloma en el sielo y de repente sintió un vacío, un  mal presentimiento.

–¡ Todos a sus puestos!–grito de repente, los ángeles le miraron  y obedecieron.

–¿Que pasa mi señor?–dijo Mirh.

–Alguien nos vigila...–dijo Velkorck mientra se hacercaba a la oscura noche y Savanna su espada de fuego que le había dado un querubín, movimiento que sus ángeles imitaron y la oscuridad cercana a ellos se disipó.

–Soy yo...–dijo una voz en la oscuridad y todos lo querubines voltearon  a la figura.

–Solo es Igkard–dijo Mirh guardan su espada y tomando aliento.

Todos se relajaron menos Velkorck quien se quedó mirando a Igkard examinando lo con su mirada todos guardaron silencio y de repente Velkorck atacó al ángel Igkard cortándole  parte de su cara la cual  humeo con el contacto con la brillante espada de fuego, el ángel se cubrió el rostro y soltó un espantoso alarido que desgarrara el alma del mas frío de los hombres.

–¿¡Pero que te sucede!?– dijo Mirh perplejo, viendo a Velkorck el cual no se había movido ni un milímetro de su lugar, seguía hay como estatua hasta que rompió el tenso silencio que se había formado por todos los ángeles que no sabían que hacer, si atacar a Velkorck o ayudar a Igkard.

– Ya puedes dejar de fingir... Adramelek...–dijo raramente tranquilo Velkorck que seguía atento, estático e inmutable.

En ese momento ante la mirada confundida de los querubines el ángel que yacía apenas hace un segundo en el suelo, entre alaridos desgarradores se levantó con una maligna carcajada.

La AngelomaquiaHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora