Cuando volví a la residencia nadie me habló, asumí que sería por mi cara de culo o porque había infringido una de las reglas más importantes, pero tampoco es como que me importara demasiado. Subí a mi habitación y cerré la puerta con pestillo, me tumbé sobre la cama con el estómago lleno gracias a los sándwichs de jamón y queso y el café negro que Víctor me había ofrecido al despertar, tras emitir un profundo suspiro me fijé en la pantalla de mi teléfono, estaba al 20%, pero no planeaba cargarlo en ese momento; entre mis notificaciones habían mensajes de Patricia avisándome que había encontrado mis llaves, otros de Valeria preguntando cómo me había ido en la fiesta, y cuando iba a bloquearlo y dormirme, llegó un mensaje de Víctor preguntándome si había llegado bien. "Qué te importa", le respondí casi de inmediato. "Come torta", escribió él. "Okay, pero cómprala tú", le dije. "Dale, paso por ti a las cinco, descansa y báñate", y luego se desconectó.
Nunca creí que Víctor iría en serio con lo de concertar una cita tan improvisada, pero por primera vez en mucho tiempo, logró sorprenderme. Al dar las cinco y pico de la tarde, alguien me tocó la puerta para avisarme que había un chico preguntando por mí en la puerta, salí quince minutos más tarde, jamás me había arreglado con tanta rapidez; y en cuanto fui a su encuentro, lo vi esperando por mí, sosteniendo una rosa blanca.
—¿A qué debo esta visita tan inesperada? —Pregunté, fingiendo demencia.
—Ni tanto, avisé que vendría a comprarte una torta, ¿no? Depende de ti qué tipo de torta se te antoja, si dulce o salada, en cualquiera de los casos conozco un par de lugares que seguro te gustarán. —Me saludó con un beso en la mejilla y extendió su mano hacia mí, ofreciéndome la flor—. Además, tu atuendo tampoco me dice que esto fue tan espontáneo.
—Es que yo sí me sé vestir. —Bromeé. Miré la rosa durante algunos segundos y esbocé una sonrisa antes de recibirla—. No era necesario, pero es preciosa, muchas gracias. Y ya que estás aquí... creo que no puedo negarme a acompañarte. —Elevé la vista hacia el cielo grisáceo y una ráfaga de viento se coló por mi suéter, haciendo que me estremeciera de frío—. El clima se presta para una torta dulce y un café, te acepto ambos.
Vícor pidió un taxi y aseguró que a donde íbamos era un lugar muy especial, mientras estábamos en el auto solo podía pensar en la gran equivocación que significó aceptar dicha cita, bastante confusión pudo haber suscitado el hecho de que la noche anterior había dormido en su cama, aún así, me causaba curiosidad saber qué pasaba por su cabeza para hacer todo esto. Veinte minutos más tarde nos encontrábamos frente a una agradable cafetería, se veía como un establecimiento sacado de una película, como el lugar de trabajo del personaje principal.
—¿Recuerdas que alguna vez te conté sobre una cafetería a la que iban mis padres cuando estaban saliendo? —Preguntó en cuanto estuvimos sentados en una mesita para dos, ubicada en uno de los balcones del segundo piso. Yo asentí—. Es aquí. Creí que sería lindo si veníamos porque... de hecho, estoy intentando dejar de ser un extraño ante tus ojos, quiero involucrarte más en todo lo que comprende mi vida, más allá del dolor y el hecho de que soy un emo bastante predispuesto para las actividades intelectuales, espero que no sea tarde.
—En realidad no sé qué tan buena idea sea todo esto, Víctor. Comprendo que te sientas culpable por lo que pasó hace años, pero es algo de lo que prefiero no hablar, éramos jóvenes e inexpertos, obviamente no íbamos a poder manejar algo de la magnitud de nuestro amor con la debida prudencia, mucho menos si tomamos en cuenta que ninguno de los dos había sentido cosas tan fuertes por alguna otra persona, o al menos, no en un sentido positivo... pero volver a desenterrar esa parte del pasado puede ser contraproducente, y lo que menos quiero es que volvamos a lo mismo.
—No es la culpa lo que me mueve en esta ocasión, Marina. He comprendido que mi error siempre fue negarme a sentir cosas que perfectamente podrían haber sido obvias a los ojos de cualquier persona, pero no a los míos; mira, me refiero a que debemos superar esto, independientemente de cómo terminemos, me gustaría que finalmente pudiéramos estar en paz, en verdadera paz. ¿Crees poder perdonarme? —El muchacho intentó tomar una de mis manos, pero fue interrumpido por un mesero, que venía con los cafés, una rebanada de pastel de terciopelo rojo y galletas de chocolate con chispas blancas.
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Memorias del Poder. [#1]
DiversosJuntos nos alzamos en medio de la anarquía de una sociedad harta de abusos y corrupción. Caminamos de la mano hasta la cúspide y, con firmeza, nos aferramos al poder. ¿Qué se necesita para que una pareja de mentes brillantes se distinga entre muchas...
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