Vals no. 3

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La casona que sirve de hogar a Stephan Valois está llena de actividad, el mismo Stephan está parado al pie de las escaleras en su vestíbulo dándole instrucciones a Angélica, su ama de llaves; Ramiro baja arrastrando por las escaleras un pesado baúl, el mayordomo José lleva cuenta del equipaje amontonado en la entrada y Chona corre de lado a lado. Tanta agitación se debe a que tan sólo un día antes Lord Leopold informó a Stephan que había conseguido que él sea el director de la orquesta en el siguiente baile a realizarse en la Residencia Imperial y que debía partir para la Ciudad de México lo más pronto posible. Finalmente Stephan está a punto de conseguir lo que buscaba, un lugar en la corte de Maximiliano.

-No olvide isto, don José – dice Chona mientras le entrega una cacerola al mayordomo; Chona es una mujer bajita, cuarentona, regordeta y que siempre lleva el cabello en trenzas de oreja de perro.

-¿Qué es eso, Chonita? - pregunta Don José, un hombre alto y fornido que rondará por los cincuentas mientras toma la cacerola.

-Puis is il almerzo – dice la cocinera con su característico acento prácticamente ausente de "e's".

-¿Almuerzo? - pregunta Stephan – pero Chona, la Ciudad de México no está tan lejos, llegaremos justo a la hora para almorzar ahí.

-Piro con las diligincias no 'ta seguro, mi ninio – dice Chona en su defensa – ¡qui tal si si atrasa y li da hambre in il camino!

-Debemos tratar de no hacer demasiado bulto – dice Don José devolviendo la cacerola que aún humea.

-Piro si ya de por sí hay un montón di bulto – dice Chona.

Stephan y José dirigen sus miradas al montón de equipaje dónde un exhausto Ramiro coloca el baúl que venía bajando y sí, es bastante. Aunque la estancia en la capital no debería prolongarse más que unos tres o cuatro días eso significa, como mínimo, unos doce cambios de ropa, sin mencionar accesorios, composiciones, productos de baño y aseo, entre otras muchas, muchas cosas.

-Andili, qui sólo son bocadios – dice Chona entregando la cacerola una vez más.

El mayordomo mira a Stephan y éste asiente con la cabeza, el mayordomo gira los ojos pero se lleva la cazuela hacia una de las carrozas que esperan afuera. Stephan sabe que es inútil discutir con la terca de Chona, aún cuando sabe que "bocadios" para su cocinera significa media olla de tamales.

Después de un rato todo el equipaje ya se encuentra en las carrozas y todo está listo para emprender el viaje.

-Qui diosito y la santa mamá María mi lo cuide, ninio – dice Chona mientras le da su bendición a Stephan, costumbre que al principio lo asustaba pero a la que ha logrado acostumbrarse.

-Gracias Chona, les encargo a ti y a doña Angélica la casa.

-Claro qui si, no si priocupe – dice la siempre maternal Chona – 'ay mi saluda al impirador.

-Claro, Chona, claro – dice Stephan riendo mientras aborda el carruaje y se imagina así mismo frente a Maximiliano diciendo "Le manda saludos la Chona, Vuestra Majestad".

-¡Oc bua! - grita Chona mientras la carroza comienza a avanzar.

-Au revoir! - responde Stephan.

Durante el camino Stephan se la pasa pensando y recordando aquél beso que él y Lord Leopold se dieron esa tarde, hace ya varias semanas. Realmente no había pasado nada más, solamente un beso largo y profundo; recuerda haber sentido las manos de Lord Leopold hundiéndose en su cabello y lo difícil que fue separarse para respirar. Después de eso sólo habían vuelto a verse en los casuales encuentros en la plaza y fiestas en dónde lo máximo que había sucedido fueron un par de rápidos besos en los labios en la oscuridad de la noche al despedirse. Stephan sabe que aún cuando desea poseer el cuerpo del Lord cuanto antes debe ser paciente, no se trata de un soldadito francés, una damita de clase media o un burguesito mexicano -que son sus amantes habituales – si no de un aristócrata británico, ese es un terreno que requiere más trabajo, dedicación y entrega. El músico francés se queda dormido a mitad del camino y sólo depierta cuando José le informa que ya han llegado a su primer destino, el hotel dónde se hospedará durante su permanencia en la ciudad. El edificio en enorme y elegante, y Stephan queda encantado con su enorme habitación. Una vez ya instalado, se cambia de ropa y regresa al carruaje, ahora con un destino más importante; esta vez sólo lo acompañará Ramiro pues José se quedará a poner en orden el equipaje en los amplios armarios de su habitación. El trayecto hacia el castillo dura más de lo que había pensado pues deben atravesar el parque, el bosque y subir las colinas, Stephan se arrepiente de no haber traído consigo uno de los tamales que tan sabiamente Chona les hizo llevar. Finalmente, Stephan logra vislumbrar la entrada principal del castillo, visión que provoca que el hambre en su estómago se convierta en puro nervio. En cuanto el carruaje se detiene, su corazón se agita mientras sus manos comienzan a sudar bajo sus guantes -por lo cual agradece habérselos puesto-; la portezuela es abierta por un guardia imperial y Stephan toma aire antes de bajar. Ramiro desciende detrás de él y se coloca a su lado.

Íntimo SecretoWhere stories live. Discover now