Maestro

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—Oh, no, espera. Páusala, necesito ir a hacer pis y no quiero que un demonio me degolle en el camino.

Kim Seokjin oyó a su hermana Yuri decir eso, y soltó una carcajada mientras pausaba la película de terror que veían. Vio a la mujer, de rostro hermoso —parecido a él por sus pomposos labios y brillantes ojos—. levantarse y correr al baño encendiendo todas las luces de su apartamento.

—Noona. ¿Crees que la cuenta de energía no sube por lo que estás haciendo? —le exclamó cuando oyó la puerta de su baño cerrarse. Yuri respondió algo, pero Seokjin, por bostezar, no le oyó bien. Miró la hora en su móvil.

Eran las tres de la mañana. Dios. ¿Cuándo había pasado tanto tiempo? Yuri había venido a cenar, y no le dijo que pasaría la noche. ¿Qué se suponía que iba a hacer?

—¿Te quedarás a dormir? —le preguntó a la mujer, mientras volvía, abrochándose el jean que llevaba puesto.

—¿Qué? No. Tengo que estar en casa a las seis.

Seokjin enarcó una ceja. —Son las tres de la mañana, ¿se supone que te irás cuando termine la película? —preguntó—. ¿Y por qué debes estar en casa a las seis?

Yuri hizo una mueca, sentándose de nuevo a su lado en el sofá, y cruzando las piernas.

—Trabajo. —dijo, y la alianza en su dedo anular brilló contra la tenue luz de la sala.

Seokjin enarcó una ceja. —¿Trabajo un domingo? Claro.

La pelinegra rió. —¿Crees que deseché mi matrimonio porque me encanta quedarme en casa? Amo el trabajo que conseguí. Quiero invertirle todo mi tiempo.

—Okey. —dijo su hermano, desconcertado—. ¿Pero qué clase de empresa abre un domingo?

Yuri rio, cómplice. —Somos magos.

—Dios, estás tan llena de mierda. —se burló, creyendo que le tomaba el pelo. Que mal que dijera la verdad. Y vaya verdad—. Sólo di que no quieres quedarte y ya. ¿Y por qué sigues usando la alianza? —cuestionó.

—En verdad no puedo quedarme. Y bueno, la uso porque... —dijo, mirándola por un momento abrazar su dedo. Su mirada se volvió un poco dura—. Me hacen descuentos en el supermercado.

Seokjin rio.

—Ya.

—¿Por qué, quieres que me quede? —preguntó ella, mimosa. Estaba por hacerle un show.

Volvió a bostezar, su vista un poco borrosa.

—Claro que no. Estorbas.

Ella rio por su mal insulto, pero lo miró con atención. Seokjin me devolvió la mirada y enarcó una ceja. —¿Noona?

—¿Estás tomando tus medicamentos?

Jin escuchó lo que dijo, y alzó una de las comisuras de su boca. —Sí, siempre. ¿Que ya no puedo bostezar? Son las tres de la mañana.

Ella parpadeó un par de veces, y suspiró, volviéndose a la pantalla. —Tienes razón, lo siento.

Los hermanos entonces volvieron a la película. La niña miraba fijamente su reflejo en el espejo. Una escena típica, pero no menos tensa. Ambos, enterrando las uñas en el sofá, cada vez más expectantes, sintieron sus pulsos aumentar por la tonta música de suspenso que acompañaban siempre estos filmes. Alguien estaba tras la puerta de su cuarto. Alguien estaba tras la puerta e iba a tocar. Por ella, iban por ella. Qué sería, por dios, qué sería.

Tocaron la puerta con golpes bruscos, y ambos, igual de asustadizos, gritaron. En la película abrieron la puerta, la niña fue asesinada por el demonio con chorros de sangre en todos lados y poca censura. Pero entonces se miraron, aquel par Kim, cuando los golpes no se detuvieron tampoco ahí.

Enemigo «KookTae» ©Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora