Capítulo 1

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​El asfalto bajo mis pies estaba helado, casi tanto como mis propias manos. Ahí estaba, parada en medio de la carretera, dispuesta a abalanzarme sobre el primer vehículo en movimiento y arrancarle de un golpe este mundo de mierda que me asfixiaba. Era el instante perfecto: un silencio espeso me rodeaba, roto únicamente por el rugido lejano de un motor.

Pronto, la silueta de un vehículo negro devoró la distancia, acercándose a gran velocidad. A través del parabrisas apenas logré distinguir un destello vibrante: la cabellera azul de quien conducía. Tensé los músculos, lista para dar el salto, pero justo en el último segundo, el chirrido de los neumáticos rasgó el silencio y el auto frenó de golpe frente a mí.

—¿Estás loca? —preguntó la chica del cabello azul, asomándose tras bajar de golpe la ventanilla—. ¿Qué ibas a hacer?

Apreté los dientes, sintiendo una mezcla de frustración y rabia que quemaba en mi garganta.

—¿Acaso no es obvio? —le solté, mirándola con dureza—. Vete. Quédate en tu camino. Esperaré al siguiente auto para lanzarme, ya que este no funcionó.

​—Definitivamente estás loca. Y no voy a dejar que lo hagas.

​Antes de que pudiera reaccionar, el pestillo se abrió. Ella salió del auto con pasos firmes, ignorando el peligro de la carretera. En un parpadeo estuvo frente a mí; me agarró con firmeza pero sin brusquedad del brazo, guiándome con suavidad hacia la puerta del copiloto.

​—Por favor... déjame —supliqué, con la voz quebrada, justo cuando su mano tocaba la manija—. Solo quiero acabar con todo esto.

​Un par de lágrimas, pesadas y calientes, rompieron la represa y comenzaron a surcar mis mejillas.

Ella se detuvo. Sus manos, que hasta un segundo antes intentaban ponerme a salvo, subieron despacio a mi rostro. Pude sentir la calidez de sus dedos acariciando mi piel, borrando con una paciencia infinita la huella salada del llanto. Sus ojos, clavados en los míos, no mostraban juicio; solo una profunda, inquebrantable empatía.

​No lo pensé más. Sé que la regla de oro dice que nunca debes irte con extraños, pero, en medio de la peor tormenta de mi vida, ella fue el único refugio que vislumbré. Y decidí creerle.

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