Capítulo 16

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Luli se quedó a dormir esa noche, y para la madrugada ya se encontraba totalmente dormida. Dormir con ella era bastante incómodo porque ocupaba absolutamente toda la cama. Estaba a punto de conciliar el sueño cuando, de pronto, su teléfono empezó a sonar con insistencia sobre la mesita de noche.

—Luli, despierta —la empecé a mover de los hombros para que abriera los ojos y atendiera la llamada.

—¿Qué pasa? —preguntó con voz ronca, frotándose los ojos con las manos.

—Te están llamando, atiende de una vez —respondí, pasándole el aparato celular.

—Hola... ¿Marti? ¿Estás bien? ... Okey, voy para allá —dijo, antes de finalizar la llamada y mirarme con los ojos bien abiertos—. Angie se encuentra en el hospital.

Mierda, mierda y más mierda.

—¿Me acompañas? —preguntó. Asentí de inmediato, sin pensarlo dos veces.

Nos vestimos lo más rápido que pudimos y pedimos un taxi de urgencia. El camino se sintió tenso y profundamente silencioso; ninguna de las dos hablaba, y lo único que rompía la quietud era la música baja que sonaba en la radio del auto, un sonido lejano que parecía de otro mundo frente al caos que tenía en la cabeza.

​Al llegar, pagamos al conductor y entramos corriendo al hospital. El aire olía a cloro, medicamentos y a una fría desesperación. Nos acercamos a la recepción y, con la voz temblorosa, le preguntamos a un doctor si tenía información sobre el ingreso de Angie Velasco.

—La señorita Angie Velasco se encuentra en la habitación 206 —nos indicó amablemente.

Caminamos a toda prisa hacia el pasillo señalado. Afuera de la habitación ya se encontraban Mica, Kevsho, Martina y un chico de cabello castaño claro que supuse era Joaco. Nos saludamos con la tensión a flor de piel, y de inmediato nos contaron lo que había sucedido.

—Estábamos en una fiesta bebiendo, y un hijo de puta le echó una pastilla, creo que éxtasis, al vaso de Angie —dijo Mica, con los ojos anegados en lágrimas y la voz temblorosa—. Salimos de inmediato hacia el hospital cuando vimos que no reaccionaba, para que pudieran estabilizarla. Ahora solo estamos esperando el diagnóstico médico; ya le avisamos a sus padres.

​Mica no aguantó más. Las lágrimas comenzaron a caer sin parar por su rostro, y Kevsho se acercó a abrazarla para intentar consolarla, aunque él mismo tenía la mirada perdida y los nudillos blancos de la preocupación.

​Con el pecho completamente oprimido y sintiendo que las paredes del hospital se cerraban a mi alrededor, di media vuelta y me alejé unos pasos hacia una esquina solitaria del pasillo. Mi mente se negaba a procesar todo lo que acababa de escuchar.

​¿Una pastilla? ¿Por qué alguien haría algo así?

​Cerré los ojos con fuerza, mientras el eco de las máquinas y las pisadas de las enfermeras resonaban a lo lejos. El miedo me recorría las venas como un veneno frío.

​¿Y si le pasa algo grave?

​¿Y si nunca más la vuelvo a ver?

​Pensar en que la última vez que habíamos hablado había sido con distancia, con la tonta idea de quedarnos solo como "amigas", me destrozaba por dentro. Las lágrimas no paraban de brotar por mis mejillas, quemándome la piel sin Piedad. En ese preciso instante, con el alma en un hilo, lo único que importaba, lo único que pedía con desesperación al universo, era que abrieran esa puerta y me dejaran entrar a tenerla conmigo otra vez.

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