Capítulo 4

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Hace tres años que cruzar el umbral de mi propia casa se siente como caminar descalza sobre un campo de hielo. Todo cambió el día en que decidí sacudirme la pesada carga de fingir ser alguien que no era y confesé mi bisexualidad. ¿El resultado? El silencio gélido y el rechazo absoluto de mi familia. Dolió, claro que dolió hasta desgarrarme por dentro. Nada es perfecto, pero en medio de ese invierno constante, la única que me tendió la mano sin peros ni condiciones fue mi abuela Amanda. Desde entonces, ella se convirtió en mi único refugio verdadero, mi todo.

​Tras una noche entera en vela, me encontraba hundida en el colchón de mi cama, con la mirada completamente perdida en las grietas del techo. Mi mente era un bucle infinito que repetía una y otra vez la sonrisa de Angie y la calidez de sus manos en mi rostro.

​¿Sería buena idea ir a la cafetería?

​El miedo me paralizaba las entrañas. La idea de contarle mi realidad, de ver en sus ojos la misma repulsión o el abandono que ya conocía tan bien por parte de mi familia, me cortaba la respiración. Después de darle mil vueltas al asunto hasta agotar mis últimas fuerzas, el cansancio me venció y caí en un sueño espeso y sin sueños.

​Desperté sobresaltada. La pantalla del celular marcó la 13:30 p.m. No podía creer que hubiera dormido tanto. En la pantalla parpadeaban varios mensajes de Lourdes, mi fiel compañera desde los diez años; la persona en la que más confiaba en el mundo y la primera que supo la verdad sobre mí sin dar un solo paso atrás.

Luli G

​¿Salimos hoy? (12:30 p.m.)

​No sé, la verdad es que no tengo ganas de salir, Lourdes. (1:30 p.m.)

Dale, flaca. Además, te tengo que presentar a una amiga. (1:32 p.m.)

​Bueno, solo porque necesito distraerme un rato. (1:36 p.m.)

​Dale, a las 21:00 te paso a buscar. (1:39 p.m.)

Nos vemos. (1:39 p.m.)

Bloqueé la pantalla suspirando. Sabía que no iba a contarle nada sobre lo que pasó ayer. No quería preocuparla ni sumar más peso a sus hombros; bastante tenía ya con sentirme como una carga constante para el resto del mundo.

Tiré el celular a un lado y dejé que las horas se escurrieran en silencio. Cuando el reloj marcó las tres de la tarde, mi estómago se encogió. Angie debía estar en la cafetería, esperando.

Pero no. No iría.

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