Capítulo 13

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Angie me invitó a quedarme en su departamento. Me encontraba sentada en el borde de su cama, con la maleta a un lado, pensando en el torbellino de todo lo que había ocurrido apenas unos minutos atrás. Y, por primera vez en mucho tiempo, no me arrepentía de nada.

​—¿Quieres comer algo? —preguntó desde el marco de la puerta, observándome con ternura.

​—No, estoy bien, gracias —le sonreí con sinceridad.

​Se acercó un poco y señaló el colchón.
​—Dormirás aquí. Yo iré al sillón.

​—No. Dormirás conmigo —necesitábe su compañía; de verdad necesitaba su cercanía.

​—¿Estás segura? —preguntó, dudando un segundo—. No quiero incomodarte.

​—No me incomodas en lo absoluto, Angie.

​Me levanté, me acerqué a ella y la abracé con fuerza, sintiendo cómo su cuerpo se relajaba contra el mío. Me miró a los ojos y, como aquella vez en la sala, su vista bajó rápidamente hacia mis labios. Empezó a acortar la distancia con lentitud y, esta vez, no iba a impedirlo. Yo quería que pasara... y pasó.

​Sus labios eran increíblemente suaves. Mis manos subieron de inmediato para rodear su cuello, mientras las suyas se posaban con firmeza en mi cintura. Sin duda alguna, Angie daba los mejores besos del mundo.

​—Lo siento —murmuró de repente, apartando las manos de mi cintura con un atisbo de culpa.

​Pero no la dejé retroceder: le tomé el rostro y la volví a besar, solo que esta vez con muchas más ganas, dejando que toda la intensidad acumulada fluyera.
​El beso se volvió cada vez más profundo, eléctrico y envolvente, hasta que un ruido seco proveniente del living nos obligó a separarnos de golpe, con la respiración agitada.

​—¿¡ANGIE, ESTÁS EN CASA!? —resonó una voz femenina por el pasillo.

​Angie salió inmediatamente de la habitación a zancadas para ver qué pasaba en el living. Me quedé un momento inmóvil, tratando de calmar los latidos de mi corazón, hasta que escuché su llamado:

​—¡BRISA, VEN!

​Caminé despacio hacia la sala y, al llegar, me encontré de frente con la chica de cabello castaño oscuro y ojos azules que había visto en el cuadro.

​—Brisa, ella es Mica —nos presentó Angie, algo tensa.

​—Hola, Brisa —saludó Mica con naturalidad, acercándose a darme un beso en la mejilla.

​—¿En qué andaban ustedes dos? —preguntó Mica con una sonrisa pícara, arqueando una ceja—. Porque se escuchaban ruidos raros desde la habitación...

​Empecé a toser de inmediato, ahogándome con mi propia saliva por la vergüenza.

​—Brisa, ¿estás bien? —preguntó Angie preocupada. Asentí frenéticamente, sin saber dónde meterme—. No digas tonterías, Mica —rió nerviosa Angie—. Somos solo amigas.

​¿Amigas?

​Mi pecho se contrajo de golpe. ¿Amigas? Yo sinceramente pensé que, después de lo que acababa de pasar entre nosotras en la habitación, éramos algo más. Qué tonta fuiste, Brisa. Como siempre, esperando de más.

​—Bueno, yo me voy a dormir porque estoy muerta de cansancio —se despidió Mica con un bostezo, dirigiéndose hacia el pasillo.

​—Yo igual me iré a acostar —le dije a Angie en voz baja, sintiendo un nudo amargo en la garganta—. Quizás sea mejor eso... quedarnos como amigas.

​No recibí ninguna respuesta de su parte. Se quedó en silencio, mirándome con fijeza. Y con ese silencio, todo quedó más que claro.

​Fui al baño, me puse un pijama cómodo y me cepillé los dientes con total lentitud. Me arropé en la cama grande y, luego de dar un par de vueltas con la mente hecha un lío, caí en un sueño pesado, sin saber siquiera si Angie terminó durmiendo en el sillón.

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