Capítulo 12

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Estuve viviendo tres días con mi abuela, así que hoy decidí regresar a mi casa. Quizás fue una pésima idea, pero necesitaba ropa.

​No veía a Angie desde el día que fue a visitar a mi abuela, aunque seguíamos escribiéndonos por mensajes, algo que me encantaba y me alegraba los días.
​Llegué y solo estaba mi hermana Tini; mis padres habían salido de compras. Caminé hasta mi habitación, que era un completo desorden. Obviamente no la iba a dejar así, así que me puse a ordenar.

​Pasaron las horas hasta que mis papás regresaron. No quería salir de la habitación; verlos me hacía mal, ellos me hacían mal.

​No me conocen. Jamás se dieron el tiempo de hacerlo, y la verdad es que nadie me conoce como verdaderamente soy porque siempre he tratado de mostrar una fachada distinta solo para evitar sus juicios. Pero basta de fingir. No me siento respetada, me siento rechazada, y el rechazo duele como el infierno.

​Extraño tanto los días en los que era genuinamente feliz, cuando una sonrisa sincera adornaba mi cara sin esfuerzo.
​Busqué una maleta entre mis cosas, la abrí sobre la cama y comencé a guardar ropa con furia y desesperación. Estaba decidida: no volvería a este infierno. No volvería a permitir que me hicieran sentir miserable personas que solo se dedican a criticar. Antes de salir de la habitación, tomé el celular y le envié un mensaje a Angie.

Angie

​Te necesito urgente. (19:46)

​Por favor, ven al lugar donde me dejaste la primera vez que nos conocimos. (19:47)

​Estoy allá en diez minutos. (19:47)

​Cargué la maleta, salí de la habitación y caminé directo hacia la salida.

​—¿A dónde crees que vas con eso? —habló mi madre desde la sala, deteniéndome antes de llegar a la puerta.

​—Me voy —dije con firmeza. Pude ver cómo soltaba una risa cínica.

​—Bueno, haz lo que quieras —me miró con desprecio—. Pero olvídate de volver a pisar esta casa, porque ya no serás bienvenida.

​Una lágrima solitaria y pesada cayó por mis mejillas, quemándome la piel.
​Aun así, abrí la puerta y salí de ahí. Dolía, dolía muchísimo, pero sabía que era lo mejor; necesitaba alejarme de todo lo que me hiciera daño, y eso incluía, tristemente, a mi propia familia.

​Caminé hasta el punto de encuentro que le había indicado a Angie. Y ahí estaba ella, recostada tranquilamente contra la puerta del auto. Al verme llegar cargando la maleta, sus ojos se abrieron con preocupación; no dijo una sola palabra, simplemente se acercó a pasos rápidos y me envolvió en un abrazo cálido y protector.

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