Capítulo 3

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Angie se había ofrecido a llevarme. Me resistí al principio, pero fue tan insistente que terminé cediendo. Sin embargo, a medida que el auto devoraba las calles y nos acercábamos a mi vecindario, un nudo se apretó en mi estómago. Bajo ninguna circunstancia iba a permitir que viera dónde vivía; no quería que se asomara a mi infierno.

—¿Me puedes dejar acá? —le pedí de golpe, a un par de cuadras de distancia.

Ella disminuyó la velocidad y me miró de reojo, extrañada.

—¿Segura?

Asentí en silencio, esquivando su mirada. Frenó junto a la acera, me desabroché el cinturón con torpeza y empujé la puerta, dispuesta a huir de una vez por todas. Pero su voz me detuvo en seco.

—¿Te volveré a ver? —preguntó.

Me giré hacia ella, genuinamente sorprendida. Había asumido que esto era solo un acto de caridad pasajero, que su interés duraría lo que durara el café.

—No lo sé —respondí, dudando de mi propia voz.

—Aún no me cuentas nada. No te escaparás de mí tan fácil, Brisa.

Su determinación me acorraló, así que recurrí a la salida más rápida.

—Te veo mañana. En la misma cafetería, a las tres de la tarde —mentí.

—Nos vemos entonces. Y, por favor... no hagas tonterías.

Me dedicó una última sonrisa y arrancó. Me quedé parada en la acera viendo cómo el vehículo negro se perdía a lo lejos. Su sonrisa... hasta ese momento no me había dado cuenta de lo verdaderamente hermosa que era. Esa chica me provocaba una sensación extraña, una punzada de calidez que hacía tambalear mis muros.

Por un instante, la idea de ir al café al día siguiente cruzó por mi mente. Pero el miedo regresó de inmediato, frío y cortante. ¿Y si voy, le cuento toda mi verdad y termina asustándose? ¿Y si después de abrirme con ella, decide irse? No. Definitivamente no iré.

Caminé las dos cuadras restantes arrastrando los pies, sintiendo cómo la poca luz que Angie había encendido en mí se apagaba con cada paso. Al girar la esquina, ahí estaba: la fachada descuidada de mi casa. Introduje la llave en la cerradura con las manos temblorosas y, al abrir, el olor a humedad y el silencio aplastante me dieron la bienvenida. Era oficial, había vuelto a mi realidad, a este mundo del que tan desesperadamente había intentado escapar esa mañana.

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