Capítulo 17

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Los peores temores se hicieron realidad. Angie había caído en un coma profundo debido a la peligrosa combinación de éxtasis y alcohol. Los médicos la conectaron de inmediato a una red de aparatos y tubos para mantenerla con vida artificialmente, a la espera de que su cuerpo resistiera y lograra despertar.

Poco después, el doctor encargado salió al pasillo y, con gesto grave, preguntó si sabían exactamente qué tipo de sustancia había consumido. Todos asintieron con la cabeza y respondieron al unísono que había sido éxtasis.

—¿Alguno de ustedes ha consumido esta droga? —preguntó el doctor, escudriñando nuestros rostros con fijeza.

—Yo —respondió Joaco.

Todas las miradas se clavaron en él de inmediato.

—Pero en pequeñas cantidades... El que le puso la pastilla en el vaso a Angie fue un ex amigo —admitió con la voz tensa, tragando saliva—. Lo hizo por venganza, por un problema que tuvimos.

—¡Hijo de puta! —gritó Kevsho.

La rabia le ganó por completo; se abalanzó sobre Joaco y comenzó a golpearlo a más no poder, cegado por la furia. El doctor intentó separarlos en medio del caos, pero la fuerza de Kevsho era incontenible.

—¡Basta, Kevsho, detente! ¡No vale la pena! —grito Mica entre lágrimas, tirando de su brazo para intentar calmarlo.

Con el labio partido y la mirada llena de culpa, Joaco se zafó, dio media vuelta y se marchó del hospital sin decir una sola palabra más, sabiendo perfectamente que nadie lo detendría y que probablemente jamás volvería a aparecer por ahí.

Yo me encontraba completamente en shock, con el cuerpo helado y incapaz de reaccionar a nada de lo que ocurría a mi alrededor. Al verme así, Luli se acercó despacio, me rodeó con los brazos y me abrazó con fuerza. Fue en ese exacto instante cuando me quebré por dentro: las rodillas me fallaron, caí pesadamente al suelo del pasillo y comencé a llorar de forma desconsolada, dejando salir todo el terror acumulado.

—Todo va a salir bien, Brisa... te lo juro —susurró Luli contra mi cabello.

No pude responderle. Mi garganta era un nudo imposible de deshacer.
Para ese momento, los padres de Angie ya habían llegado. Se encontraban adentro, en la habitación, inmersos en una pesadilla insoportable; la madre no aguantaba tanto dolor y lloraba sin consuelo, mientras su padre intentaba mantenerse firme para sostenerla a ella.

Ya eran las 04:50 a.m.

Prácticamente todos se habían marchado a sus casas a intentar descansar un poco. En el hospital solo quedábamos Mica, los padres de Angie, Luli y yo. Me sentía profundamente dolida y agotada, harta de que en mi vida siempre tuvieran que pasar cosas malas, de que la felicidad fuera solo un destello fugaz antes de una nueva tragedia.

¿Por qué siempre tiene que ser así?

—Chicas, deberían ir a descansar un rato... pueden volver cuando quieran —nos habló la madre de Angie con voz quebrada, asomándose un segundo al pasillo.

Asentimos en silencio, sin fuerzas para replicar.

Salimos del hospital junto con Luli. El padre de Martina nos esperaba afuera en el auto y se ofreció a llevarnos; me dejó directamente en la puerta de la casa de mi abuela y se marcharon.

Me metí a la cama con los ojos ardiendo de tanto llorar, acurrucándome bajo las sábanas y esperando con el alma en un hilo que, al abrir los ojos al día siguiente, todo esto hubiera sido una horrible pesadilla y Angie ya estuviera de vuelta en casa. Pero en el fondo, con el pecho encogido, sabía perfectamente que no sería así.

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