Una chica de cabello azul, un secreto que quema, una familia que rechaza y un amor tan complicado que duele respirarlo. Brisa y Angie están a punto de descubrir que la línea entre salvarse y destruirse es muy delgada.
Ya era sábado. Angie aún seguía sumida en un profundo coma, mientras la policía continuaba investigando quién había sido el responsable de colocar la droga en su vaso, una tarea difícil dado que Joaco había escapado despavorido y nadie conocía la verdadera identidad de su ex amigo.
Todos los días sin falta me presentaba en el hospital intentando obtener noticias. A diario suplicaba que me dejaran entrar a la sala, pero las reglas eran estrictas: solo permitían el acceso a familiares directos. Y yo... yo no era nadie. Para los registros, solo era una completa desconocida a la que ella le había salvado la vida el día que intenté suicidarme.
Ese día me había acompañado Chopa, quien había insistido tanto que al final terminé por aceptar.
—¿Cómo se conocieron ustedes dos? —preguntó Chopa con curiosidad mientras esperábamos en el pasillo.
—Me salvó la vida... y ahora siento que yo no podré salvar la de ella —respondió mi voz, quebrada por la tristeza.
Chopa no dijo nada más; simplemente me rodeó con los brazos y me abrazó con fuerza, hasta que un ruido nos interrumpió. Era Mica, que se acercaba hacia nosotras.
—Brisa, ¿podemos hablar un segundo? —pregunté. Asentí en silencio y la seguí hasta el fondo del pasillo, apartándonos de la zona de espera—. ¿Quién es ella? —preguntó con cautela.
—Una amiga —respondí a la defensiva. Ella soltó una pequeña risa seca.
—No creo que ella te vea solo como una amiga.
—¿Era eso lo que querías saber? —le retruqué. Mica negó con la cabeza, suspirando hondo.
—Quiero decirte que Angie nunca te vio como una amiga. Dijo eso aquel día porque pensó que tú estabas confundida y asustada. Se sintió muy mal el día que te fuiste sin avisar de su departamento; por eso, con el dolor y la frustración, decidió salir con Joaco —finalizó, mirándome a los ojos.
—Me siento como una completa estúpida... —murmuré para mí misma.
¿Por qué no me quedé a hablar con ella? ¿Por qué nunca me atreví a preguntarle directamente?
—Tranquila. Ya pasará toda esta tormenta y podrán arreglar las cosas —me sonrió con dulzura, y esa pequeña muestra de empatía logró calmarme un poco el alma.
Regresé a paso lento hasta donde estaba Chopa. Mis últimos días habían sido una tortura; el insomnio se había convertido en mi sombra más fiel debido al peso de la situación.
¿Y si cuando despierte soy la última persona a la que quiere ver cerca?
Senti que estaba cayendo de nuevo al abismo.
Los pensamientos intrusivos no me dejaban en paz, atormentándome con la culpa: si me hubiera quedado en su departamento aquella mañana en lugar de huir cobardemente sin decir una sola palabra, quizás nada de esto habría pasado, y ella no estaría luchando por su vida en una cama de hospital.
Fuera de la clínica, la situación tampoco daba tregua. Desde que la noticia se filtró a los medios, los periodistas y equipos de televisión no paraban de hacer guardia, acosando el lugar con preguntas desesperadas y cámaras encendidas, ya que un caso de sumisión química de esta magnitud jamás había sacudido al país de esa manera.
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