Capítulo 2

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Treinta minutos después, el auto se detuvo frente a una pequeña cafetería. Al cruzar la puerta de cristal, una campanilla anunció nuestra llegada y el contraste de temperatura me hizo suspirar.

Sí, me había invitado un café con la firme intención de hablar, de obligarme a ponerle palabras a la locura que casi cometo esa mañana.

El lugar era un rincón íntimo y tenue, iluminado por luces cálidas que colgaban del techo en bombillas de estilo antiguo. Olía a madera vieja, a granos de café recién molidos y a canela; un aroma que te abrazaba apenas dabas un paso adentro. Nos sentamos en una mesa apartada junto a la ventana, rodeadas de estanterías con libros desgastados y el murmullo tranquilo de un par de clientes más.

​—¿Me contarás ahora? —preguntó, dándole un sorbo lento a su taza mientras la vaporera de la máquina de espresso zumbaba de fondo.

​—No te conozco —repliqué, la excusa perfecta para blindarme, negándome a dejar entrar a alguien en los rincones más oscuros de mi mente.

​Ella soltó una suave risa antes de estirar la mano sobre la pequeña mesa de madera, ofreciéndome un trato limpio.

​—Hola, me presento —dijo con una sonrisa divertida en los labios—. Soy Angie Velasco y tengo diecinueve años.
​Me quedé mirando su mano un segundo antes de estrecharla, sintiendo el calor de su piel.

​—Lindo nombre, Ángeles —respondí, ladeando la cabeza—. Soy Brisa Domínguez y tengo dieciocho.
​—¡Hey! No me digas así —protestó, haciendo un puchero exagerado y arrugando la nariz como una niña pequeña caprichosa.

​—Pero qué tarada eres —se me escapó una risa genuina, una que llevaba meses sin sonar en mis labios.

​De inmediato me detuve, sintiendo una punzada de incomodidad. Ella se quedó mirándome fijamente, escudriñando cada gesto, aunque al notar mi desconcierto, decidió desviar la mirada con delicadeza para no abrumarme.

​—Te ves hermosa cuando sonríes, Brisa —murmuró con total naturalidad, haciendo que un calor súbito me invadiera por dentro.

​Llevé las manos a mis mejillas, sintiéndolas arder.

​—Pareces un tomate.

​La tarde se deslizó entre risas, bromas tontas y tazas tibias. Por unas cuantas horas, el ruido ensordecedor del mundo se apagó; logré olvidarme por completo del abismo de esa mañana y descubrí, con una punzada de asombro, lo bien que se sentía simplemente existir al lado de Angie.

​Pero la tregua tenía fecha de caducidad. Muy pronto, el sol comenzaría a ocultarse, y con él tendría que regresar al verdadero infierno del que había intentado escapar: su casa.

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