- ¡Escúchame bien Ryeowook! - gritó con frustración.
- ¡No escúchame tú, no voy a casarme!
- ¡Si te vas con ese truhán dejaras de ser mi hijo!
- Entonces no soy tú hijo.
Yesung sonrió con suficiencia desde la proa del barco, viendo como su princi...
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- ¿eres un criminal? – firme y directo.
Yesung sonrió irónico al escuchar la pregunta, su principito era muy sincero, sencillamente encantador. Aunque tal vez tenía la lengua demasiado afilada para la edad que aparentaba.
- Si- respondió socarrón. Su acompañante sonrió complacido antes de mirar de soslayo a su hermano mayor.
- Lo imaginaba – susurro -. Aun así, temo decirle que no reconozco su nombre.
- Me extrañaría que lo hiciera – repuso Yesung, tomo la botella de vino antes de continuar-. Un doncel de su clase no debe tener ningún tipo de conocimiento sobre hombres como yo.
- Efectivamente – apunto Donghae, de pronto interesado en la conversación de su hermano menor y aquel pirata.
A su lado, Hyukjae devoraba un cruasán bañado en miel como si la vida se le fuera en ello, desvió ligeramente la atención de su labor al escuchar la voz de aquel doncel que tanto le atrajo.
Bajo el silencio, aquel improvisado almuerzo se dio por concluido sin más preguntas por parte del menor de todos, que se mantenía calmado a la espera de poder estar en mayor intimidad con el capitán Yesung para poder entrevistarle como realmente quería. Con algo de suerte conseguía liar a Donghae con el segundo al mando de Yesung.
- Me gustaría dar una caminata por el sendero – soltó su hermano, mirando sugerentemente al hombre ataviado de ropas negras, que no pareció notar la mirada sobre él.
- No debería ir solo por allí – dijo Yesung, que parecía querer patear a su segundo al mando -. es peligroso que un joven, soltero y hermoso doncel se pasee por lugares solitarios.
- Yo le acompañare – dijo atropelladamente el centro de miradas -. Si me permite, claro.
Donghae sonrió despreocupadamente mientras se colocaba a lado del hombre, dedico una mirada cargada de complicidad a su hermano menor y partió del brazo del joven de azabaches cabellos.
Ryeowook permaneció en silencio hasta que los hubo perdido de vista, solo entonces se giró en dirección a Yesung, que lo miraba atentamente.
- Ahora es el momento correcto para ataviarlo de preguntas.
- Estuve esperando por esto desde que lo vi llegar a galopa - le respondió el mayor.
- Dejemos de posponerlo entonces – dijo -. Quiero saber quién es y porque se describe a si mismo con un vil truhán.
El hombre se pasó una mano por los azabaches cabellos, alborotándolos a su paso.
- Soy un pirata, Ryeowook – fue su respuesta.
Ryeowook torció el gesto con hastío impregnado en cada una de sus delicadas facciones, él no quería una respuesta tan obvia, deseaba profundamente desentrañar todos los oscuros secretos que Yesung guardara para él, deseaba fervientemente calar tan profundo en los huesos del hombre, que este sintiera la misma pasión desenfrenada que atronaba a Ryeowook cada vez que lo sentía cerca.
- Ya veo – sonrió -. No le parece una buena respuesta.
Ryeowook asintió sin decir nada, esperaría pacientemente la respuesta del contrario antes de atacarlo verbalmente a su conveniencia.
- Pues verá – siguió -. Nací en la calle, literalmente, en una aldea pobre de una isla que vive en calamidades - el menor soltó un sonido de sorpresa, que trato de acallar con sus manos, pero Yesung se las tomó para evitar que lo hiciera y le sonrió dulcemente, el contrario se sonrojo fuertemente, pero no se soltó del agarre-. Cuando tenía nueve años, un imponente barco pirata arribo a las orillas de la isla, nunca fui una persona unida a mi familia, por ello no me dolió dejarles y montarme en la embarcación junto a Hyukjae. Pasamos desapercibidos entre la oleada de esclavos que habían sido secuestrados. Una vez logramos estar dentro, nos plantamos frente al capitán, que resultó ser un hombre de lo más agradable, no dudo antes de acogernos como sus hijos.
El relato no pareció ser suficiente para Ryeowook, que permaneció un momento en silencio, viendo fijamente a Yesung, que parecía estar recordando, lleno de aflicción, decidiendo que lo mejor era dejar el tema a un lado por el momento, el castaño acaricio con parsimonia la mano que le sujetaba firmemente.
- Soy hijo de un gitano – dijo.
Yesung lo miro con los ojos cargados de interés mal disimulado. Devolvió la caricia, en una ligera incitación a que continuase.
- Todos creen que estoy maldito – continuo, con la voz quebrada -. Incluso mi padre.
- No creo que Donghae crea que estés maldito -. Articulo Yesung, abrumado por la sensación que le recorrió la piel-. Yo no lo creo.
Ryeowook lo miro con una sonrisa resplandeciente.
- Lo envidio, capitán – las palabras inundadas de sinceridad descolocaron a Yesung por un momento.
- ¿Qué tendría que envidiarme?
- La libertad de la que es poseedor -. Respondió con simpleza.
Entonces se giró a verlo, con los ojos enardecidos, que contrastaron a la perfección con los oscuros ojos que le devolvían la mirada con la misma intensidad, entonces, Yesung se aproximó hasta él, acortando toda la distancia entre los dos de forma brusca unió su boca a la del castaño, que, exaltado, gimió de puro gusto al recibir la brusca caricia que le proporcionaba el hombre, sin saber qué hacer, apoyo sus manos en el firme pecho de quien lo aprisionaba con vehemencia mientras le rozaba los labios con los dientes, sin dejar de debatir sus labios sobre los ajenos con fiereza, Ryeowook se debatía internamente, preso de sentimientos descontrolados que afloraron en forma de un pavoroso gemido, que Yesung aprovecho para introducir su lengua en la cavidad bucal contraria, dando rienda suelta a los instintos que en Ryeowook ya hacían recluidos, Yesung lo tomo de la cintura con fuerza y Ryeowook se dejó deshacer en sus brazos, mientras su boca era constamente asaltada por la desvergonzada lengua de su acompañante. La falta de aire hizo que se alejaran abruptamente, mientras un fino hilo de saliva los mantenía unidos. El capitán Yesung, en un acto de total descaro, recogió su unión con los labios, recibiéndola gustoso, sonrió a Ryeowook con galantería.
El menor de ambos, rojo como una fresa, buscó refugio en el pecho del hombre que lo sostenía con fuerza.
- Yesung – llamo en un hipido, el nombrado, lo acuno con fuerza, al notar que el pequeño se soltaría a llorar en cualquier momento. Se preguntó con desespero si había obligado a su príncipe a hacer algo que no quería, pero sus pensamientos se vieron abruptamente frenados cuando el menor volvió a hablar -. Mi padre me comprometió con un hombre al que no amo.
- Príncipe – acarició lentamente los castaños cabellos -. Eso no es algo que deba preocuparte.
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