XVIII

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– Eh dormilona, parate dale –la voz de Ania sacó a Caro de su corto sueño de una hora– Dormís como piedra.

Si ella supiera...

– Sí, sí, ya estoy despierta Ania.

Para ser sincera, no había descansado nada, tenía un dolor de espalda y de entrepierna grandísimos, se dió cuenta de ello cuando hizo ademán de sentarse en la cama. No era justo, a los hombres ni un dolor en los huevos les da.

– ¿Dormiste mal o algo? Tenes una carota del orto –le comentó Ania observando sus ojeras y su cara de dolor.

Caro la miró, tratando de disimular, y luego sonrió levantándose. Sintió un tirón familiar en la entrepierna que más que molestarla le gustaba, al ser producto de lo que para ella fue la mejor sesión de sexo de su corta vida.

– Estoy bien, sólo duermo incómoda en casa ajena, me desperté varias veces y ahora es que pude dormir –mintió. Por lo menos lo primero fue casi real.

– Bueno dale, tranqui. Mamá nos está llamando a desayunar. Cambiate y baja.

Asintió, pidiéndole a Ania que la esperara para bajar juntas donde ya todos estaban reunidos en familia.

–Buenos días, familia Vainstein.

– Buenos días –dijeron los papás de Manuel al unísono, riendo a la par por la coincidencia.

–Buenos días –dijo Manuel bajito mirando a su plato.

Caro lo miró y contuvo las ganas de sonreír. Esta situación debía ser una de las más graciosas y peligrosas que había tenido.

Ania agarró a Caro de la mano y la sentó a su lado, hablando de cosas y cosas que se le hacía difícil poder escuchar ya que estaba concentrada en no mirar mucho a Manuel, quien disimuladamente entrelazaba sus pies con los de ella debajo de la mesa, en un acto de intimidad secreta. Trató de patearlo de vuelta pero él seguía intentando unirlos. Se echó a reír.

– ¿De qué te reís, loca? Te estoy hablando de cuando mi perro se murió, insensible –le peleó Ania con cara de indignación.

Caro parpadeó hacia Ania. La había cargado.

–Perdón, ¿qué? Disculpame cielo, estaba re distraída pensando en mis alumnos –le dijo. Volviendo su vista al plato de milanesas y sandwiches que estaba frente a ella, empezó a comer.

No estaba pensando en sus alumnos en prural, estaba pensando en un solo alumno quien casualmente tomaba de su jugo sin quitarle un ojo de encima.

– Caro, ¿cómo dormiste? –le preguntó la señora Catherine con una sonrisa.

Ella se la devolvió.

– Muy bien, gracias.

– Mentira ma, cuando la desperté tenía una carota y como que la espalda le dolía o algo.

Manuel no tardó en ahogarse con el jugo, mojándose la barbilla. Todos lo quedaron viendo, cosa que a él no le gustaba para nada.

– Fue solo el jugo, deja de verme así ma, seguí hablando dale.

Catherine le frunció el seño pero no dijo más nada, su hijo era bastante torpe a veces. Ella era muy educada, temía que su teacher pensara mal de su familia.

Ania miró a su hermano con curiosidad, y luego tomando de su jugo miró a Caro de reojo. Ambos estaban actuando extraño, hacía falta el ambiente hostil entre los dos, casi ni se miraban con odio. Debía descubrir qué pasaba luego, pero tenía hambre así que comenzó a devorar su comida.

Al parecer el acto torpe de Manuel hizo que lo que dijo Ania fuera olvidado, ya que siguieron desayunando y hablando de cosas vanales hasta que terminaron y recogieron las cosas de la mesa.

– Teacher, ¿no queres quedarte al almuerzo acá? –le preguntó la señora Catherine con amabilidad. Tenía ya tiempo que no venía visita y pensaba en cocinar algo diferente.

Caro se sintió halagada pero sentía mucha vergüenza como para siquiera mirarla a los ojos, no podría quedarse allí más tiempo. Sus pies le rogaban por salir pitando de allí, sentía que todos sabían lo que había hecho.

– Muy amable, pero debo llamar a casa. Mamá quiere que vaya a pasar navidades allá –le explicó tímida.

– Ah ya...

Sintió pena por la pequeña cara de decepción de la mamá de los Vainstein, pero sentía aún más pena por la situación por lo que se apuró a arreglar sus libros y teléfono en el bolso, esperando a que el señor Vainstein sacara la camioneta para llevarla.

Se dirigió hasta la puerta y en vez de ver al señor Abian al volante, vió la cabellera casi calva de Manuel quien ya estaba estacionando frente a ella.

Cerró los ojos rogando por paciencia.

Entró mirándolo con irritación.

– ¿Qué? ¿Ahora qué hice?

– Manu, estoy al borde de la vergüenza y acá estás como si nada. No quiero que nadie sospeche.

Manuel la miró sonriendo pensando que era una broma, pero al no ver signos de ello, se le fue borrando la sonrisa.

– ¿Cómo que no querés que nadie sospeche? No hicimos nada malo.

Él pensaba que todo había sido genial, ¿ella quería que fuera un secreto?

¿Qué quería ella en primer lugar? Lo invadieron las dudas.

– Lo que hicimos... –se detuvo, debía pensar bien las palabras antes de soltarlas– Manuel, lo que hicimos...

– ¿Qué? ¿Lo que hicimos qué? Soltalo.

– Que lo que hicimos estuvo inadecuado, tus padres estaban acá, sos mi estudiante, un millón de cosas, qué se yo.

Él estaba procesando las palabras, se estaba sintiendo como un muñeco de sexo de esos que venden en el centro. No dijo nada, ya que él no tenía nada que decir, no pensaba igual que ella y se sorprendió por eso. No veía cómo algo tan diferente podía estar mal. Pero si ella quería que acabara, él no le iba a rogar.

Ella lo miró buscando respuesta, al instante se arrepintió de haber dicho lo que dijo. Para ella nada estaba realmente mal, era lo que podía pensar la gente de ella lo que le preocupaba. Al ver que él no decía nada guardó silencio. ¿Lo había arruinado todo?

Ninguno de los dos habló durante el camino, sólo cuando se uno preguntaba la dirección y la otra respondía. El ambiente en la camioneta estaba tenso, se podía cortar el aire fácilmente. Ambos querían decir algo, pero el orgullo no les dejaba. Optaron por callarse todo.

– Es acá.

Manuel miró el edificio, resultándole familiar al instante.

– Acá vive Mateo.

Caro lo miró, un poco aliviada de que hablaran de otra cosa.

– Sí, es mi vecino –le respondió, mirándolo.

Manuel no la miró, se entretuvo mirando el volante, pensando en lo que ella acababa de decir. ¿Será que lo suyo con Mateo sí estaba bien? Ya iba a ser él el padrino de su boda. Salame.

– Bueno, chao –dijo Caro, esperando una respuesta de su parte.

No la hubo.

Se bajó de la camioneta incómoda, un millón de cosas le rondaban en la mente. En cuanto estuvo a la puerta, escuchó como la camioneta se alejaba y miró lo último que quedaba de ella por la calle.

¿Qué había hecho?

Tan jodida | Replik [COMPLETADA]Donde viven las historias. Descúbrelo ahora