XXI

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La llamada entrante que vibraba en su pantalón la ayudó a tomar la decisión, soltó a ambos a la vez y se disculpó en silencio con todos para luego irse de la sala.

Cuando contestó, la voz de alguien desconocido inundó sus oídos.

Era una llamada equivocada.

Cerró los ojos y suspiró, creo que ya era hora de irse por un tiempo. Llamó a su papá dando pasos rápidos a la salida del centro comercial, diciéndole que lo esperaba en casa para que la recogiera y finalmente poder desconectarse una temporada.

Odiaba este tipo de problemas, no estaba acostumbrada a enfrentarlos, para otros eran pequeños pero ella no se sentía segura. Dudaba demasiado. Y Manuel no era precisamente alguien que aclarara las cosas.

¿Qué podía salir de allí? Nada, pensó, no saldría nada. No somos compatibles.

No iba a mentirse a sí misma. Él le gustaba. Se sentía muy atraída por él. Sus sesiones siempre habían sido tensas porque ella no podía dejar de pensar cosas que no debía.

Pero no en todos los casos las cosas funcionan, se decía a sí misma, no en todos los casos cuando hay atracción quedan juntos.

Tomó un taxi a su departamento, entró y se sentó en el sofá a ver televisión para despejarse. Pronto su papá vendría y dejaría de torturarse por un simple acto sexual que no estaba bien pensado.

Después de una hora, sonó el timbre y sonrió.

Por fin se iría.

Abrió la puerta y la sonrisa flaqueó, al igual que sus piernas cuando miró a la persona que estaba al otro lado de la puerta.

No era su papá, era Manuel.

— ¿Qué hacés acá?

— Te fuiste — le respondió sin más.

— Ah, sí... Mi papá había llamado diciendo que estaba acá pronto y quería acomodar las cosas para irme —mintió.

— Te vas otra vez.

— No entiendo.

Manuel cerró la puerta a sus espaldas con una mirada indescifrable, ella no podía adivinar lo que él estaba pensando y eso la hizo sentir nerviosa.

— Ya veo que eso hacés cuando estás en duda o molesta. Irte. La primera vez fue así, me insultaste y te fuiste. La segunda vez igual, chapamos y te fuiste. Ahora traté de no hablarte, para no cagarla y que te fueras, pero aún así lo hacés.

— Esto no tiene nada que ver con vos —susurró en respuesta. Se encontraba a sí misma bajo la lupa de otra persona.

— Y mentis. No creas que soy tonto, sólo no sé inglés. Se lo que hacés.

— No me voy por vos, me voy porque debo estar con mi familia.

— Te ibas mañana, y ahora te vas hoy.

— Ya te dije que mi papá me llamó, Manuel —insistió, pero la mentira no se escuchó creíble y esperó que no se notara.

Manuel sacudió la cabeza, aún tranquilo. Era espeluznante que no se tomara las cosas de manera agresiva, todo lo analizaba, todo debía tener sentido en su cabeza y él sabía que ese orden mental lo ayudaba en sus problemas. Sobre analizar le daba tranquilidad, todo debía estar como él creía que debía estar.

Y ahora mismo él pensaba que Carolina debía estar con él y con nadie más.

— Cuando saliste por la llamada me decidí a hablar con vos, escuché lo que le dijiste a tu viejo. No mientas.

Maldita sea la que me parió, pensó Caro.

— Bueno, si él me llamó o yo lo llamé la cosa es la misma. Me voy porque quiero estar con mi familia.

— Claro que querés estar con ellos, pero sé qué es lo que pasa. Caro, los dos somos grandes, si soy tu alumno o no, no afecta en nada. Me diste esa excusa pero ni siquiera trabajás en la misma institución donde estudio. Las clases particulares no son lo mismo.

— Igual está mal. Tus padres me dieron su confianza.

— Si te dijera lo que me dicen mis padres sobre vos no estuvieras dando esa excusa barata.

Caro entrecerró sus ojos, desconfiada. No sabía si creerle, ¿y si eso les decía a las otras chicas? ¿Qué le garantizaba que todo era verdad?

Se alejó para sentarse en el sofá nuevamente. Los nervios no le dejaban mucha libertad de movimiento. La inseguridad la atacó.

— ¿A cuántas las has chamuyado así? —contestó con burla amarga.

Observó cómo Manuel iba perdiendo la paciencia y se llevaba una mano a la barbilla en señal de estrés.

— ¡Pero si ni les doy bola! Nunca me han interesado, no pierdo mi tiempo.

Caro se cruzó de brazos, intentando pensar en una vez antes donde lo haya visto con otra chica. Recordó la vez que se conocieron, y cómo él la había tratado, la indiferencia, el trato evidentemente diferente de como trató a Mateo aquella vez.

Ella sabía que sus argumentos se estaban cayendo, pero no dejó su posición.

Manuel se dió cuenta de su indecisión, suspiró y se posicionó frente a ella entre sus piernas. La tomó de las manos y la miró profundamente. Quería que ella supiera que él estaba siendo sincero.

— Ya sé que mis juntas andan de piba en piba. Pero no juzgues a un lobo por su manada.

— No sé, Manuel. No sé —le susurró dudosa, sintiendo sus manos juntas. Él le apretó las manos en un gesto tranquilizador.

— Mirame —le pidió, ella obedeció inmediatamente—. No seas tan jodida. Me gustas, ¿eso querés escuchar? Te lo voy a demostrar, sólo si me dejas.

Se acercó a sus labios y ambas carnes se rozaban, haciéndose consquillas. Caro sonrió.

— Escuchame. No busco relaciones a medias, conmigo es todo o es nada, ¿jalas? —preguntó ella decidida.

— Con vos, jalo.

Y así ambos rieron, para luego fundirse en un beso que los dejó sin aliento. La alegría que demostraban parecía ser contagiosa.

En un mundo de relaciones inestables, peleas, celos y lujuria, los dos querían tener una relación estable, con confianza, sinceridad y cariño en todos lados.

No sabían cuánto tiempo habían durado abrazados viendo la TV dándose demostraciones de afecto, ya se podían imaginar cómo serían sus días a partir de ahora.

El timbre los sacó un poco de su burbuja, se miraron dudosos. Caro se levantó para ir a la puerta.

Sonrió grande cuando se dió cuenta que era su papá quien estaba allí, se abalanzó a abrazarlo y casi hace que el señor pierda el equilibrio, por fortuna, su papá estaba en forma y la costumbre de sus saludos la tenía presente.

— No puedo respirar, hija —le comentó entre risas.

— ¡Te extrañé, te extrañé, te extrañé!

— Yo también, mi pequeña.

Luego de que su padre y ella pudieran saludarse. Manuel quedó como una presencia fantasmal en la sala hasta que los ojos de su papá se detuvieron en él y frunció el seño.

— ¿Quién sos? —le preguntó receloso.

Caro miró a Manuel, al mismo tiempo que él la miró.

— Papá, él es Manuel, mi... Novio.

Tan jodida | Replik [COMPLETADA]Donde viven las historias. Descúbrelo ahora