V-El chico de ojos tristes y corazón roto.

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Abre sus ojos con pereza hallando las conocidas y desoladas paredes de su habitación. Inhala profundo y se incorpora con dificultad observando alrededor, enfocando en la figura sentada en el sofá de la esquina de la habitación.

-¿Dónde está Claude?- Sebastian se incorpora en el sofá pasándose la mano por el cuello sin evitar hacer una mueca. -No deberías... no deberías estar aquí.- Alza la voz con firmeza, pero no evita sentirse avergonzado al instante.
Había estado un día completo en casa del abuelo, y no quería seguir siendo una molestia, por lo que sintió que lo más sensato era marchar a casa y descansar tranquilo, aún si realmente no quería estar solo a pesar de estar repitiéndolo. Otro día había comenzado, y Sebastian había aparecido nuevamente preguntando por cómo se encontraba, y al comprobar que se hallaba sólo, sin titubear se metió a la casa alegando que no le dejaría estar sin compañía. Era cerca de medio día y no había salido de la cama, se había dormido sin siquiera notarlo, y Sebastian también. No había comido y ni siquiera había tomado un baño.

-¿Cuál es el problema?- Sebastian se pone de pie y camina hasta la cama tomando asiento al borde de aquella, mirándole a los ojos con tranquilidad.
Se incorpora cuidadosamente en la cama, pegando la espalda al cabecero, apretando las mantas en su regazo mientras frunce los labios.

-No confío en ti. Ni-Ni siquiera te conozco lo suficiente.- Arruga la nariz con desagrado y se aparta con ferocidad cuando Sebastian intenta cogerle de la mano. El corazón le late con fuerza, como siempre pasa cuando lo tiene tan cerca.

-¿Que no confías en mí por no conocerme lo suficiente?- El tono de Sebastian es ligeramente alto y algo incrédulo.

-¡Si!- Aseguró con firmeza y mal gusto en la voz. Frunciendo el ceño y apretando los labios.
Sebastian hizo una mueca evidente de irritación, quizás hasta indignación fuese la causa de sus acciones siguientes.

-Me llamo Sebastian Michaelis. Jamás conocí a mi padre y mi madre me abandonó. Tanaka ha cuidado de mi desde pequeño, soy maestro de literatura y tengo una licencia en matemáticas, toco más de seis instrumentos especialmente de cuerdas. Me enamoré una sola vez y me casé, tengo una preciosa niña de cinco años a la que adoro más que a mi propia vida. Por alguna razón mi esposa me odia, no compartimos cama hace cinco años, no he tenido sexo con nadie hace cinco años, no he besado a nadie ¡Hace cinco años!- reafirma con completa confianza antes de continuar. -Conocí a un joven chico de preciosos ojos azules siempre tristes y corazón roto, por alguna razón no me lo saco de la cabeza, cada que lo tengo cerca algo en mi pecho se agita y otra cosa en mi cabeza me dice que hago mal. Cada vez que mi corazón se exalta, me siento como la peor mierda del mundo porque ese precioso hombre de hermosos ojos azules despierta cosas intensas que creí muertas, me hace sentir horrible que tenga novio, y que yo, teniendo esposa, aun así piense en cargarlo como lo más frágil y hermoso del mundo que es, tomar mis cosas más preciadas que incluyen a Doll (por supuesto), y llevármelo al último rincón del mundo para reparar hasta el más pequeño y roto trozo de su alma herida.- Sebastian vuelve a cogerle de las manos, está vez no puede liberarse de su agarre, y tampoco quiere. -Cada vez que pienso en él... me hace sentir en un pacífico campo de flores donde no avanza el tiempo... Ahora sabes quién soy, como soy y lo que pienso. Creo que esto es mucho más que toda la confianza del mundo.- Ciel siente un nudo de sensaciones atorado en la garganta y cosquillas aletean en su vientre. Las palabras no salen. Su corazón que pensó estaba tan débil, late con la suficiente fuerza para hacer marchar cada pieza en su cuerpo.
Se miran a los ojos en silencio. Su mano escala el brazo del azabache y toma en su puño la tela de la camisa que él viste.
El ambiente se torna tan tibio como sus respiraciones chocando, cerca, muy cerca, siendo atraídos por el imán en sus colapsadas almas. Y ahí están, apunto de colisionar y desatar el inminente caos y la voraz destrucción como un auténtico torbellino que hará a todo volar en el aire para luego estamparlo contra el suelo. Era una peligrosa línea de guerra que cruzar, es invocar la irreversible tempestad, lo incurable, lo indebido.
Y en el momento en que sus labios están dispuestos y rozando una probada de ida al infierno y de vuelta al paraíso se sobresaltan con los toques en la puerta principal.
Abre los ojos con la sensación de decepción dibujada en toda la cara y le complace el sonido de molestia ajeno que le indica que no es el único saboteado. -Iré a ver quién es.- Sebastian se levanta de la cama, pero inmediatamente le detiene sosteniéndolo de la manga de la camisa. Abre la boca en un intento por decir lo que continúa atorado en su garganta. Y nuevamente experimenta esa profunda sensación de pánico y desesperación al sentir que, si no es ahí y ahora, luego ya será demasiado tarde.

Reflejo-Sebasciel.Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora