Steve
Natasha no había vuelto. Habían pasado ocho semanas y seguía fuera del país. Furia me había dicho que se había incorporado en una misión en Praga con uno de los escuadrones de S.H.I.E.L.D., empalmando una misión con otra, por lo que estaría fuera indefinidamente. Y eso me enfurecía y me entristecía a partes iguales. Sabía por qué se había ido, por supuesto que lo sabía. Había huido de mí, de los sentimientos que empezaba a albergar. Había preferido poner tierra de por medio en vez de enfrentarse a ellos, como si un puñado de semanas separados fuesen a terminar con mis sentimientos.
No, el amor no era un juego de niños, era un juego para adultos. Requería implicación y valentía y la temible Viuda Negra parecía carecer de ambos, escondiéndose como los niños cada vez que la situación la sobrepasaba. No podía evitar sentirme decepcionado. Tantos años juntos, tantas barreras atravesadas y a la hora de la verdad solo corría.
¿Que si estaba enamorado de ella? Sí, pero no era nuevo. Había empezado a amar a Natasha mucho antes de nuestra relación puramente sexual. Estar con ella día a día, contarle mis miedos y mis pensamientos más profundos, dejarme guiar por ella y descubrir a su lado el siglo XXI. Vivir misiones y aventuras con ella como mi pilar más sólido... poco a poco, granito a granito, mis sentimientos por Natasha habían ido creciendo, hasta convertirse en lo que eran hoy en día, hasta querer derribar ese último muro que no me dejaba atravesar y llegar a su corazón.
Quería una vida a su lado.
Y ella me quería lejos.
Natasha
Doce semanas, llevaba doce semanas fuera de casa, casi tres meses. Había empalmado una misión tras otra, uniéndome a Bobbi, Melinda y el resto del equipo de S.H.I.E.L.D. en una serie de misiones por Europa para terminar con una trata de blancas. Como una cría estúpida buscaba cualquier excusa para no volver a Nueva York. ¿Y por qué? Por el maldito Steve Rogers.
No me lo quitaba de la cabeza. Echaba de menos su calor en las frías noches polacas, sus besos en el cuello y sus caricias en medio de la noche, cuando me atacaban las pesadillas. Y eso estaba mal, porque yo no quería depender de un hombre, yo quería ser libre, no tener ataduras. Los sentimientos solo complicaban las cosas y más entre compañeros de trabajo. No, definitivamente no podía volver a casa sin haber cortado de raíz mis pensamientos. Steve tenía que salir de mi cabeza.
Yo estaba feliz sola, no necesitaba nada más. Él había sido como el resto, un buen polvo... quizá el mejor polvo de mi vida, cosa por la que le echaría de menos, pero un polvo sin más. O por lo menos eso trataba de creer. Después de mi historial de relaciones no quería otro fracaso sobre mis hombros.
No estaba hecha para compartir mi vida con hombres.
―¡Vamos, Romanoff! ―el grito de Lance me hizo salir del trance involuntario en el que me había deslizado mirando mi reflejo semidesnudo en el espejo. Tenía un feo corte en la clavícula, pero pronto estaría curado. Más bien miraba cómo el sujetador no daba abasto para resguardar mis tetas al completo. Casi me sobresalían los pezones por el borde de encaje.
―¡Voy!
Tiré de traje hacia arriba con dificultad y me subí la cremallera. Odiaba tener que salir a patrullar a media noche, después de cenar, era cuando mi ajustado mono de cuero se resistía y no quería subir. Especialmente si habíamos comido pizza... y alguien se había puesto como una cerda.
En resumen, que necesitaba ropa interior nueva.
ESTÁS LEYENDO
Abre los ojos - Romanogers
FanfictionUna relación puramente sexual entre Steve y Natasha nunca hubiese salido bien. Y ella lo sabía. Por eso se marchó. Lo que ni en sus sentimientos más oscuros esperaba eran seis pruebas positivas de embarazado y un claro pensamiento: ella no quiere se...
