Treinta y nueve

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Berenjenas, la celda sospechosa

Era surreal estar ahí, a menos de cinco kilometros de la carretera en la que casi había muerto, con Taehyung sentado enfrente suyo con un par de gasas entre los dedos y el olor delicioso de ramen siendo cocinado más al fondo

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Era surreal estar ahí, a menos de cinco kilometros de la carretera en la que casi había muerto, con Taehyung sentado enfrente suyo con un par de gasas entre los dedos y el olor delicioso de ramen siendo cocinado más al fondo.

Parecía haber pasado toda una eternidad cuando en realidad no habían pasado más de cinco horas. Le dolía el cuerpo, especialmente el lado izquierdo de la cara.

Había despertado hace poco, la gran paliza que recibió lo había dejado inconsciente tanto tiempo que Taehyung se había temido lo peor. Cuando despertó yacía desorientado, tardó en darse cuenta de que estaba tumbado no en una cama sino en el sofá de tres piezas de la que parecía ser la casa de los Min.

Ahora, un poco después y luego de que Taehyung le ayudara a incorporarse y le llevara un plato de sopa humeante antes de volver a cambiar sus vendajes, echó un vistazo por la casa. Era una construcción vieja de dos pisos, al fondo podía ver las escaleras. Los sofás de un color grisáceo resultaban incómodos, o bueno, tal vez era porque desde hacia cinco horas que yacía tumbado como costal de papas en uno.

— ¿Qué? — Preguntó Jungkook al ver cómo el chico le miraba sin apartar los ojos ni un instante.

— Nada, nada.— Se excusó Taehyung sentado en un banquillo frente al sofá.

Bueno... En realidad sentía que Taehyung le estaba mirando más de lo necesario, aunque no lo culpaba pues ¿cómo quitar sus ojos de él cuando tenía que mirar atentamente por dónde pasaba el algodón cubierto de alcohol? Aunque, para ser sinceros, sería mil veces más fácil vaciarle toda la botella encima. Jungkook tenía la cara de un tono tan morado y había recibido tantos golpes que fácilmente podría confundirse con una berenjena.

— ¿Qué? — Volvió a preguntar luego de notar como el chico volvía a apartar el pedazo de suave algodón de su ojo morado y lo sostenía en el aire, casi como si no se diera cuenta de que había dejado de limpiar su herida.— Ya sé que ese imbécil me dejó la cara desfigurada, pero puedo decir que él quedó peor.

Taehyung por fin salió de su ensoñación y soltó una risita. Sin duda alguna aquel hombre había terminado terriblemente peor. Muerto sobre el pavimento, pudriéndose bajo los intensos rayos del sol mientras ellos se fugaban en una camioneta de tres hileras y puerta corrediza, de esas cuyo conductor bien podría haber sido una señora cincuentona con cinco hijos a su cargo. Gracias a ese vehículo (y a la señora cincuentona) habían logrado llegar no tan sanos pero si a salvo a la granja de los Min.

De hecho, de no ser por esa camioneta de diez plazas, tal vez habrían tenido que cargar entre todos durante cinco kilómetros el cuerpo desmayado del maknae.

— Tienes razón, tu cara atractiva se fue al carajo — Dijo con burla, siguiéndole el juego al menor entre carcajadas, eso sí, sin dejar de aplicarle desinfectante y la pomada —Milagrosa según su hermano— sobre su ya irreconocible rostro.

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