XVIII

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Lunes 22 de Noviembre de 2018

No recordaba a qué hora me había quedado dormido ayer, pues estuve un tiempo dándole vueltas a la cabeza con eso importante que Eduardo me quería decir.

Pero bueno, a su momento será y es mejor que espere, pensé.

Tomé mi tablet y vi que tenía dos mensajes de Eduardo: en uno me decía que ya había aterrizado, y en otro, que ya se encontraba en casa de sus tíos, añadió al final una foto de él en su habitación temporal.

Le contesté diciendo que me alegraba de que hubiera llegado con bien y que se divirtiera mucho, después la apagué y la dejé a un lado.

Me levanté de mi cama y me estiré para quitarme la pereza hasta que me tronaron los huesos, me acerqué a la ventana y levanté las cortinas para que entrara luz a mi habitación, pero dejando la tela delgada para que no se viera el interior. Solo dormía con el bóxer puesto y no quería que me vieran.

Agarré un short y una camisa ligeros de mi cajón y me los puse para salir e ir al baño a hacer mis necesidades. Cuando salí fui a tomar un gran vaso de agua, me lo terminé y lo lleve al fregadero para lavarlo; un momento después, mi madre entró en la cocina.

—Buenos días, hijo —me saludó y se acercó a mí para darme un beso en la frente, yo le di otro en la mejilla.

—Buenos días, mamá —respondí a su saludo y acomodé el vaso limpio en el trastero.

Ella se dirigió a la mesa, donde ya había una taza con agua humeante y tomó asiento, al parecer se preparó su té matutino, además de que se había levantado antes que yo.

—¡Vaya, mamá! ¿Tantas ganas tienes de ya decorar? —dije riendo, tomando asiento frente a ella.

—Anian, a diferencia de ti, yo siempre me levanto temprano —contestó y le dió un sorbo a su té.

—Yo también siempre me levanto temprano, madre —reproché, ofendido.

Ella soltó una pequeña risita.

—Claro, pero solo porque vas a la escuela; si no, dormirías hasta medio día.

—¡Eso no es cierto! Aunque esté de vacaciones no me despierto tan tarde.

—La verdad es que exageré. No se te puede decir nada porque reaccionas al segundo, hijo. —Aún tenía esa sonrisa en el rostro y la verdad es que me gustaba verla así, feliz.

—Pues saqué su carácter, usted dirá —bromeé.

Después de esa plática constructiva me levanté de la silla y fui a la alacena, tomé una caja de cereal y un plato para poner las hojuelas de maiz azucaradas en este. Luego me acerqué al refrigerador y saqué un cartón de leche que vertí en el cereal.

Coloqué todo de vuelta a su lugar y volví a sentarme frente a mi madre para desayunar.

—¿No vas a comer algo, mamá?

—En este caso, ya te gané, hijo. Desayuné lo mismo que tú y por eso ahora estoy con mi té de romero —dijo, señalando la taza.

Era cierto, recordé que mi mamá siempre se bebía una después de cada comida.

Ella la tomó y me la ofreció.

—Gracias, pero no, eso sabe horrible —dije haciendo una arcada—. No sé por qué te gusta de verdad si no le pones miel o azúcar.

—¡Ay, Anian! —suspiró—. Porque entonces de nada serviría que me lo tomase, y a mí me sabe delicioso.

—Prefiero un café —mencioné y me metí una cucharada de cereal a la boca.

Un Amor ¿Fallido? COMPLETAHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora