IX

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Era el momento de sentirme libre por fin.

Después de todo... creo que ya es hora, pensé.

Entonces, el momento se disipa con un grito que viene desde el primer piso, donde se celebraba la fiesta.

—¡Victoria, tus invitados te están esperando! ¡Ven por favor! —llamó su mamá.

—¡Ya voy! —contestó, pero permaneció sentada—. Sé que todo esto es muy repentino, Anian, y que es una revelación muy grande para tomarse a la ligera. Puedes pensar en si quieres seguir hablándome después de esto pero necesitaba que tú, mi mejor amigo, lo supieras antes que nadie, te espero abajo —dijo cabizbaja y ahora sí se puso de pie.

Pero yo la detuve tomándola de la mano.

—No tengo que pensar nada, eres mi mejor amiga y nada ni nadie lo va a cambiar —dije y la abracé de nuevo, vi que sus ojos se habían puesto rojizos y que iba a derramar lágrimas pero acaricié su cabello—. No es momento para llorar, abajo te esperan tus invitados, hoy es tu cumpleaños.

Ella sonrió, asintió y bajo las escaleras.

Y cuando la perdí de vista suspiré con fuerza.

Había logrado despejar el miedo para poder decirle esas palabras a ella.

Pero lo que no podía creer es que estaba a punto de confesarle mi verdad, mi secreto mejor guardado.

Lo ignoré para no empezar de nuevo con todo esto y mejor seguí mi camino.

Me dirigí ahora sí al baño, una vez dentro pasé el seguro a la puerta y comencé a hacer mis necesidades, cuando terminé, me lavé las manos y me miré al espejo que estaba encima del lavabo.

Debía de admitir que, el hecho de que mi amiga sea lesbiana en verdad que me hacía sentir feliz, ya que pues, yo era gay y me sentía un poco solo y abrumado con estos sentimientos confusos.

Aunque lo que me dolió un poco fue el saber que ella pensaba que yo le dejaría de hablar, eso jamás pasaría.

Pero no la juzgué, es lo mismo que yo pensaba siempre.

Podría decir que ahora Victoria y yo compartíamos algo en común mucho más fuerte, y que solo haría que nuestra relación fuera más cercana.

Ya no me sentía tan extraño con esto que en ocasiones creía que era una maldición.

Salí del baño y bajé a la primera planta, llegué a la mesa donde se encontraban todos mis amigos y me senté en el lugar donde me encontraba hace un rato.

En medio de Erick y Eduardo.

La mamá de Victoria ya estaba empezando a servir la comida; hizo taquiza de varios guisos y yo fuí el más feliz con eso, en cuanto me dio mi plato agradecí y empecé a comer... devorando los tacos de barbacoa, pollo, bistec en salsa y huevo a la mexicana.

No cabe duda de que la comida es parte muy importante de la felicidad, pensé.

Reí un poco por esa frase y seguí comiendo.

Después de comer, recogí los platos de mis amigos que ya habían terminado y los fui a tirar a una bolsa grande para la basura. Eduardo con un trapo ayudó a limpiar la mesa y Luis ordenó un poco la misma, Victoria nos dijo que no lo hiciéramos ya que éramos sus invitados, pero aún así no nos importó.

Invitados o no, eso no nos impedía mantener limpio el lugar donde pasaríamos un buen rato.

Comenzamos a hablar de cualquier cosa, nadie en la mesa estaba callado; Eduardo, Luis y Erick hablaban sobre su equipo de fútbol escolar, pues el próximo año tendrán un partido contra el bachillerato número tres de La Arboleda, y que probablemente podríamos acompañarlos para echarles porras.

Un Amor ¿Fallido? COMPLETAHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora