-¿Qué quieres de mí?
-Quiero que tus malditos labios se posen sobre mis malditos labios, y que nuestras malditas bocas encajen como un maldito rompecabezas.
-¿Qué se supone qué...?
-Bésame. ¿O es que acaso un nerd como tú o entiende el vocabulario d...
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«Tú empezaste el juego, yo lo terminaré.» -Jihyo
Daniel cerró los ojos y aproveché para salir de mi asombro. Él finalmente me pediría algo, ¡aleluya! Pero... ¿por qué no abría los ojos de una vez?
Contemplé su rostro; los párpados cerrados detrás de sus anteojos, el color rojizo subiendo por su cuello hasta las mejillas y sus labios apretados con fuerza.
―¿Estás bien? ―indagué después de un minuto viéndolo en ese estado.
No respondió pero pude apreciar el momento exacto en que su ceño se frunció y retrocedió un paso. Sus ojos se abrieron.
―Daniel―susurré preocupada por su expresión de espanto―. ¿Qué sucede? Te ves pálido ―dije lentamente, viendo algo nuevo en su mirada.
Él estaba pidiéndome ayuda con sus ojos. ¿Ayuda para qué? Quise tener el poder para leer su mente, descifrar el pensamiento que se encontraba detrás de esos marrones ojos, el porqué del temor que alojaba su frente arrugada. Pero no pude adivinarlo y él no parecía dispuesto a hablar.
Parecía como si quisiera decirme algo. Pero ¿qué? ¿De qué habíamos estado hablando? Retrocedí a sus últimas palabras, él accediendo a pedirme algo, y entonces tuve la necesidad de hablar.
―¿Qué es lo que quieres pedirme?
―No puedo. En serio, no puedo ―lo oí decir con voz temblorosa.
―¿No puedes qué? ―inquirí.
―Pedirte ese algo ―siseó.
Sonreí por su repentino e intenso rubor. Estaba avergonzado.
―¡Por Dios! ―dije entre risas―, sólo pídemelo, ¿sí? No importa si quieres unas pantuflas con corazones rosados, ni un disco de Justin Bieber, o unos pendientes de abuela para ponerte tú mismo, Daniel. Sólo dilo, no te juzgaré. Es más, intentaré hacer lo posible por conseguirlo rápido ―alegué.
―Cierra los ojos ―murmuró tragando con fuerza.
Vi la nuez de Adán moviéndose en su garganta.
―¿Qué? ―musité confundida.
―Que cierres los ojos ―me repitió. Miré a través de sus ojos y sentí mi piel cobrar color―. Hazlo ―pidió implorando por que le hiciera caso.
Y mierda. Finalmente terminé haciéndolo.
―Ya cerré los ojos ―dije oyendo cómo el sonido de los pocos autos que quedaban alrededor se iba desvaneciendo―. Ahora dime qué es lo que quieres, porque si no los abriré y te juro que no dejaré de seguirte hasta que hayas decidido qué pedirme. Prometo que estaré detrás de ti toda la vida si es necesario, pero no puedo aguantar más la culpa de haber hecho que llores delante de todos y...