Capitulo 8

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Del odio al amor.

La colina, aquel pequeño refugio secreto de Candy con vista al imponente campus del San Pablo, era un mundo aparte. Sentada en la raíz expuesta del viejo roble, su lugar de pensar, con Clin correteando alrededor en círculos alegres, su cola anillada ondeando como un estandarte de felicidad simple.

Pero la paz del lugar no lograba calmar la confusión en su mente. Acariciaba distraídamente la nota de Terry, que había guardado en el bolsillo del vestido.

—No entiendo —murmuró para sí, mirando sin ver a Clin perseguir una mariposa—. ¿Por qué Terry me ayudó? Después de lo que le dije… después de lo que me dijo… ¿por qué se tomaría la molestia de esconder a Clin, de cuidarlo, de escribirme esta nota? —El nombre «Tarzán Pescosa» en el papel ya no le provocaba la irritación instantánea de antes.

Ahora sonaba a… a un secreto compartido, a un apodo que solo ellos dos entendían. Un vínculo, por más torpe que fuera.

Clin dejó de corretear de repente, se detuvo junto al tronco del árbol y empezó a olfatear el aire con intensidad, sus orejas puntiagudas erguidas.

—¿Pasa algo, Clin? —preguntó Candy, saliendo de sus cavilaciones.

El pequeño mapache miró hacia arriba, hacia el agujero en el árbol que era su guarida.

Emitió un suave chirrido, luego, con una agilidad sorprendente, comenzó a trepar el tronco nudoso, sus garras encontrando fácilmente las grietas en la corteza.

Llegó al agujero, se asomó y luego miró hacia abajo a Candy, llamándola con otro sonido, como invitándola a subir.

Candy sonrió, un destello de su antigua traviesa alegría iluminando su rostro.
—Hace tiempo que no trepo un árbol—dijo, como si se estuviera confesando un secreto a sí misma.

Miró a su alrededor, escudriñando los setos y los senderos cercanos para asegurarse de que estaban solos.

No había nadie. Solo el susurro del viento en las hojas y el lejano rumor del colegio.

—Muy bien, ya voy, Clin —anunció, y se acercó al árbol.

El movimiento no fue tan fluido como en su infancia. El uniforme, la falda plisada, era un estorbo. Pero la determinación y la curiosidad pudieron más. Con esfuerzo, encontrando presas para sus manos y pies, logró llegar a una rama baja pero gruesa, desde donde pudo sentarse, jadeando levemente pero con una sensación de triunfo.

—Buen trabajo, dama de los árboles —se felicitó a sí misma en un susurro.

Clin, satisfecho, se hizo a un lado dentro del oscuro agujero del tronco, dejando ver su contenido. Candy se inclinó para mirar mejor.

Y lo que vio la dejó boquiabierta.

Dentro del agujero, sobre un lecho de hojas secas, había un pequeño tesoro: un montón de nueces de distintos tipos, varias galletas de jengibre envueltas en papel de seda, y unos cuantos caramelos.

—Pero mira esa cantidad… —murmuró, asombrada—. Tienes mucha comida, Clin. ¿Quién…?

Su mente trabajó rápidamente. Solo había una persona que sabía del escondite de Clin además de ella.

La persona que había escrito la nota. La persona que, aparentemente, había estado alimentando al animalito.

Fue entonces cuando una voz, familiar pero con un tono diferente, más suave, menos cargado de sarcasmo, surgió desde abajo.
—Parece que encontraste mi escondite,Tarzán Pescosa.

Candy se sobresaltó tanto que por poco pierde el equilibrio. Agarrándose de la rama, miró hacia abajo.

Allí, de pie junto al tronco, con las manos en los bolsillos de su pantalón  y una expresión que no podía definir del todo, estaba Terry.

Del Odio al AmorHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora